jueves, 25 de noviembre de 2010

Continúan los testimonios

 “destrozaron a una familia entera”

Mabel Mirna Fernández fue la niñera de José Hazan. Declaró ante el tribunal sobre el secuestro de José y su esposa, Josefina Villaflor, así como los otros integrantes de la familia Villaflor. José y Joséfina habían tenido a Celeste Hazan quién fue llevada con ellos a la ESMA y liberada a los dos días. Muy emocionada, la testigo evocó las llamadas telefónicas de José y sus visitas. José vino acompañado de “Serpico”, una “persona joven, que no hablaba mucho y que era muy fría”. La testigo reconoció a “Serpico” en las fotos de Cavallo cuando fue extraditado desde Méjico.

Cuando José vino a visitarlos, Mabel pudo estar a sola con él un momento. Ahí él le dijo “que le cuidara mucho a la nena”. “Le pregunte como estaba, me dijo estaba bien. Pero no me voy a olvidar nunca la tristeza de sus ojos. Me dijo que no lo esperábamos, podían pasar meses, años”.

Al concluir su declaración Mabel declaró “todo lo que dije es cierto, es lo que vi, lo que pasó. A raíz de todas estas historias, el papa de José se murió. El hermano de José se enfermó de un brote psicótico. La mama de José tuvo que luchar con un hijo enfermo y el marido que se murió. Destrozaron una familia entera. Y a mi también. Porque yo tengo problemas de salud a raíz de esto.”

A continuación declaró Tito Alberto La Penna, reportero gráfico quién presenció la entrevista de Thelma Jara de Cabezas para la Revista “Para Ti” en 1979. Reconoció las fotos que saco y que fueron publicados en la revista al ser exhibido ante la audiencia el artículo. El testigo se había quedado muy impresionante porque era la primera vez que conocía a una mujer que busca a su hijo. El artículo sobre Thelma se intituló “habla la madre de un montoneros muerto”.

Por último, declaró Alfredo Ayala sobre su secuestro y cautiverio en la ESMA. El testigo relata su secuestro como un operativo de gran magnitud, con helicópteros y una gran cantidad de personas. También es secuestrada su compañera, quién no tenía nada que ver con la militancia de Alfredo. Es secuestrada y llevada a la ESMA donde permanecerá durante un mes.
Alfredo era obligado a realizar trabajos de construcción y de carpintería adentro de la ESMA y al exterior. Así fue llevado a la Isla del Silencio en el Tigre para la reparación de dos casas, donde fueron llevados los detenidos al momento de la visita de la Comisión interamericana a la Argentina. El testigo también contó como montaron una empresa de construcción destinada a reparar las casas robadas por el grupo de tarea de la ESMA al momento de secuestrar a las víctimas. El testigo también fue obligado a trabajar sobre la reparación y la construcción de sótano de la ESMA y de la parte llamada “El dorado” y “los Jorges”.

En su declaración Alfredo se refirió a varios compañeros de cautiverio. También evocó las salidas obligatorias a las que eran llevados algunos detenidos, las visitas a la familia.

viernes, 19 de noviembre de 2010

“Nos quisieron volver locas, no pudieron. Porque si esa es la locura a la que llegamos, que bueno seguir peleando”

Azucena Villaflor y su hijo
Hoy declararon dos madres fundadoras de la agrupación Madres de Plaza de Mayo. Brindaron su testimonio sobre el secuestro de la Iglesia de la Santa Cruz y la infiltración de Astiz en su grupo, pero en realidad hicieron mucho más que eso: dieron una verdadera lección de historia y de lucha.

