jueves, 25 de noviembre de 2010

Cecilia De Vicenti, la hija de Azucena Villaflor, fundadora de Madres, en el juicio por la ESMA

“Papá murió de tristeza, esperando”

La desaparición de su hijo Néstor transformó inesperadamente a Azucena en una militante de la búsqueda. Su hija contó cómo se había infiltrado Alfredo Astiz entre esas mujeres desesperadas y cómo organizó su secuestro y desaparición.

Por Alejandra Dandan
Azucena Villaflor fue una de las madres marcadas por Alfredo Astiz, camuflado como Gustavo Niño.

Una de las querellas le preguntó qué era eso que se había olvidado de contar. Algo que tenía que ver con su padre. Cecilia de Vincenti entonces lo explicó. Era sobre una vez en la que se puso a cocinar como lo venía haciendo desde el secuestro de su madre, pero que se le ocurrió hacer todos los bifes que había en la casa. Su padre se enojó mucho pero mucho mucho, explicó. Y le dijo: “Si viene tu mamá, ¡decime qué le vas a dar de comer!”.

Cecilia se había sentado por primera vez en la silla de la sala de audiencias de los Tribunales Federales de Comodoro Py para declarar en el juicio por los crímenes de la ESMA. Estaba ahí para hablar del secuestro de su madre, Azucena Villaflor, una de las fundadoras de las Madres de Plaza de Mayo, ante el Tribunal Oral Federal Nº 5, que investiga los crímenes de la Escuela de Mecánica de la Armada. Hasta ese momento, había pasado uno de los militantes de las Ligas Agrarias, el espacio de trabajo político de la zona de Corrientes al que se sumó la monja francesa Alice Domon.

Cecilia contó después una parte de la historia de su madre, esa que empezó el 30 de noviembre de 1976 con el secuestro de su hermano Néstor. Un grupo de tareas lo secuestró en la casa. Llegaron y lo esperaron porque sólo estaba su mujer. Se llevaron a los dos después de golpearlos, y todavía estaban con vida. Néstor solía llamar todos los días a Azucena o visitarla. Ese día no lo hizo. “Mi mamá se empezó a preocupar.” Un vecino les contó, otro poco lo hizo la dueña del lugar que alquilaban: “Mi mamá a partir de ese momento empezó a estar llorosa y triste, pero a pesar de eso hizo todo: empezó a ir a las comisarías, hospitales, logró que un abogado le firmara un hábeas corpus: la vida de mi mamá cambia, su actividad empezó a ser ir a lugares donde les decían que iban a tener novedades”.

Para el mes de abril se encontró con un grupo de madres y de personas en la Vicaría Castrense. Marcos Zucker estaba muy triste. “Y mi mamá dijo públicamente que deberían encontrarse en la Plaza de Mayo, que era el lugar donde tenía que presentarle a Videla un petitorio para que les dijeran qué estaba pasando con cada uno de los hijos.”

Como una fecha que no se borra ni se cambia, Cecilia repitió la fecha del 30 de abril: era sábado, dijo, catorce mujeres se reunieron en la Plaza de Mayo. “Ahí se dan cuenta de que un sábado no tenía sentido, que debían verse un día de semana; una de las madres dijo que viernes no porque era día de brujas y a partir de ahí se instauró los jueves: todos los jueves se instalaron en la Plaza de Mayo.”

Cecilia iba a la escuela secundaria. En la plaza había cada vez más madres. Alguna vez, ella se encontró con alguna en su casa. Entre ellas, María del Rosario Cerrutti y Nora Cortiñas, charlando y preparando actividades.

“Hasta ese momento mi mamá era un ama de casa que se ocupaba de sus hijos y del marido. Siempre preparaba la comida al mediodía, o la encontrabas cebando mate a la tarde y ayudando con las tareas escolares y extraescolares, pero a partir de ese momento al mediodía me dejaba la comida preparada y salía a tener su actividad. Iban a muchas iglesias a hablar, me acuerdo de Novak en Quilmes.”

