domingo, 31 de octubre de 2010

Niegan excarcelación a acusado por más de 300 secuestros en la ESMA

Se trata del ex vicealmirante Hugo Siffredi, investigado por violaciones a los derechos humanos cometidas durante el último gobierno militar. También está imputado por la desaparición de la joven sueca Dagmar Hagelin.

La Sala II de la Cámara Nacional en lo Criminal y Correccional Federal confirmó el rechazo a la excarcelación del ex vicealmirante Hugo Siffredi, acusado de violaciones a los derechos humanos cometidas durante el último gobierno de facto, en el marco de la megacausa ESMA.

Se trata de dos resoluciones dictadas por el tribunal, por las que rechazó sendos recursos de apelación a los fallos que desestimaron su liberación, una en el cuerpo principal de la megacausa y la otra en la investigación por la desaparición de la joven sueca Dagmar Hagelin.

Según el expediente, Siffredi, alias “Pancho”, entre el 31 de diciembre de 1975 y el 10 de febrero de 1977, con la jerarquía de Teniente de Navío, se desempeñó como Jefe del Departamento Operaciones en el destructor “Brown” en la Base Naval de Puerto Belgrano.

Mientras que, a partir del 10 de febrero de 1977 y hasta el 1° de enero de 1978 prestó funciones en el Servicio de Inteligencia Naval (SIN), fecha desde la cual y hasta el 26 de febrero de 1980 se desenvolvió como Ayudante de Jefe de Sección de Servicio del SIN, continuando su carrera en la fuerza hasta su pase a retiro voluntario, ya como Vicealmirante, en febrero de 2004.

martes, 12 de octubre de 2010

Rechazan excarcelación de ex prefecto acusado de sustracción de menor

Lo resolvió la Cámara Federal porteña. El imputado es Jorge Díaz Smith, quien se encuentra detenido desde el 23 de marzo de este año, también está procesado por delitos de lesa humanidad en la megacausa ESMA.

La Sala II de la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Criminal y Correccional Federal rechazó un pedido de excarcelación pedido por la defensa del ex prefecto Jorge Manuel Díaz Smith, quien está acusado de sustracción de un menor.

Díaz Smith se encuentra detenido desde el 23 de marzo de este año y, además de esa causa, está procesado por delitos de lesa humanidad en el marco de la megacausa ESMA.

Según el camarista Eduardo Farah, “las condiciones personales del imputado ponen en evidencia el riesgo de que intente eludir la acción de la justicia y por ende que la imposición de una caución resultaría insuficiente para garantizar su sujeción a este proceso”.

En su voto, Eduardo Freiler señaló que “la medida preventiva se presenta como el medio más idóneo para asegurar los fines del proceso  -descubrimiento de la verdad y realización del derecho penal material-, y consecuentemente, como una alternativa respetuosa de las obligaciones que el Estado argentino tiene frente a la comunidad internacional en la investigación y sanción de quienes fueron parte y/o colaboraron con el sistema represivo ilegal que tuvo lugar durante el último gobierno militar”.

sábado, 9 de octubre de 2010

Pernías, en el juicio ESMA: "Me siento un chivo expiatorio"

El  viernes 8/10/2010, declaró el ex marino Antonio Pernías, acusado por delitos de lesa humanidad cometidos en la Escuela Mecánica de la Armada. En la causa se investigan, entre otros delitos, las desapariciones de las monjas francesas Leónie Duquet y Alice Domon y del periodista Rodolfo Walsh.


El ex marino Antonio Pernías, acusado por delitos de lesa humanidad cometidos en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), aseguró este viernes en el juicio oral que "me siento una suerte de chivo expiatorio”.

Lo dijo ante el Tribunal Oral Federal Nº 5 de la Capital Federal, que lleva adelante el debate en el que también están siendo juzgados, entre otros, los ex marinos Alfredo Astiz y Jorge "El Tigre" Acosta.


