jueves, 16 de diciembre de 2010

Confirman ampliación del procesamiento del imputado Carlos Galíán, en la causa ESMA

Se trata de Carlos Galián, alias “Pedro Bolita”. La Sala II de la Cámara Federal porteña rechazó planteos de su defensa y ratificó la imputación por otros dos casos de privación ilegítima de la libertad.

La Sala II de la Cámara Federal porteña confirmó la ampliación del procesamiento de Carlos Galián, alias “Pedro Bolita”, en el marco de la megacausa ESMA en donde se investigan violaciones a los derechos humanos cometidos durante el último gobierno de facto en ese centro de detención.

Galián ya estaba procesado con prisión preventiva por los delitos de tormentos y privación ilegal de la libertad, y ahora la Cámara confirmó la ampliación de la imputación con dos nuevos hechos de privación ilegal de la libertad.

Carlos Galián se desempeñó en la Escuela de Mecánica de la Armada con el cargo de Cabo Principal entre el 17 de diciembre de 1975 y el 18 de junio de 1978. Según ratificaron los camaristas, “diversos testimonios han dado cuenta sobre su tarea como jefe de los guardias y actividades vinculadas a la conducción de los detenidos hacia las salas de interrogatorios, así como su función en la preparación de las víctimas para los ‘traslados’, algunos de los cuales culminaran en los llamados vuelos de la muerte”.

“Si te pensás fugar, te tenés que fugar”

El testimonio de Jaime Dri en el juicio por los crimenes cometidos en el centro clandestino de la Marina

El único sobreviviente de la Escuela de Mecánica de la Armada que logró escapar relató ayer, en la sala de audiencias de Comodoro Py, su secuestro ocurrido hace 33 años, las torturas que sufrió y cómo consiguió fugarse.
Por Alejandra Dandan

Jaime Dri es el único sobreviviente de la Escuela Mecánica de la Armada que logró fugarse. Esa odisea, que terminó llevándolo a Panamá, empezó con un viaje a la frontera con Paraguay donde los marinos lo llevaron a marcar compañeros. En el juicio oral por los crímenes cometidos en la ESMA, Dri explicó ayer que esa fuga fue una decisión política, pero humana a la vez: no desconocía lo que había pasado con otro de sus compañeros que intentó escaparse del centro clandestino y sabía que los marinos les habían advertido que el próximo intento de fuga iba a significar una muerte colectiva.

“Yo era un diputado peronista con gran representatividad en el Nordeste argentino –explicó–; los que habíamos sobrevivido no éramos perejiles, no quedamos vivos de casualidad, algunos sí, pero la mayoría era gente seleccionada para integrar la centroizquierda en el proyecto de gobierno que pensaba (el almirante Emilio) Massera.” Contó que ese análisis lo “llevó a decir que era una obligación para todo prisionero fugarse”.

Jaime Dri se sentó en la sala de audiencias de Comodoro Py frente a la presencia siempre inmutable del represor Ricardo Cavallo. Arriba lo escuchaba la platea del “club de la pelea”, la tribuna de amigos y familiares de los represores que siguen las derivaciones del debate entre lecturas de novelas policiales, anotaciones y chasquidos detrás de lo que van diciendo los testigos. Al lado del hombre que hasta ahora leía un libro titulado Con un muerto en el placard –y que alguna vez se quejó porque andaba por el cuarto capítulo sin que apareciera ningún muerto– se sentó, como lo hace ocasionalmente, el padre de Cavallo, un anciano con el bastón recubierto en bronce.

“Exactamente ayer –dijo Dri en el arranque– se cumplieron 33 años del día en que el personal del Ejército Argentino y de la Marina, juntamente con fuerzas represivas uruguayas, procedieron a mi detención, si le podemos llamar así, mientras me trasladaba de Montevideo sobre el camino de las playas.” Dri viajaba en un Citroën con Juan Alejandro Barri. Un auto los interceptó, otro los golpeó y volcaron. Intentó correr, consiguió entrar a una casa, pero terminó entregándose, apurado por los gritos aterrorizados de la moradora del lugar, que le pedía por favor que saliera. Dri recibió un disparo en la pierna, la primera herida de una serie de impactos en el cuerpo que iban a marcar su camino por distintos centros clandestinos. Otra bala lo rozó y lo hizo caer. “Ahí lógicamente sentí el calor de la sangre, rápidamente me esposaron con una mano atrás y me cargaron en un auto.” Estuvo secuestrado unos días en Uruguay antes del traslado a la ESMA. Lo tuvieron atado con roldanas, colgado durante horas, recibiendo descargas eléctricas. Alguna vez que la soga se cortó después de varias horas, alguien le dijo: “‘¡Y encima tenés la caradurez de soltarte!’. Imagínese que, aun en esas condiciones, me causaba gracia lo que decían”.