Alrededor de octubre, en la iglesia San Nicolás de Bari, le presentaron a Alfredo Astiz como Gustavo Niño. “Le dice que tenía un hermano mellizo desaparecido, que se llamaba Horacio y que su mamá no podía venir a Buenos Aires porque estaba muy enferma.” A partir de ahí, “Astiz se infiltra en las madres, gana cariño porque tiene más o menos la edad de Néstor y de los hijos de las madres, lo cuidaban, le decían que no se expusiera, que los varones mejor era que no vayan, que mejor era ser madre, que a las madres no les va a pasar nada”.

Como lo contó tiempo atrás María del Rosario Cerrutti, un día, mientras preparaban una actividad, Astiz no tenía dónde quedarse a dormir. “Mi mamá le dice a mi papá si se podía quedar en casa porque la actividad era al otro día temprano.” Carmelo dijo que no. De ninguna manera. Que Azucena entraba y salía de la casa, pero que en la casa había una hija adolescente, que no se podía quedar ningún varón.

Cecilia no sabe si fue mejor o peor. Peor, porque si Astiz se hubiese quedado ahora podría reconocerlo. Pero por otro lado cree que así fue mejor: “Haber dormido con un torturador en la casa debe ser terrible”.

En la sala se había sentado Ricardo Cavallo en la línea de acusados. En el piso de arriba, donde suele acomodarse orondamente la flotilla de camaradas, alguien intentaba buscarlo con la vista poco más tarde. ¿Está Ricki?, preguntó. ¿Y, lo ves? ¿Saluda? Esperá, le decía una mujer: esperá que se ponga los lentes.

En octubre de 1977 un grupo de madres cayó en una emboscada. Las subieron a colectivos y las llevaron detenidas a una comisaría. Les preguntaron una por una quiénes eran y qué estaban haciendo. Todas respondieron que estaban buscando a los hijos desaparecidos. Mientras tanto, una madre avisó a la familia. Carmelo fue a buscar a Azucena y empezó a decirle que se tenía que cuidar. “Mi mamá firmaba todo con su nombre y apellido, ponía la dirección de mi casa, mi papá le decía que se cuidara que tenía otros hijos además de Néstor, pero ella decía que no, que tenía que buscar a Néstor y saber qué había pasado con él.”

El 8 de diciembre se hace el operativo en la Iglesia de Santa Cruz en el que secuestran a Alice Domon pero además a dos de las madres, Esther Careaga y María Ponce de Bianco. El 10 iba a salir la solicitada con la primera lista de nombres, apellidos y DNI de las personas que buscaban. Azucena no dijo nada en su casa: “El viernes fue un día con mucha actividad, a la tarde estuvo con mi tía cebando mate, alrededor de las ocho de la noche llegó Aida Sarti y se puso a conversar con mi mamá”. Cecilia y Azucena la acompañaron después a la esquina de Mitre. “La cara de mi mamá no era la misma, tenía los ojos más salidos, cara de preocupación, ojos llorosos, yo esperaba a las diez de la noche porque empezaba una novela de Migré, y le digo: ‘¿Mamá. qué te pasa, estás rara?’”. “Lo que pasa”, le dijo Azucena, “es que se llevaron a un grupo de madres de la Iglesia Santa Cruz pero no sé cómo contárselo a tu padre. A la mañana, cuando te levantes a cebarle mate antes de que se vaya a trabajar, se lo decís”, le dijo su hija. Al día siguiente, su padre se fue a trabajar, Azucena salió a comprar el diario con la solicitada, compró facturas y volvió a la casa. Golpeó la puerta del cuarto de Cecilia: “Me dijo: ‘Nena. ¿qué querés comer?, ¿carne o pescado?’. Yo le dije pescado, y ella me dijo: ‘Qué suerte, así voy a comprar otro ejemplar del diario porque éste salió borroso’”.

A Azucena la secuestraron cuando cruzaba la avenida Mitre. Un grupo de dos autos y ocho hombres la encerró. Trató de resistirse. Un colectivo de la línea 98 intentó parar para ver qué pasaba, pero apuntándolo le ordenaron seguir de largo. La señora que ayudaba en la casa despertó a Cecilia diciéndole que habían “levantado” a la madre. Ella que no entendía que levantar era lo que era, pensó en cambiarse y salir a Mitre para ver un accidente. Y Elvira le dijo: “Se la llevaron a tu mamá como a tu hermano”.