Asimismo, Pernías dijo: “Quiero defender la institucionalidad de la guerra. Me da vergüenza tener que hacerlo yo, porque deberían hacerlo otros”.
En tanto, el ex marino aseguró que “en el juicio hay cierta desigualdad ante la ley, porque algunos imputados, cuya condición es la misma que la mía, no están en el penal. Quisiera que se revea esa situación”.
El capitán retirado Antonio Pernías, imputado por delitos de lesa humanidad en la ESMA, le solicitó ayer al Tribunal Oral Federal Nº 5 autorización para usar Internet en su celda del penal de Marcos Paz. Para sustentar el pedido mostró un artículo periodístico sobre el ex líder serbobosnio Radovan Karadzic, acusado de genocidio y crímenes de guerra en la ex Yugoslavia, quien para ejercer su defensa fue autorizado por el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia a disponer de conexión on line en su prisión de La Haya. “Más riesgoso que ese personaje no debo ser”, evaluó Pernías en tono jocoso, y explicó que “varios reglamentos militares” útiles para su defensa “los hice bajar de Internet”.
Pernías es el oficial naval que más veces declaró desde el retorno de la democracia. Una y otra vez recordó que “toda la Armada” se embarró las botas durante el terrorismo de Estado y lamentó que por “errores de contrainteligencia” sólo sean juzgados los secuestradores y torturadores “reconocidos por el enemigo”. Durante la etapa de instrucción calculó que 1500 hombres se formaron para la “lucha contra la subversión” en el Centro de Instrucción y Adiestramiento de la Infantería de Marina y preguntó en voz alta ante el juez federal Sergio Torres por qué sólo estaban imputados los miembros del Grupo de Tareas 3.3 de la ESMA.

"Me da vergüenza tener que hacerlo yo, porque deberían hacerlo otros”, agregó. Pernías denunció sufrir un trato discriminatorio respecto de los imputados que cumplen prisión preventiva domiciliaria. “Están en mi misma situación, pero en condiciones diferentes, hay imparcialidad en esto”, dijo, e hizo hincapié en su imposibilidad de acceder a Internet. Luego puso en duda la imparcialidad de los tribunales que juzgan represores, sugirió que existe una “presión de tipo político partidaria” sobre los magistrados y que en tal contexto “las resoluciones siempre van a ser acordes a lo que piensa el Poder Ejecutivo”. Por último manifestó su pesar por los camaradas fallecidos en prisión. “Fueron muertes paulatinas, estuvieron detenidos ridículamente”, consideró. Astiz, Acosta no estaban para escucharlo porque prefieren quedarse en la cárcel. Sólo Ricardo Cavallo asiste y toma notas en su notebook, para luego redactar crónicas que sube a la web.

Los imputados en este tramo de la megacausa son: Jorge Eduardo Acosta, Alfredo Ignacio Astiz, Juan Antonio Azic, Carlos Capdevilla, Ricardo Miguel Cavallo, Julio César Coronel, Adolfo Donda, Juan Carlos Fotea, Manuel García Tallada, Pablo García Velazco, Alberto González, Oscar Montes, Antonio Pernías, Jorge Radice, Juan Carlos Rolón, Raúl Scheller y Ernesto Weber.
En cuanto al imputado Pernías y su sexta ampliación de indagatoria declaró solicitando al tribunal la posibilidad de usar Internet en la cárcel, usando como ejemplo un articulo periodístico donde figura que Radovan Karadzic - acusado de ser responsable de la masacre de Sebrenica durante la guerra de Ex Yugoslvia- tiene acceso a Internet en su cárcel de La Haya. “Mas riesgoso que ese personaje no debo ser yo”, dijo el imputado.También se refirió a la recusación del tribunal que quiere solicitar luego de haber recibido asesoramiento técnico.