María del Rosario Carballeda de Cerruti empezó su declaración con el relato de la desaparición de su hijo el 10 de mayo de 1976. Mientras emprendía su búsqueda, conoció a otras mujeres en la misma situación y unieron sus fuerzas para avanzar de forma conjunta. En junio o julio de 1977, el general Harguindeguy las recibió y les prohibió reunirse en la plaza: a partir de ahí empezaron a marchar. En ese momento, un joven que dijo llamarse Gustavo Niño comenzó a asistir a las reuniones en Plaza de Mayo. Las madres le advirtieron que no se quedara porque corría peligro, ya que tenía la edad de sus hijos desaparecidos. El nombre de Gustavo Niño apareció en la solicitada publicada el 10 de diciembre de 1977.

La testigo presenció el secuestro de Esther Ballestrino de Careaga y María Ponce de Bianco en la Iglesia Santa Cruz. El secuestro de las monjas francesas, de otras integrantes de Madres de Plaza de Mayo y de familiares provocó mucha confusión. Sin embargo, decidieron seguir adelante y publicar la solicitada por la cual habían luchado tanto. Continuaron yendo a la plaza y nunca dejaron de ir. La testigo explicó: “Veníamos de sufrir los secuestros de nuestros hijos, la angustia crecía todos los días. Ya nos seguían por todos lados, nos llamaban por teléfono. Entrar a la plaza ese día fue trágico. Estábamos atemorizadas.”

Además declaró Aída Sarti de Boga. Su relato junto al de Nora Cortiñas y María del Rosario de Carballeda, permite reconstruir los primeros meses de la creación de Madres de Plaza de Mayo. Aída recordó que empezaron a usar la palabra “desaparecido” recién después de que Videla la use él, en un discurso.
Según ella, Azucena Villaflor sabía que iba a ser secuestrada e hizo todo para protegerlas. Les distribuyó a todas las madres un poema de Mario Benedetti intitulado “Hagamos un trato”. El día anterior a su secuestro, le dijo a Aída “ Si yo faltó, ustedes sigan”.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Epitafio

E. E. M. 19 de octubre de 1925 / 8 de noviembre de 2010
 
 Por Juan Sasturain

Aquí yace, acostado, el almirante
que murió hace justo una semana.
El que mató a quien se le dio la gana
está acá, con los pies para adelante.

Aquí yace un asesino, caminante,
que hizo y deshizo con la soberana
bendición de la espada y la sotana.
Insúltalo, si no lo hiciste antes.

Aquí yace Massera, el genocida
con apellido que fue marca de helados
y sombreros. La puteada consabida

y este amargo epitafio demorado
se lo dejamos, grabado de por vida
y de por muerte: no hemos olvidado.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Denuncian violaciones en la ESMA

Un sobreviviente del centro de detención acusó en el juicio al represor Ricardo Cavallo de violar y abusar de las prisioneras.

Buenos Aires  Un sobreviviente de la ESMA denunció hoy la "violación sistemática" y el "abuso sexual" de prisioneras y acusó por uno de esos casos al represor Ricardo Miguel Cavallo, alias Marcelo.
Cavallo fue el único de los represores que estuvo presente en la audiencia de ayer del juicio por los crímenes cometidos en ese centro clandestino durante la dictadura militar.
"A las compañeras secuestradas en la ESMA les costó mencionar públicamente esta situación, pero sé que luego de 30 años se han animado a contarlo ante los estrados judiciales", remarcó Ángel Strazzeri.
Al respecto, sostuvo que "la metodología utilizada por los oficiales era sacarlas del campo de concentración para concretar el abuso".
Strazzeri dio cuenta del caso de una secuestrada a la que habían alojado cerca suyo en el sector conocido como "Capucha", a quien identificó como "Mariana". "Siempre me llamó la atención lo retraída que era. Después, con los años y con la información que circulaba, pude saber que había sido violada y que el oficial Cavallo había abusado de ella en la pecera".
Además, mencionó el caso de una pareja de ciudadanos uruguayos, a quienes conoció como "Teresa y José", para dar cuenta de las sucesivas violaciones a las que era sometida la mujer por parte de los guardias más jóvenes. Este caso ya había sido mencionado por otros testigos durante el juicio.
Antes, la testigo Ana María Soffiantini brindó un valioso aporte para la acusación, al ratificar haber visto en el sótano de la ESMA a las monjas francesas Alice Domon y Leonie Duquet.     

viernes, 12 de noviembre de 2010

Entrevista a Myriam Bregman, abogada de Patricia Walsh, querellante en la Causa ESMA y miembro de Justicia YA!