Cecilia levantó los papelitos con los nombres de los desaparecidos que estaban en la casa. Los guardó en bolsas de comprar y los llevó a casa de una vecina abajo de dos botellas por si llegaban a buscarlos. Entre los papeles estaba el nombre de Horacio y Gustavo Niño.

Carmelo murió antes del retorno de la democracia. Nunca supo qué pasó con Azucena. María del Rosario los visitaba los sábados a la tarde, les contaba novedades y Carmelo se sumó los jueves a las rondas de las Madres. “No podía soportar la vida sin mi mamá –dijo Cecilia–: todos los días creía que iban a venir, que se la habían llevado para darle un susto porque no tenía militancia más que en la búsqueda de saber qué había pasado con sus hijos, así que se muere de tristeza.” Era habitual encontrarlo a las tardes sentado en la puerta de casa, mirando a la avenida Mitre, llorando y esperando que Azucena volviera.

En ese ir y venir del juicio, alguien le preguntó a Cecilia poco más sobre su madre. Le dijo “perdón por la pregunta, pero ¿cómo era su madre?” Era un abogado de la querella. Cecilia contó cómo organizaba en el barrio a los vecinos para conseguir cosas como el gas natural o que cuando desapareció Néstor levantó firmas entre los vecinos para que le ayudaran a decir que era un muchacho trabajador, buen vecino y solidario. “Creo que así fue, que lo que hizo por Néstor lo hubiese hecho por otros: era mujer de armas tomar, que no se iba a quedar quieta.”

Continúan los testimonios

 “destrozaron a una familia entera”

Mabel Mirna Fernández fue la niñera de José Hazan. Declaró ante el tribunal sobre el secuestro de José y su esposa, Josefina Villaflor, así como los otros integrantes de la familia Villaflor. José y Joséfina habían tenido a Celeste Hazan quién fue llevada con ellos a la ESMA y liberada a los dos días. Muy emocionada, la testigo evocó las llamadas telefónicas de José y sus visitas. José vino acompañado de “Serpico”, una “persona joven, que no hablaba mucho y que era muy fría”. La testigo reconoció a “Serpico” en las fotos de Cavallo cuando fue extraditado desde Méjico.

Cuando José vino a visitarlos, Mabel pudo estar a sola con él un momento. Ahí él le dijo “que le cuidara mucho a la nena”. “Le pregunte como estaba, me dijo estaba bien. Pero no me voy a olvidar nunca la tristeza de sus ojos. Me dijo que no lo esperábamos, podían pasar meses, años”.

Al concluir su declaración Mabel declaró “todo lo que dije es cierto, es lo que vi, lo que pasó. A raíz de todas estas historias, el papa de José se murió. El hermano de José se enfermó de un brote psicótico. La mama de José tuvo que luchar con un hijo enfermo y el marido que se murió. Destrozaron una familia entera. Y a mi también. Porque yo tengo problemas de salud a raíz de esto.”

A continuación declaró Tito Alberto La Penna, reportero gráfico quién presenció la entrevista de Thelma Jara de Cabezas para la Revista “Para Ti” en 1979. Reconoció las fotos que saco y que fueron publicados en la revista al ser exhibido ante la audiencia el artículo. El testigo se había quedado muy impresionante porque era la primera vez que conocía a una mujer que busca a su hijo. El artículo sobre Thelma se intituló “habla la madre de un montoneros muerto”.

Por último, declaró Alfredo Ayala sobre su secuestro y cautiverio en la ESMA. El testigo relata su secuestro como un operativo de gran magnitud, con helicópteros y una gran cantidad de personas. También es secuestrada su compañera, quién no tenía nada que ver con la militancia de Alfredo. Es secuestrada y llevada a la ESMA donde permanecerá durante un mes.
Alfredo era obligado a realizar trabajos de construcción y de carpintería adentro de la ESMA y al exterior. Así fue llevado a la Isla del Silencio en el Tigre para la reparación de dos casas, donde fueron llevados los detenidos al momento de la visita de la Comisión interamericana a la Argentina. El testigo también contó como montaron una empresa de construcción destinada a reparar las casas robadas por el grupo de tarea de la ESMA al momento de secuestrar a las víctimas. El testigo también fue obligado a trabajar sobre la reparación y la construcción de sótano de la ESMA y de la parte llamada “El dorado” y “los Jorges”.