Las audiencias siguen el miércoles 13 de octubre a las 10hs.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Un detenido de la ESMA interrogado cosntantemente por Graiver

 Juan Gasparini declaró en el juicio por la ESMA

El periodista y escritor Juan Gasparini afirmó ayer que fue interrogado insistentemente sobre el banquero David Graiver y los fondos de la organización Montoneros durante su cautiverio en la Escuela de Mecánica de la Armada. “Me preguntaban mucho por cuestiones financieras: David Graiver y las inversiones de los Montoneros en Cuba. También me interrogaban por unos supuestos ‘Doctor Paz’ y ‘Doctor Peñaloza’, que según ellos iban a retirar dinero a las oficinas de Graiver”, dijo el testigo al prestar declaración en el juicio por delitos de lesa humanidad contra 18 represores de la ESMA, que se desarrolla en el Tribunal Oral Federal 5.

Gasparini, quien se identificó como “militante de lo que se llamaba Tendencia Revolucionaria del peronismo”, confió a los jueces que “yo no sabía nada de lo que me preguntaban sobre dinero y les decía a los marinos lo que se sabía en la militancia: que Montoneros tenía acuerdos con la Confederación General Económica (CGE) de José Ber Gelbard, que en ese momento estaba exiliado en Estados Unidos”.

El autor del libro Graiver, el banquero de los montoneros recordó que fue secuestrado el 10 de enero de 1977 por una patota comandada por el jefe de inteligencia del Grupo de Tareas 3.3, capitán Jorge Acosta, y sometido a tormentos desde ese mismo día. En la ESMA “yo era el número 774 y me llamaban por ese número”, dijo. Identificó y señaló en el banquillo de los acusados a los capitanes Juan Carlos Rolón y Ricardo Miguel Cavallo como ejecutores del operativo en el que fue asesinada su esposa, Mónica Jáuregui, en un departamento en Sánchez de Bustamante 731. “También intervino un tal Suárez, que vino y me dijo que él le había dado el tiro de gracia a mi mujer”, añadió.

El testigo contó que en enero de 1978, alojado en “Capucha”, vio “cuando sacan moribunda a Norma Arrostito”, una de las fundadoras de Montoneros. “La habían envenenado con una inyección que le provocó la muerte”, dijo, e identificó al autor como “el mismo médico que controlaba mis paros cardíacos en las sesiones de tortura”.

Gasparini contó que camino al baño del tercer piso del Casino de Oficiales pudo ver a través de un espejo a “una mujer alta y delgada asomarse desde una ducha”. “Mucho después, al ver fotos publicadas en la prensa, supe que era la monja francesa Alice Domon”, la religiosa desaparecida junto con su compañera Léonie Duquet.
Durante el testimonio identificó al ex marino Juan Carlos Rolón “que está sentado acá”, como jefe del grupo que pocas horas después de su secuestro asesinó en su domicilio a su mujer, Mónica Jáuregui.

“Ricardo Cavallo, que también esta sentado acá, manejaba el coche, en que fui llevado a la casa y después vino un tal Suárez que se jactó de haberle dado el tiro de gracia” Gasparini identificó también a ex capitán de corbeta Jorge “Tigre” Acosta como el que lo torturó “a cara descubierta”, junto a Alberto González Menotti y Francisco Whamond.

“Yo era el detenido 774”, dijo, antes de exhibir al tribunal un antifaz que “es el tabique tuve que llevar puesto durante dos años”.

También exhibió ante los jueces y a pedido de la fiscalía las marcas de los grilletes en sus piernas. En el extenso testimonio, dijo que vio a la monja Domon -cuyos restos fueron encontrado en una fosa común- una vez que se cruzaron e los sanitarios y luego la reconoció por fotos.

También recordó haber visto en la ESMA a Graciela Tauro y Jorge Rochestein, que están desaparecidos, y son los padres del “nieto 102” recién encontrado por la Abuela de Plaza de Mayo.
Gasparini dijo que tuvo los tobillos encadenados “desde enero hasta diciembre de 1977”. “Tengo el record de grilletes”, aseguró, y exhibió las cicatrices que le quedaron en las piernas y en un codo, producto de los golpes contra “la parrilla”, en referencia al elástico metálico donde se aplicaban las torturas. Luego sacó de un bolsillo una prenda de color negro y la exhibió con la mano en alto. “Acá traje el tabique con que me vendaban los ojos en mi cautiverio. Lo saqué de la ESMA y lo conservé todos estos años para aportarlo al juicio.”