¿Por qué fue citado Bergoglio?

MB: Fue citado a declarar en la causa ESMA en el tramo que se está tramitando actualmente ante el Tribunal Federal Nº 5 por un centenar de casos y contra 18 represores que integraron la patota de la ESMA, entre los que están el Tigre Acosta, Astiz y Ricardo Cavallo.

Su testimonio fue solicitado tanto por el Dr. Zamora como por nuestra querella. En la Orden de los Jesuitas él era superior de los curas Jalics y Yorio, quienes fueron secuestrados en un megaoperativo en la Villa 1.11.14 del Bajo Flores el 23 de Mayo del ‘76. Los catequistas que colaboraban con ellos habían sido secuestrados algunos días antes.

Una testigo relató que esos sacerdotes interpretaron que la actitud de Bergoglio hacia ellos creó un clima de desamparo que los dejó a un pie del secuestro. Los habían sacado de la Orden, les habían dicho que abandonen el barrio, e incluso les habían sacado las licencias para dar misa. Bergoglio los fue dejando sumamente expuestos; fueron secuestrados y llevados a la ESMA, donde permanecieron detenidos-desaparecidos por casi seis meses. Asombrosamente, durante todos estos años Bergoglio no declaró ante tribunal alguno, a pesar de no ser el primer juicio en que se lo menciona.

¿Por qué Bergoglio declaró en el Arzobispado y no en los tribunales?

MB: No quería declarar en forma personal, y el Código Procesal se lo hubiera permitido. Nosotros nos opusimos por tratarse de privilegios inaceptables cuando se están tratando delitos de lesa humanidad. Se terminó adoptando una salida intermedia: si bien no declaró por escrito, tuvo que dar testimonio en la sede de la Curia el lunes 8.

¿Bergoglio aportó datos concretos que sirvan para avanzar en la causa?

MB: No, en absoluto. Contradijo lo que había dicho la testigo anterior y trató de justificarse, aunque tampoco con demasiado énfasis. Más bien trató de hacer una defensa formal diciendo que al enterarse que habían sido secuestrados los sacerdotes informó a sus superiores, tanto de la Orden Jesuítica (estando Arrupe, el General de los Jesuitas, fuera del país), como al máximo exponente de la jerarquía eclesiástica, el cardenal Aramburu.

Hizo algunas afirmaciones muy graves, como que dos o tres días después del secuestro de los curas, él ya sabía que estaban en la ESMA. Algo que hasta el día de hoy ni muchas Madres de Plaza de Mayo, como Nora Cortiñas saben respecto de sus hijos, a pesar de su intensa búsqueda. Relató que se entrevistó con Videla y Massera, pero bastante tiempo después. También reconoció que cuando Jalics y Yorio fuero liberados le contaron que quedaba gente secuestrada en la ESMA, y tampoco hizo nada. Incluso le pregunté si cuando Jalics y Yorio declararon en el Juicio a las Juntas él los había acompañado, y respondió que no, que ni siquiera había leído el testimonio.

Le preguntamos cuándo se enteró que había chicos desaparecidos y contestó “hace poco, hará diez años…”. Increíble.

Con respecto a los archivos de la Iglesia ¿surge alguna posibilidad de acceder a ellos?

MB: Tanto Zamora como nosotros pusimos mucho énfasis en que debe aportar toda la documentación que la Iglesia posea en relación a estos casos. Afirmó que todas las gestiones e informes a sus superiores se hicieron oralmente, pero igualmente le solicitamos que entregue todos los archivos que posea, y dejamos constancia ante el Tribunal que pediríamos otras medidas suplementarias en el caso que esta documentación no sea aportada a la brevedad.