En su declaración Alfredo se refirió a varios compañeros de cautiverio. También evocó las salidas obligatorias a las que eran llevados algunos detenidos, las visitas a la familia.

viernes, 19 de noviembre de 2010

“Nos quisieron volver locas, no pudieron. Porque si esa es la locura a la que llegamos, que bueno seguir peleando”

Azucena Villaflor y su hijo
Hoy declararon dos madres fundadoras de la agrupación Madres de Plaza de Mayo. Brindaron su testimonio sobre el secuestro de la Iglesia de la Santa Cruz y la infiltración de Astiz en su grupo, pero en realidad hicieron mucho más que eso: dieron una verdadera lección de historia y de lucha.

María del Rosario Carballeda de Cerruti empezó su declaración con el relato de la desaparición de su hijo el 10 de mayo de 1976. Mientras emprendía su búsqueda, conoció a otras mujeres en la misma situación y unieron sus fuerzas para avanzar de forma conjunta. En junio o julio de 1977, el general Harguindeguy las recibió y les prohibió reunirse en la plaza: a partir de ahí empezaron a marchar. En ese momento, un joven que dijo llamarse Gustavo Niño comenzó a asistir a las reuniones en Plaza de Mayo. Las madres le advirtieron que no se quedara porque corría peligro, ya que tenía la edad de sus hijos desaparecidos. El nombre de Gustavo Niño apareció en la solicitada publicada el 10 de diciembre de 1977.

La testigo presenció el secuestro de Esther Ballestrino de Careaga y María Ponce de Bianco en la Iglesia Santa Cruz. El secuestro de las monjas francesas, de otras integrantes de Madres de Plaza de Mayo y de familiares provocó mucha confusión. Sin embargo, decidieron seguir adelante y publicar la solicitada por la cual habían luchado tanto. Continuaron yendo a la plaza y nunca dejaron de ir. La testigo explicó: “Veníamos de sufrir los secuestros de nuestros hijos, la angustia crecía todos los días. Ya nos seguían por todos lados, nos llamaban por teléfono. Entrar a la plaza ese día fue trágico. Estábamos atemorizadas.”

Además declaró Aída Sarti de Boga. Su relato junto al de Nora Cortiñas y María del Rosario de Carballeda, permite reconstruir los primeros meses de la creación de Madres de Plaza de Mayo. Aída recordó que empezaron a usar la palabra “desaparecido” recién después de que Videla la use él, en un discurso.
Según ella, Azucena Villaflor sabía que iba a ser secuestrada e hizo todo para protegerlas. Les distribuyó a todas las madres un poema de Mario Benedetti intitulado “Hagamos un trato”. El día anterior a su secuestro, le dijo a Aída “ Si yo faltó, ustedes sigan”.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Epitafio

E. E. M. 19 de octubre de 1925 / 8 de noviembre de 2010
 
 Por Juan Sasturain

Aquí yace, acostado, el almirante
que murió hace justo una semana.
El que mató a quien se le dio la gana
está acá, con los pies para adelante.

Aquí yace un asesino, caminante,
que hizo y deshizo con la soberana
bendición de la espada y la sotana.
Insúltalo, si no lo hiciste antes.

Aquí yace Massera, el genocida
con apellido que fue marca de helados
y sombreros. La puteada consabida

y este amargo epitafio demorado
se lo dejamos, grabado de por vida
y de por muerte: no hemos olvidado.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Denuncian violaciones en la ESMA

Un sobreviviente del centro de detención acusó en el juicio al represor Ricardo Cavallo de violar y abusar de las prisioneras.