Tres niveles de locura en Capucha

José Miño, testigo de la ESMA que fue obligado a autopicanearse

Fue secuestrado en 1979 y llevado a la ESMA. Pero durante tres días lo obligaron a asistir a su trabajo, donde habían preparado una trampa para otro secuestro. Lo torturaban a cara descubierta y pensó que no iba a sobrevivir.
Por Alejandra Dandan

Varias veces nombró la palabra locura. Una vez para referirse al encuentro en el bar Tabac cuando todavía estaba secuestrado en la Escuela de Mecánica de la Armada. Estaban él, otra prisionera y Marcelo, el alias del represor Ricardo Cavallo. Sucedió el 23 de marzo de 1980. Cavallo los había sentado en el bar de Avenida del Libertador y Coronel Díaz porque les daban “baja definitiva”. “Bueno –les dijo Cavallo–, yo sé que con tal de no salir un 24 son capaces de quedarse un día más, porque el 24 es un día muy importante para nosotros, pero para ustedes no.”

José Orlando Miño dejó la ESMA al día siguiente, ese 24 de marzo de 1980. De alguna manera ayer pudo volver a recordárselo a Cavallo, sentado en la sala de audiencias de Comodoro Py. Miño declaró por los crímenes cometidos en el centro clandestino de detención de la Marina, sentado a unos metros de distancia de Cavallo, ubicado entre los lugares destinados a los acusados.

Miño es arquitecto, correntino, y parte de quienes organizaban la Juventud Universitaria Peronista en la universidad. Lo secuestraron un martes 13 de noviembre de 1979, en su departamento del piso veinte de la Avenida del Libertador al 7000. Eran casi las doce de la noche. Alguien golpeó la puerta, y unas seis o siete personas entraron preguntando si él era José Miño. Dentro del departamento no pasó nada hasta que uno de los represores se acercó a la biblioteca: encontró una carpeta con documentos y fotografías que él le había guardado a otro compañero. “Ese fue el punto de partida para que se iniciaran los golpes –dijo–, nos pegaron patadas, nos golpearon a los dos.” Lo subieron a un Ford Falcon verde, lo esposaron, le pusieron una capucha y lo llevaron a la ESMA.

En el sótano lo subieron a una cama de hierro, con un colchón de gomaespuma muy fino. Lo ataron de pies y de brazos, y durante la picana le preguntaron por Jorge “Pata” Pared. “Finalmente les dije que solía llamarme al estudio de arquitectura donde yo trabajaba –dijo–, y ahí la tortura bajó de alguna manera.” Le dieron un pantalón y empezó eso que él una y otra vez describió como locura. Su trabajo estaba en un estudio de Avenida del Libertador y Juncal. Lo llevaron ahí y durante tres días, de 9 a 18, cumplió horarios de oficina custodiado por dos o tres personas, los teléfonos intervenidos, esperando la supuesta llamada del compañero. Del estudio además no lo llevaban a la ESMA sino al departamento de Libertador ocupado por “una gran cantidad de patotas –explicó Miño– muy, muy armadas, haciendo esa especie de ratonera para que llegara el momento”.

La ratonera fracasó. Pared cayó secuestrado por otro lado. Alguien informó, pero enseguida golpearon la puerta del departamento. ¡Policía!, dijeron. “Fue un momento muy terrible –dijo el testigo–, de mucha tensión, porque uno piensa en un montón de cosas; los de adentro dijeron también: ‘Somos policías, no tiren porque estamos armados’. A mí me llevaron a la habitación del fondo, cambiaron documentos por abajo de la puerta, y el camino quedó liberado.” Con el tiempo supo que los que golpearon eran de la guardia de Videla, de ronda porque el dictador hacía un acto en Obras Sanitarias, instalado justo en frente.