Es así que podemos concluir que la actitud reticente de Bergoglio a contestar y lo acotado de sus respuestas tienen coherencia con la línea de silencio y ocultamiento adoptada por la jerarquía eclesiástica desde el ‘84 a esta parte.

¿Qué otra cuestión queda por resaltar respecto de este tema?

MB: El miércoles 10 declaró como testigo Nora Cortiñas, fundadora de Madres de Plaza de Mayo. Se trata de un testimonio histórico, porque relató desde las gestiones que hicieron frente al Papa, hasta cómo Kissinger armó el Plan Cóndor en Estados Unidos. Fue un testimonio impresionante; contó como Azucena Villaflor (quien luego sería secuestrada con un grupo de Madres de Plaza de Mayo en diciembre del ‘77) acudía en busca de ayuda a Monseñor Grasselli, en la Iglesia de Stella Maris. Grasselli llenaba fichas con los datos de los desaparecidos, dejando entrever que sabía quién vivía y quién no. A partir de esto solicitamos que el ex Vicario Castrense sea citado a declarar.

Ante la muerte de Massera, en el marco de los juicios de la causa ESMA ¿cuál es tu reflexión?

MB: Massera murió condenado pero impune, porque a pesar de estar condenado desde el Juicio a las Juntas y que su indulto fuera anulado, estaba en libertad. Justicia Ya! venía reclamando que sea traslado a una unidad carcelaria. Nunca en todos estos años un fiscal o un juez se animó a concretar este pedido. Creo que Massera se llevó secretos de enorme valor que tiene que tienen que ver con el destino de los desaparecidos y con los chicos apropiados. A la vez hay cientos de oficiales y suboficiales que reportaron en la dictadura bajo sus órdenes, que hoy siguen estando en la Armada. Eso también es la herencia de Massera.

Un dato significativo: Massera murió en el Hospital Naval, en el hospital de la fuerza, cuidado por sus pares.
(Entrevista realizada por La Verdad Obrera-PTS)

Ana María Soffiantini vio en la ESMA a Norma Arrostito, a Madres y a las monjas francesas

“No se los deseo ni a los asesinos”

La secuestraron cuando estaba cruzando la calle con sus hijos, un bebé y otro que apenas caminaba. Recordó ante el tribunal la Navidad de 1977 en la que apareció Massera de uniforme y toda su patota. El aliento de sus compañeros para que no se quebrara.
     
 Por Alejandra Dandan
Al final de la hilera, Ricardo Miguel Cavallo, uno de los integrantes de la patota juzgados.

Ana María Soffiantini entró a la ESMA secuestrada el 16 de agosto 1977. Desde su libertad no estuvo en Capital, dijo, no se encontró con nadie, no leyó muchos libros y no hizo ese trabajo de reconstrucción de otros sobrevivientes. Ayer en la sala de audiencias de Comodoro Py contó, sin embargo, su historia cargada de detalles. Entre otras escenas, la Navidad de 1977, el día que ubicaron a un grupo de secuestrados en la parte ancha de la entrada a la Pecera. “Ahí aparece el máximo asesino que desgraciadamente o felizmente está muerto –dijo–: entró Massera vestido de blanco, acicalado, impecable, también Chamorro, Astiz y los marinos a decirnos Feliz Navidad, cosa que creo –agregó– fue la Navidad más negra de mis días, de todos los compañeros, ver a ese asesino ahí adentro.” Después de ahí, Massera, cree, fue a ver a Norma Arrostito.