Buenos Aires  Un sobreviviente de la ESMA denunció hoy la "violación sistemática" y el "abuso sexual" de prisioneras y acusó por uno de esos casos al represor Ricardo Miguel Cavallo, alias Marcelo.
Cavallo fue el único de los represores que estuvo presente en la audiencia de ayer del juicio por los crímenes cometidos en ese centro clandestino durante la dictadura militar.
"A las compañeras secuestradas en la ESMA les costó mencionar públicamente esta situación, pero sé que luego de 30 años se han animado a contarlo ante los estrados judiciales", remarcó Ángel Strazzeri.
Al respecto, sostuvo que "la metodología utilizada por los oficiales era sacarlas del campo de concentración para concretar el abuso".
Strazzeri dio cuenta del caso de una secuestrada a la que habían alojado cerca suyo en el sector conocido como "Capucha", a quien identificó como "Mariana". "Siempre me llamó la atención lo retraída que era. Después, con los años y con la información que circulaba, pude saber que había sido violada y que el oficial Cavallo había abusado de ella en la pecera".
Además, mencionó el caso de una pareja de ciudadanos uruguayos, a quienes conoció como "Teresa y José", para dar cuenta de las sucesivas violaciones a las que era sometida la mujer por parte de los guardias más jóvenes. Este caso ya había sido mencionado por otros testigos durante el juicio.
Antes, la testigo Ana María Soffiantini brindó un valioso aporte para la acusación, al ratificar haber visto en el sótano de la ESMA a las monjas francesas Alice Domon y Leonie Duquet.     

viernes, 12 de noviembre de 2010

Entrevista a Myriam Bregman, abogada de Patricia Walsh, querellante en la Causa ESMA y miembro de Justicia YA!



¿Por qué fue citado Bergoglio?

MB: Fue citado a declarar en la causa ESMA en el tramo que se está tramitando actualmente ante el Tribunal Federal Nº 5 por un centenar de casos y contra 18 represores que integraron la patota de la ESMA, entre los que están el Tigre Acosta, Astiz y Ricardo Cavallo.

Su testimonio fue solicitado tanto por el Dr. Zamora como por nuestra querella. En la Orden de los Jesuitas él era superior de los curas Jalics y Yorio, quienes fueron secuestrados en un megaoperativo en la Villa 1.11.14 del Bajo Flores el 23 de Mayo del ‘76. Los catequistas que colaboraban con ellos habían sido secuestrados algunos días antes.

Una testigo relató que esos sacerdotes interpretaron que la actitud de Bergoglio hacia ellos creó un clima de desamparo que los dejó a un pie del secuestro. Los habían sacado de la Orden, les habían dicho que abandonen el barrio, e incluso les habían sacado las licencias para dar misa. Bergoglio los fue dejando sumamente expuestos; fueron secuestrados y llevados a la ESMA, donde permanecieron detenidos-desaparecidos por casi seis meses. Asombrosamente, durante todos estos años Bergoglio no declaró ante tribunal alguno, a pesar de no ser el primer juicio en que se lo menciona.

¿Por qué Bergoglio declaró en el Arzobispado y no en los tribunales?

MB: No quería declarar en forma personal, y el Código Procesal se lo hubiera permitido. Nosotros nos opusimos por tratarse de privilegios inaceptables cuando se están tratando delitos de lesa humanidad. Se terminó adoptando una salida intermedia: si bien no declaró por escrito, tuvo que dar testimonio en la sede de la Curia el lunes 8.

¿Bergoglio aportó datos concretos que sirvan para avanzar en la causa?

MB: No, en absoluto. Contradijo lo que había dicho la testigo anterior y trató de justificarse, aunque tampoco con demasiado énfasis. Más bien trató de hacer una defensa formal diciendo que al enterarse que habían sido secuestrados los sacerdotes informó a sus superiores, tanto de la Orden Jesuítica (estando Arrupe, el General de los Jesuitas, fuera del país), como al máximo exponente de la jerarquía eclesiástica, el cardenal Aramburu.