En el auto, a la vuelta, le pegaron una brutal golpiza. Alguien le sacó la capucha, y le dijo: “Yo soy un general de la Nación y usted es un subversivo”. En la ESMA, lo dejaron esposado en el suelo, lo golpearon, le pegaron patadas, lo tiraron de cabeza al piso, y empezó nuevamente la locura. Un represor le hizo sacar la capucha, le dio la picana para que se torturara a sí mismo si las respuestas no eran las que esperaba escuchar. “La cara descubierta –dijo Miño–, ver un represor haciendo eso, nos sacaba las garantías de que pudiéramos seguir con vida.”

Un sábado escuchó cadenas, luego gente llorando. De pronto se hizo un silencio total, dijo. Le pusieron a un lado a Pared y del otro a Horacio Domínguez, un chaqueño, con el que estaba organizando la Juventud Universitaria Peronista. Los tres quedaron encapuchados hasta que uno de los suboficiales dijo: ¡Eh, así no van a ver nada! Y les sacó las capuchas. Enfrente había un televisor, trasmitían una pelea de box. Miraron uno, luego otro, dulces, cigarrillos, agua mineral. “Terminada la velada –dijo Miño– nos pasaron otra vez a Capucha.”

Miño pasó por tres estadios en la ESMA. El primer tiempo estuvo en Capucha esposado sobre una colchoneta, entre tabiques donde estaban inscriptos los nombres de guerra. Nombró a Pata, Víctor Basterra y el grupo de los Villaflor, entre los que mencionó a la Negrita Josefina Villaflor, la Gallega Elsa Martínez, José Luis Hazan y más tarde a la Tía Irene. Uno de sus compañeros de secuestro, el “Sueco” Víctor Carlos Lordkipanidse, se acercó a preguntarle qué sabía hacer, él dijo que era fotógrafo, y por ese dato comenzó a hacer la clasificación de los negativos del diario Noticias. “Me piden que haga ese trabajo y era más loco todavía –dijo Miño–: miraba a contraluz las marchas, las reuniones, eventos de deporte y reordenaba un trabajo que generaba cierta expectativa de vida”.

Miño se detuvo en ese momento. Dejó de hablar, emocionado. “Gracias a este compañero puedo estar acá probablemente, con vida.”

La segunda estadía durmió en cama. Eran un grupo grande, desayunaban mate cocido con pedazos de pan y luego tenían que bajar las escaleras con sumo cuidado, dijo, porque estaban en el Casino de Oficiales. “Y el personal de civil no tenía que saber que nos tenían ahí: una situación muy loca, nadie tenía que saber que había desaparecidos.”

En ese espacio vio a Héctor Febres, Cavallo, Adolfo Miguel Donda, Abdala. González, que era un suboficial, Tortuga y Panchito. Y también a la Hormiga Negra, por Juan Carlos Correa. Para entonces, se había producido el cambio de mandos, y cuando preguntó por los Villaflor le respondieron que no se preocupara, que se habían ido para arriba. En ese período, vuelven atrás algunos beneficios que habían conseguido como los francos: todos los fines de semana había conseguido empezar a ir a su casa. El siguió con el archivo, aunque tuvo que explicarle a uno de los represores que se presentó como médico cómo acceder a los planes Fonavi, sobre los que trabajaban en su estudio. Y para otro represor, alternar el archivo con el trabajo sobre un plano para construirle una casa en el Tigre.