El día del secuestro, ese 16 de agosto, Ana María estaba en un departamento de la calle Fragata Sarmiento y Juan B. Justo. A eso de las diez o las once de la mañana, bajó a hacer las compras a una verdulería para el almuerzo de los hijos. María apenas caminaba y Luis era un bebé de menos de un año. “Cuando estoy por cruzar la calle con ellos –dijo–, se abalanza violentamente un grupo de hombres al grito de Montoneros, que era la manera para que la gente se quedara impactada, me sacan a Luis de los brazos y a María la levantan, me dan una trompada, me agarran los brazos, me dan patadas en las piernas, no sé si me esposan, me meten en un auto.” Ella no sólo pudo registrar los gritos de su hija, sino a los hombres de la patota: Alfredo Astiz, Fragote (Carlos Orlando Generoso), Angosto (Pedro Osvaldo Salvia), Bicho (Carlos Pérez), Chispa (Gonzalo Sánchez), Héctor “Selva” Febres, dijo: “Nombres que después escuché muchas veces”.

La hicieron sentar en un banco duro con la capucha. Escuchó ruido de máquinas o de música. Levantó la cabeza con la capucha, vio que en el pasillo medio celeste había un cartel: Avenida de la Felicidad, decía.

La desnudaron y empezó la tortura. Alrededor, los nombres de los represores que ella soltó en tiempo presente: Selva; Trueno (Antonio Pernías), un morocho, transpirado; el Duque (Francis Whamond), el Tigre Acosta que entra y sale. Le dijeron que si no decía quién era iba a pasarle lo que les pasaba a los que estaban ahí: que estaba en la ESMA. Sintió la picana en las plantas de los pies. “Una situación que es terrible, porque la situación en general es terrible, lo que nos motiva a no hablar, no se lo deseo a nadie, ni a los asesinos.”

Contra una pared estaba colgado el organigrama de Montoneros, con la estructura, la columna norte, la sur, la oeste. A ella la ubicaban ahí. Lo negó. Llevaron a una compañera: “Ana María Martí –dijo–, con grilletes y cara desencajada, y sus ojos hermosos que eran rojos de llanto, y que con unas palabras muy dulces me dice que aguante, y les dice a ellos que no me conoce, que no me hagan nada, que ella conocía a mi compañero”.

Su compañero ya no estaba. Lo habían secuestrado el 20 de octubre de 1976. Whamond le dijo en esa tortura que lo habían matado por no colaborar y ella iba a seguir el mismo destino. En ese momento, llevaron a Norma Arrostito. Ana María nombró una y otra vez a ese cuadro político de Montoneros. Norma, dijo, “estaba engrillada, demacrada, y se me acerca, me agarra el brazo, me dice que resista, que no diga nada, con palabras muy especiales, como que sea lo que sea, íbamos a morir, y yo que la tengo en lo más íntimo de mi corazón y siempre la había respetado, eso me empujó a decir que sí, me convencí de que el destino iba a ser la muerte”. No sólo los golpes o el espanto, se había convencido de que estar ahí era estar en el infierno: “Un nivel desconocido, una dimensión espantosa”.

Como sucedió con otros, al otro día la vistieron, le pusieron una frazada de la ESMA y la llevaron a su departamento. No tenía las llaves. De un empujón rompieron y abrieron la puerta. Sus padres estaban adentro, horrorizados: “Yo me desprendo de los marinos, tenía los grilletes, las manos encadenadas y me tiro sobre mi madre: le digo que estoy en la ESMA y que la Gaby (por Norma Arrostito) está viva”. En el departamento revolvieron todo, pero además le dieron vuelta el bolso. Se le cayó la pastilla de cianuro, ellos no se dieron cuenta. “Cosa que me tranquilizó –dijo– porque yo alegaba no estar donde ellos decían que yo estaba.”