Hizo algunas afirmaciones muy graves, como que dos o tres días después del secuestro de los curas, él ya sabía que estaban en la ESMA. Algo que hasta el día de hoy ni muchas Madres de Plaza de Mayo, como Nora Cortiñas saben respecto de sus hijos, a pesar de su intensa búsqueda. Relató que se entrevistó con Videla y Massera, pero bastante tiempo después. También reconoció que cuando Jalics y Yorio fuero liberados le contaron que quedaba gente secuestrada en la ESMA, y tampoco hizo nada. Incluso le pregunté si cuando Jalics y Yorio declararon en el Juicio a las Juntas él los había acompañado, y respondió que no, que ni siquiera había leído el testimonio.

Le preguntamos cuándo se enteró que había chicos desaparecidos y contestó “hace poco, hará diez años…”. Increíble.

Con respecto a los archivos de la Iglesia ¿surge alguna posibilidad de acceder a ellos?

MB: Tanto Zamora como nosotros pusimos mucho énfasis en que debe aportar toda la documentación que la Iglesia posea en relación a estos casos. Afirmó que todas las gestiones e informes a sus superiores se hicieron oralmente, pero igualmente le solicitamos que entregue todos los archivos que posea, y dejamos constancia ante el Tribunal que pediríamos otras medidas suplementarias en el caso que esta documentación no sea aportada a la brevedad.

Es así que podemos concluir que la actitud reticente de Bergoglio a contestar y lo acotado de sus respuestas tienen coherencia con la línea de silencio y ocultamiento adoptada por la jerarquía eclesiástica desde el ‘84 a esta parte.

¿Qué otra cuestión queda por resaltar respecto de este tema?

MB: El miércoles 10 declaró como testigo Nora Cortiñas, fundadora de Madres de Plaza de Mayo. Se trata de un testimonio histórico, porque relató desde las gestiones que hicieron frente al Papa, hasta cómo Kissinger armó el Plan Cóndor en Estados Unidos. Fue un testimonio impresionante; contó como Azucena Villaflor (quien luego sería secuestrada con un grupo de Madres de Plaza de Mayo en diciembre del ‘77) acudía en busca de ayuda a Monseñor Grasselli, en la Iglesia de Stella Maris. Grasselli llenaba fichas con los datos de los desaparecidos, dejando entrever que sabía quién vivía y quién no. A partir de esto solicitamos que el ex Vicario Castrense sea citado a declarar.

Ante la muerte de Massera, en el marco de los juicios de la causa ESMA ¿cuál es tu reflexión?

MB: Massera murió condenado pero impune, porque a pesar de estar condenado desde el Juicio a las Juntas y que su indulto fuera anulado, estaba en libertad. Justicia Ya! venía reclamando que sea traslado a una unidad carcelaria. Nunca en todos estos años un fiscal o un juez se animó a concretar este pedido. Creo que Massera se llevó secretos de enorme valor que tiene que tienen que ver con el destino de los desaparecidos y con los chicos apropiados. A la vez hay cientos de oficiales y suboficiales que reportaron en la dictadura bajo sus órdenes, que hoy siguen estando en la Armada. Eso también es la herencia de Massera.

Un dato significativo: Massera murió en el Hospital Naval, en el hospital de la fuerza, cuidado por sus pares.
(Entrevista realizada por La Verdad Obrera-PTS)

Ana María Soffiantini vio en la ESMA a Norma Arrostito, a Madres y a las monjas francesas

“No se los deseo ni a los asesinos”

La secuestraron cuando estaba cruzando la calle con sus hijos, un bebé y otro que apenas caminaba. Recordó ante el tribunal la Navidad de 1977 en la que apareció Massera de uniforme y toda su patota. El aliento de sus compañeros para que no se quebrara.
     
 Por Alejandra Dandan
Al final de la hilera, Ricardo Miguel Cavallo, uno de los integrantes de la patota juzgados.

Ana María Soffiantini entró a la ESMA secuestrada el 16 de agosto 1977. Desde su libertad no estuvo en Capital, dijo, no se encontró con nadie, no leyó muchos libros y no hizo ese trabajo de reconstrucción de otros sobrevivientes. Ayer en la sala de audiencias de Comodoro Py contó, sin embargo, su historia cargada de detalles. Entre otras escenas, la Navidad de 1977, el día que ubicaron a un grupo de secuestrados en la parte ancha de la entrada a la Pecera. “Ahí aparece el máximo asesino que desgraciadamente o felizmente está muerto –dijo–: entró Massera vestido de blanco, acicalado, impecable, también Chamorro, Astiz y los marinos a decirnos Feliz Navidad, cosa que creo –agregó– fue la Navidad más negra de mis días, de todos los compañeros, ver a ese asesino ahí adentro.” Después de ahí, Massera, cree, fue a ver a Norma Arrostito.