El 24 de marzo de 1980 recuperó la libertad con Ana Testa. En una esquina le dejaron su tablero de dibujo y los elementos de trabajo. Siguió vigilado. “Pasamos a ser algo así –dijo–: para ellos éramos informantes claves en la calle.” Una vez le preguntaron por Juan Carlos Silva. Le pidieron que si sabía algo se los dijera a ellos, y no al Ejército; que la Marina les cuidaba la vida. Silva –dijo Miño– continúa desaparecido.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Testigo de juicio por ESMA denunció que se fraguaban reportajes periodísticos durante la dictadura

El hijo de una mujer que estuvo secuestrada en la ESMA denunció hoy durante el juicio a los represores de ese centro clandestino que allí se fraguó un reportaje, como parte de una "campaña de acción psicológica" a través de los medios, para hacer creer que su madre estaba arrepentida y reivindicaba la conducta de sus captores.

"Hoy se habla de una dictadura cívico-militar", dijo ante el Tribunal Oral Federal 5 (TOF 5) Daniel Cabezas, hijo de Thelma Jara de Cabezas, quien cobró fama por un reportaje publicado por la revista Para Ti el 10 de septiembre del 1979, en el que renegaba, bajo presión de sus secuestradores, de su lucha por la búsqueda de desaparecidos.

En su presentación ante el tribunal, Cabezas denunció que tanto esa revista de la editorial Atlántida como la agencia oficial Télam y los diarios Clarín, La Nación y La Razón "eran socios de la dictadura".

En cambio, destacó la "urgente reacción" en el exterior tras el secuestro de su madre y citó como ejemplo la actitud del escritor Julio Cortázar, quien residía en París y cuando el testigo que vivía en México le escribió una carta, el autor de "Rayuela" le respondió mediante una nota publicada por "El País" de Madrid, reclamando por la liberación de la mujer.

Thelman Jara fue secuestrada el 30 de abril de 1979 a la salida de un hospital donde estaba internado su marido, quien luego falleció, por su militancia junto a otros familiares reclamando por otro de sus hijos que había sido detenido en 1976 y estaba desaparecido.

El reportaje publicado por la revista femenina de la Editorial Atlántida -contra la que la familia Cabezas inició causa penal- se realizó semanas antes de su publicación en el bar Selquet, ubicado en Figueroa Alcorta y La Pampa, bajo la mirada de los miembros del grupo de tareas de la ESMA.

Según relató el testigo, para la realización del reportaje su madre fue llevada a una peluquería y se le proveyó de ropa para el encuentro con el equipo periodístico de la revista.

Explicó que para la realización de la entrevista a su madre se realizaron ensayos en la ESMA con otra secuestrada "para saber lo que tenía que decir", bajo la supervisión de uno de los acusados, el represor Ricardo Miguel Cavallo, quien luego "controló todo escondido detrás de una cortina".

Ante una pregunta de los jueces, Cabezas justificó la ausencia de su madre en el juicio debido a que en la actualidad tiene 83 años, sufre serios problemas cardíacos y "está muy delicada".

Durante la audiencia de hoy, Cabezas presentó tres grabaciones de diálogos que mantuvo con una tía y con su madre, con quien se contactaba telefónicamente desde el distrito Federal en México a la casa de unos vecinos en Buenos Aires, ya que la mujer tenía permiso para ir a su casa los fines de semana.

En esos diálogos, la mujer trataba de convencer a su hijo de que no participara de las denuncias contra los militares y le expresaba la "confianza en esas personas que tienen valores muy grandes", en alusión a sus secuestradores, mientras le aseguraba que no había sufrido ningún tipo de tortura.

Cabezas declaró por primera vez en un juicio por violaciones a los derechos humanos durante la dictadura y guardó durante estos años las cintas de las conversaciones, porque le "daba mucha verguenza" el contenido de las charlas con su madre

Lidia Vieyra, sobreviviente de la ESMA, aportó numerosos elementos contra los imputados


La testigo Lidia Vieyra declaró hoy en el juicio que se sigue contra una veintena de militares por los crímenes cometidos en la ESMA, entre quienes se cuenta el ex capitán Adolfo Miguel Donda, tío y apropiador de Victoria y su hermana. La actual diputada de Proyecto Sur Victoria Donda lloró al escuchar de boca de una sobreviviente de la ESMA, a quien llama "tía", detalles de su nacimiento en cautiverio cuando su madre, hoy desaparecida, dio a luz en ese campo de concentración de la Armada.