Ana María empezó a trabajar tiempo después en el sótano porque suponían que sabía hacer fotos. Trabajar, dijo ella, es una forma de decir porque no trabajaban, eran mano de obra esclava. La bajaban al sótano todos los días aunque, aclaró, que eso de los días no lo sabía: “No sabíamos cuándo era de día o de noche porque estábamos siempre con luces artificiales”. Desde un tocadiscos sentían la sucesión de los discos, las canciones de Mercedes Sosa y Serrat. Y una puerta que se cerraba o se trancaba cuando había revuelta o picanas o torturas, y los marinos los protegían porque los suponían parte de un programa de recuperación, que ella y sus compañeros aceptaron sin ponerse de acuerdo, sabiendo que era una simulación. Debía revelar y copiar fotos. Luego, diagramar. Le pidieron el dibujo de un camión para una de las empresas que los marinos habían montado.

En la puerta de ese espacio siempre había un guardia. Algunos rotativos, otros habituales. Aparte de matar, dijo, hacían huevo. Entre ellos, estaba Ernesto Frimón “220” Weber. “Ahí me entero de que 220 había participado de la muerte de Rodolfo Walsh”, dijo. Y otro día, una de las veces en las que Alfredo Astiz ocupó esa silla para hablarles de su espíritu cristiano, supo del operativo en la Santa Cruz. “Nos enteramos de que estaban haciendo un trabajo de inteligencia ingresando a un grupo de familiares de los desaparecidos en una iglesia, después supe que era la Santa Cruz. Para el 8 de diciembre, hubo un gran revuelo y empiezan a ingresar gente, y volvemos a pasar por todas las situaciones de horror que eran habituales escuchar en el sótano.”

Esa noche la llevaron a dormir a capucha, como siempre. Al otro día, cuando bajó, la agarró Héctor Coquet, uno de sus compañeros, y le dijo: “Mirá lo que han hecho estos hijos de puta: están torturando a las madres y religiosas”.

Desde una pizarra ubicada al costado de la sala, Ana María se puso a hacer el dibujo de planos y de calles. Desde un cuartito de baño en construcción, al lado de la Huevera, se ponen a mirar por un pedazo de aglomerado roto: “Yo veo a dos mujeres, y un hombre al lado, estaban muy demacradas, y una más delgada que otra, y con un cartel atrás que decía Montoneros”. Y dijo: “Y a Selva golpeando con algo como una manguera gruesa, que es como la de las aspiradoras, vestido de color rosa claro, y un compañero que estaba ahí para sacarle fotos”. Supo después que eran las monjas francesas, porque alguno de los compañeros que tenían acceso a los diarios lo leyeron publicado en la prensa. “Sé que estuvieron ahí un tiempo, pero no mucho, no mucho.”

Más adelante mataron a La Gaby, el nombre de Norma Arrostito. Ana María se la encontró justo cuando bajaba de Capucha a trabajar con otro de sus compañeros. “Al lado de los baños, estábamos esperando el ascensor para bajar y aparece el Tigre Acosta como loco.” Había un enfermero y otros marinos, y ahí, entre los “verdes”, el Tigre Acosta que decía: “¡La Gaby se muere! ¡Se nos va! ¡Se nos va!”. Y, dice ella, “aparece con La Gaby en una camilla”. A los gritos pidió por una de sus compañeras, Jorgelina. Le dijo, vamos, vamos. “Y pensamos que ya estaba muerta, pero parece que todavía no, la vemos color azul grisáceo y se la llevan en el ascensor, nosotros nos quedamos parados, helados: no podíamos creer lo que veíamos, fue un silencio eterno para todos.”

El relato siguió. Ana María siguió hablando. Ya habían pasado otros dos testigos. La audiencia había comenzado con un sonido de música molesto en los parlantes. A esa altura, sólo hablaba Ana María. “El horror que pasábamos ahí nos marcó definitivamente nuestras vidas y nuestras familias –dijo–: no les deseo a los que están siendo juzgados acá, que pasen el horror, deseo que se haga justicia.”