El día del secuestro, ese 16 de agosto, Ana María estaba en un departamento de la calle Fragata Sarmiento y Juan B. Justo. A eso de las diez o las once de la mañana, bajó a hacer las compras a una verdulería para el almuerzo de los hijos. María apenas caminaba y Luis era un bebé de menos de un año. “Cuando estoy por cruzar la calle con ellos –dijo–, se abalanza violentamente un grupo de hombres al grito de Montoneros, que era la manera para que la gente se quedara impactada, me sacan a Luis de los brazos y a María la levantan, me dan una trompada, me agarran los brazos, me dan patadas en las piernas, no sé si me esposan, me meten en un auto.” Ella no sólo pudo registrar los gritos de su hija, sino a los hombres de la patota: Alfredo Astiz, Fragote (Carlos Orlando Generoso), Angosto (Pedro Osvaldo Salvia), Bicho (Carlos Pérez), Chispa (Gonzalo Sánchez), Héctor “Selva” Febres, dijo: “Nombres que después escuché muchas veces”.

La hicieron sentar en un banco duro con la capucha. Escuchó ruido de máquinas o de música. Levantó la cabeza con la capucha, vio que en el pasillo medio celeste había un cartel: Avenida de la Felicidad, decía.

La desnudaron y empezó la tortura. Alrededor, los nombres de los represores que ella soltó en tiempo presente: Selva; Trueno (Antonio Pernías), un morocho, transpirado; el Duque (Francis Whamond), el Tigre Acosta que entra y sale. Le dijeron que si no decía quién era iba a pasarle lo que les pasaba a los que estaban ahí: que estaba en la ESMA. Sintió la picana en las plantas de los pies. “Una situación que es terrible, porque la situación en general es terrible, lo que nos motiva a no hablar, no se lo deseo a nadie, ni a los asesinos.”

Contra una pared estaba colgado el organigrama de Montoneros, con la estructura, la columna norte, la sur, la oeste. A ella la ubicaban ahí. Lo negó. Llevaron a una compañera: “Ana María Martí –dijo–, con grilletes y cara desencajada, y sus ojos hermosos que eran rojos de llanto, y que con unas palabras muy dulces me dice que aguante, y les dice a ellos que no me conoce, que no me hagan nada, que ella conocía a mi compañero”.

Su compañero ya no estaba. Lo habían secuestrado el 20 de octubre de 1976. Whamond le dijo en esa tortura que lo habían matado por no colaborar y ella iba a seguir el mismo destino. En ese momento, llevaron a Norma Arrostito. Ana María nombró una y otra vez a ese cuadro político de Montoneros. Norma, dijo, “estaba engrillada, demacrada, y se me acerca, me agarra el brazo, me dice que resista, que no diga nada, con palabras muy especiales, como que sea lo que sea, íbamos a morir, y yo que la tengo en lo más íntimo de mi corazón y siempre la había respetado, eso me empujó a decir que sí, me convencí de que el destino iba a ser la muerte”. No sólo los golpes o el espanto, se había convencido de que estar ahí era estar en el infierno: “Un nivel desconocido, una dimensión espantosa”.

Como sucedió con otros, al otro día la vistieron, le pusieron una frazada de la ESMA y la llevaron a su departamento. No tenía las llaves. De un empujón rompieron y abrieron la puerta. Sus padres estaban adentro, horrorizados: “Yo me desprendo de los marinos, tenía los grilletes, las manos encadenadas y me tiro sobre mi madre: le digo que estoy en la ESMA y que la Gaby (por Norma Arrostito) está viva”. En el departamento revolvieron todo, pero además le dieron vuelta el bolso. Se le cayó la pastilla de cianuro, ellos no se dieron cuenta. “Cosa que me tranquilizó –dijo– porque yo alegaba no estar donde ellos decían que yo estaba.”