La testigo Lidia Vieyra declaró hoy en el juicio que se sigue contra una veintena de militares por los crímenes cometidos en la ESMA, entre quienes se cuenta el ex capitán Adolfo Miguel Donda, tío y apropiador de Victoria y su hermana.

El hermano de Donda, José, al igual que su cuñada, Maria Hilda Pérez, que militaban en la organización Montoneros, fueron secuestrados y están desaparecidos luego de sendos "traslados".

Vieyra es pariente de la mujer del represor Emilio Eduardo Massera, con quien comparte el mismo apellido.

Sobre ese vínculo fue interrogada desde el mismo momento en que pisó la ESMA, tras su secuestro, el 11 de marzo de 1977, por una patota encabezada por el ex oficial del Ejército Julio Coronel, alias "Maco", otro de los acusados en el juicio.

También identificó a Alberto González, un ex integrante de la Policía Federal a quien llamaban "Federico" por su pertenencia a esa fuerza, y que actuaba en el Grupo de Tareas GT.3.3.2.

"¿Así que vos sos sobrina de Massera?", fue lo primero que le preguntaron y que hoy recordó con lujo de detalles al declarar en el juicio que lleva adelante el Tribunal Oral Federal 5 (TOF 5) ya que, según sostuvo, "estuve treinta y tres años, seis meses y cuatro días esperando para verles la cara y hoy no están aquí".

Respecto de Massera aseguró haberlo visto en la ESMA con su uniforme de gala blanco en la navidad de 1977, y de haber mantenido un conversación con la dirigente montonera Norma Arrostito, con quien varios testigos dijeron haber compartido cautiverio, pese a que públicamente se la daba por muerta en un enfrentamiento ocurrido en 1973.

Según supo tiempo después la testigo, su caso llegó a oídos del ex integrante de la Junta militar, quien de manera categórica deslizó "que le hicieran lo que le hacen a todos".

Durante su permanencia en el sector que se conocía como Capucha, Vieyra compartió el cautiverio con Hilda Pérez de Donda, quien se encontraba embarazada y que "estando a punto de parir la hacían orinar en un balde, con los grilletes puestos".

"En esas circunstancias -relató- me pide que la ayude en el nacimiento de su hija", parto que fue atendido en lo que varios sobrevivientes denominan como "la maternidad de la ESMA", por el médico naval José Luis Magnacco, acusado por violaciones a los derechos humanos, entre ellas el robo de bebés.

Ante una consulta en ese sentido formulada por la Fiscalía, la testigo recordó que su padre era médico civil del hospital naval y Magnacco era su jefe y por esa razón lo había conocido.

Pese a que no puede recordar la fecha precisa del alumbramiento, Vieyra relató que tras el nacimiento de la niña a quien su madre llamó Victoria, que pesó tres kilos y medio "y era muy chillona", Hilda Pérez y ella se preocuparon por el destino de la criatura y si habría una manera de identificarla luego, en el caso que madre e hija fueran separadas.

Ante la mirada emocionada de Victoria Donda, que quebró en llanto, la mujer reiteró, como en anteriores declaraciones, que le hicieron un pequeño orificio en la oreja, le pasaron "un hilo azul y después vino (el fallecido prefecto Héctor) Febres y se la llevó".

Vieyra e Hilda se juramentaron reunirse todos los 31 de diciembre debajo de un puente para no abandonar la búsqueda de Victoria y hasta apostaban quién de las dos la hallaba primero, pero la madre de la niña fue trasladada en uno de los llamados vuelos de la muerte, decisión de la que también formó parte su cuñado, que había sido testigo de casamiento.

La testigo reconoció a otro de los acusados, Ricardo Miguel Cavallo, como uno de los oficiales "operativos" de la ESMA, a quien señaló como "este señor que está ahí sentadito, lo más campante escribiendo con su computadora y es un asesino".