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Nora Cortiñas. de Madres de Plaza de Mayo-Línea Fundadora, declara en la causa ESMA

La historia de la infiltración de Astiz

Habló de la desaparición de su hijo, de su propia búsqueda, de la complicidad de la Iglesia y de la actitud de los medios de comunicación. Relató el acercamiento de Astiz a las Madres y los secuestros en la iglesia Santa Cruz.

 Por Alejandra Dandan

Nora Cortiñas juró por los treinta mil desaparecidos decir toda la verdad ante el Tribunal Oral Federal Nº 5 que juzga los crímenes de la Escuela de Mecánica de la Armada. Como nunca, repasó las de-satinadas respuestas de los grandes diarios a los pedidos de las Madres de Plaza de Mayo en los primeros meses de la dictadura, y criticó la perversa postura de la Iglesia argentina, a la que mencionó como “partícipe de la dictadura”. También habló del secuestro de su hijo, y de uno de sus muchos comienzos. En el momento en el que se sentó frente a otra compañera de búsqueda, en un bar de la Avenida de Mayo, la miró y le preguntó cuánto hacía que estaba buscando a su hijo. “¿¡Ocho meses!? –se sorprendió–. ¿Y cómo no te volviste loca?” La otra le dijo simplemente que no: “Tenemos que seguir, y no nos volvemos locas porque tenemos que buscar a nuestros hijos”.

El represor Ricardo Cavallo estaba plantado frente a su computadora como en cada audiencia. No estaba ninguno de los otros represores del principal centro clandestino de la Marina. Ni tampoco los camaradas que suelen acompañarlos desde la platea alta desparramados entre las sillas, entre cuchicheos y sornas sobre lo que van diciendo los testigos. La sala destinada al público en cambio estaba repleta, y en silencio. El secretario del tribunal leyó la provocadora resolución con la que empieza cada día: prohibidos están adentro los disturbios o manifestar de cualquier modo opiniones o sentimientos. Sí, sentimientos.

Apenas empezó, Nora Cortiñas dijo que estaba ahí porque uno de sus hijos, Carlos Gustavo, está desaparecido desde el 15 de abril de 1977. Era estudiante de ciencias económicas, y militante de la Juventud Peronista. Cortiñas fue convocada al debate oral por el juicio de la ESMA como testigo por la infiltración de Alfredo Astiz entre las Madres de Plaza de Mayo y el secuestro del grupo de la Iglesia de la Santa Cruz, entre los que estaba la monja francesa Alice Domon. Pero para llegar a ese momento, explicó su propio recorrido, las gestiones en la comisaría de Castelar, una visita al obispo de Morón, Miguel Raspanti, los hábeas corpus. “Empezamos toda esa vida de búsqueda, día a día, permanente, de la mañana a la noche, de la madrugada a la otra madrugada, yendo del Ministerio del Interior a la oficina de ese monseñor Emilio Graselli, que tenía sotanas y botas.” Graselli, cuya presencia como testigo fue pedida al término de la audiencia, “nos hacía volver cada quince días y de repente decía: ‘Acá me aparece una crucecita roja, que quiere decir que a lo mejor está muerto’. Y a la otra semana, me dice: ‘A lo mejor lo sacan limpito y lo llevan a marcar algún amigo a la calle, pero está cuidado, y le darán comida, ¡quédese tranquila señora!’”. Y ella dijo: “¡Eso lo hacía un monseñor!”.

Un pariente le dijo que un grupo de madres en la misma situación se estaba reuniendo en la Plaza de Mayo. Conoció a Azucena Villaflor, a María Adela Antokoletz y Ketty Neuhaus, entre otras. Poco después entendió que la búsqueda iba a ser larga. “Quizá el propósito de esta gran represión era que nos volviera locas, pero no nos volvimos locas porque cada día tuvimos más trabajo.”