Ana María empezó a trabajar tiempo después en el sótano porque suponían que sabía hacer fotos. Trabajar, dijo ella, es una forma de decir porque no trabajaban, eran mano de obra esclava. La bajaban al sótano todos los días aunque, aclaró, que eso de los días no lo sabía: “No sabíamos cuándo era de día o de noche porque estábamos siempre con luces artificiales”. Desde un tocadiscos sentían la sucesión de los discos, las canciones de Mercedes Sosa y Serrat. Y una puerta que se cerraba o se trancaba cuando había revuelta o picanas o torturas, y los marinos los protegían porque los suponían parte de un programa de recuperación, que ella y sus compañeros aceptaron sin ponerse de acuerdo, sabiendo que era una simulación. Debía revelar y copiar fotos. Luego, diagramar. Le pidieron el dibujo de un camión para una de las empresas que los marinos habían montado.

En la puerta de ese espacio siempre había un guardia. Algunos rotativos, otros habituales. Aparte de matar, dijo, hacían huevo. Entre ellos, estaba Ernesto Frimón “220” Weber. “Ahí me entero de que 220 había participado de la muerte de Rodolfo Walsh”, dijo. Y otro día, una de las veces en las que Alfredo Astiz ocupó esa silla para hablarles de su espíritu cristiano, supo del operativo en la Santa Cruz. “Nos enteramos de que estaban haciendo un trabajo de inteligencia ingresando a un grupo de familiares de los desaparecidos en una iglesia, después supe que era la Santa Cruz. Para el 8 de diciembre, hubo un gran revuelo y empiezan a ingresar gente, y volvemos a pasar por todas las situaciones de horror que eran habituales escuchar en el sótano.”

Esa noche la llevaron a dormir a capucha, como siempre. Al otro día, cuando bajó, la agarró Héctor Coquet, uno de sus compañeros, y le dijo: “Mirá lo que han hecho estos hijos de puta: están torturando a las madres y religiosas”.

Desde una pizarra ubicada al costado de la sala, Ana María se puso a hacer el dibujo de planos y de calles. Desde un cuartito de baño en construcción, al lado de la Huevera, se ponen a mirar por un pedazo de aglomerado roto: “Yo veo a dos mujeres, y un hombre al lado, estaban muy demacradas, y una más delgada que otra, y con un cartel atrás que decía Montoneros”. Y dijo: “Y a Selva golpeando con algo como una manguera gruesa, que es como la de las aspiradoras, vestido de color rosa claro, y un compañero que estaba ahí para sacarle fotos”. Supo después que eran las monjas francesas, porque alguno de los compañeros que tenían acceso a los diarios lo leyeron publicado en la prensa. “Sé que estuvieron ahí un tiempo, pero no mucho, no mucho.”

Más adelante mataron a La Gaby, el nombre de Norma Arrostito. Ana María se la encontró justo cuando bajaba de Capucha a trabajar con otro de sus compañeros. “Al lado de los baños, estábamos esperando el ascensor para bajar y aparece el Tigre Acosta como loco.” Había un enfermero y otros marinos, y ahí, entre los “verdes”, el Tigre Acosta que decía: “¡La Gaby se muere! ¡Se nos va! ¡Se nos va!”. Y, dice ella, “aparece con La Gaby en una camilla”. A los gritos pidió por una de sus compañeras, Jorgelina. Le dijo, vamos, vamos. “Y pensamos que ya estaba muerta, pero parece que todavía no, la vemos color azul grisáceo y se la llevan en el ascensor, nosotros nos quedamos parados, helados: no podíamos creer lo que veíamos, fue un silencio eterno para todos.”

El relato siguió. Ana María siguió hablando. Ya habían pasado otros dos testigos. La audiencia había comenzado con un sonido de música molesto en los parlantes. A esa altura, sólo hablaba Ana María. “El horror que pasábamos ahí nos marcó definitivamente nuestras vidas y nuestras familias –dijo–: no les deseo a los que están siendo juzgados acá, que pasen el horror, deseo que se haga justicia.”