“Hacia junio o julio de ’77 –dijo– apareció un hombre joven que tendría la edad de nuestros hijos, apuesto y muy deportivo, decía que era hermano de un desaparecido y nos quería traer su testimonio.” Ellas le decían: “Andate de acá que es peligroso”. No querían que las acompañaran ni sus otros hijos porque tenían miedo de que se los llevaran. Pero el joven insistió. “Caminaba en el medio de nosotras, nos agarraba del brazo, y nosotras éramos muy ingenuas, todavía somos un poco ingenuas.” Se presentó como Gustavo Niño, y algunas veces llegaba con una chica muy pálida, muda, calladita, que presentó como su hermana. Les dijo que sus padres eran de Mar del Plata, que por eso no estaban ahí. Las madres estaban preparando una solicitada con un listado con los nombres de los desaparecidos.

“Tenía que llevar nombre de madre y padre y documento. Nos encontrábamos en la puerta del zoológico, en una Iglesia, en distintos lugares públicos para que no se notara.” A la plaza, mientras tanto, iba la monja Alice Domon. En esas rondas, dijo, Gustavo Niño tenía predilección por Azucena, se le aparecía en la casa y alguna vez pidió quedarse a dormir.

En Clarín no les publicaban textos con nombres. Para juntar el dinero, un grupo de familiares empezó a reunirse en la Santa Cruz, cuyos sacerdotes fueron solidarios. “Es un lugar que nada que ver con la Iglesia que tenemos, que fue partícipe de la dictadura –dijo–, que entró en los campos de concentración, que entró en la tortura; Bergoglio que entregó a los propios sacerdotes, o sea que la cúpula de la Iglesia, salvo cinco obispos, todos tuvieron que ver, todos permitieron que se robaran a los nietitos y después se oponen al aborto.”

Llegó el día de redactar la solicitada. El 8 de diciembre, Nora fue con Azucena y Carmen Lapacó a la iglesia María Betania. Alice Domon y María del Rosario Carballeda de Cerrutti se fueron a la Santa Cruz. Esa noche, en casa de los Mignone, se reunió un grupo a terminar con las listas. “Serían las nueve de la noche o diez –dijo–, tocan timbre, aparece María del Rosario desencajada muy mal, descompuesta. Gritaba: ‘¡Se las llevaron, se las llevaron’!”

Ese 8 de diciembre, la Santa Cruz estaba llena. Se llevaron a nueve personas. Gustavo Niño estaba ahí, y Nora supo que había besado a las madres, y que con eso las estaba marcando. En medio del pánico, dijo, se fueron a la casa de otra de las madres a terminar con las listas.

A las diez de la mañana del día siguiente se reunieron en la puerta del diario La Nación. Estaban Azucena, María Adela y Nora, entre otras. Dijeron que iban a poner la solicitada. “El empleado mira y dice: ‘No, señoras, esto así no podemos recibirlo, tiene que ser tipeado’. ¡Eran 804 nombres!” Su esposo trabajaba como intendente del Ministerio de Hacienda y Economía. Lo llamó. “Mirá, Carlos”, le dijo, “sucede algo terrible: no nos ponen la solicitada si no está a máquina”. Tres empleados del ministerio lo ayudaron a transcribirla. Cerraron la puerta con llave. Ellas se fueron y volvieron después. Pero no les querían aceptar el dinero porque tenían billetes chicos y monedas. Finalmente, la solicitada salió.

Al otro día, secuestraron a Azucena.

“Yo les digo una cosa, señores jueces –dijo después–, qué terrible esa represión: se llevaron a los hijos, a los hijos de esos hijos, ¡y llevarse a las madres que buscaban a sus hijos!”


En relación a la Iglesia, manifestó : "Todos permitieron que torturaran a las embarazadas pero ahora se oponen al aborto"

Nora Cortiñas, una de las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo, acusó al arzobispo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio, de "entregar" a los sacerdotes jesuitas Orlando Dorio y Francisco Jalics, quienes todavía se encuentran desaparecidos, y responsabilizó a la "jerarquía católica y política" por despreciar la vida.