A Buenos Aires llegó en avión con otros prisioneros. Pidió agua durante el viaje, le dijeron que no por los efectos de la picana y esa misma persona le dijo además que no se preocupara: que en el Río de la Plata iba a tomar mucha agua. “Como ven –dijo él–, estoy aquí; en esa oportunidad no me tiraron.”

En la ESMA pasó por la picana y en las primeras horas escuchó al Tigre Acosta, que le pidió que se sacara la capucha. “¿Sabés dónde estás?” Dri dijo que no, pero se había dado cuenta. “Y ahí me da un discurso diciéndome que estábamos en un proyecto político, y me enteré de que Massera quería ser presidente.” Discutieron. Acosta le habló de un plan económico, el mismo plan que Dri todavía escucha repetir cada tanto: le dijo que ellos, los militantes políticos, querían quitarles a los ricos para darles a los pobres, pero que lo que había que hacer era aumentar la torta para repartir más. “Históricamente se probó y está probado –dijo Dri en la audiencia– que aunque la torta crezca, crezca y crezca, son cada vez menos los que tienen acceso a ese crecimiento, en la Argentina y en el mundo.”

Y entonces volvió a la ESMA: “Yo tenía claridad de que no iba a salir vivo de ahí”. Ahí adentro encontró a algunos compañeros que creía asesinados, entre ellos el Beto Ahumada y Nariz, de la Juventud Peronista de Rosario, quien poco después se fugó y detrás de él la Marina emprendió una sangrienta campaña para encontrarlo, lo asesinaron y exhibieron el cadáver a los otros prisioneros. El 24 de diciembre pudieron festejar la Navidad: “Aunque parezca mentira –contó Dri–, nos dejaron sacar las capuchas, pudimos abrazarnos todos los que estábamos en Capucha y me dijeron: ‘Esa que viene es la Gaby, Norma Arrostito’. La Gaby venía con dos bolas porque estaba con grilletes y cadenas en los pies, y nos saludó a todos los que estábamos allí”.

El escape
Dri pasó un tiempo secuestrado en la Quinta de Funes en Rosario. Volvieron a llevarlo a la ESMA. Supo que habían asesinado a Arrostito y de la fuga de Nariz. “Acosta nos reunió a todos en una rueda en el hall de Pecera y nos dijo: ‘Yo quiero saber quién es el próximo Nariz’.” Para sus adentros, Dri se dijo: “Yo soy el próximo Nariz”. Entonces escuchó la amenaza: “Acá no hay próximo Nariz, porque con el próximo Nariz que exista todos se van para arriba”.

Con el tiempo, la Marina montó un operativo cerrojo con los prisioneros para cazar en las fronteras del país a los militantes. “El 9 de julio me tomaba un avión en Aeroparque con destino a Pilcomayo a marcar compañeros que entraban y salían del país.” En ese grupo no estaba solo. Uno de sus compañeros le preguntó, durante una cena, si estaba dispuesto a fugarse. Dri le dijo que no: no sabía si era una trampa o si el otro iba a terminar denunciándolo. Dormían en una estructura de la Marina, a cargo de un soldado. Hasta ahí llegaban las balsas. Una mañana se levantó más temprano que el guardia, empezó a caminar hacia las balsas, pero en el camino se topó con un hombre de Prefectura que se le adelantó y les avisó a los que conducían las balsas que no lo dejaran subir.

“Suelen decir que los momentos de mayor debilidad son los cambios de guardia –dijo Dri–, así que el 19 de julio a la noche me fugué con la llegada del cambio de guardia.” Había llegado el reemplazo. A la nueva guardia le propuso ir del otro lado de la frontera por cigarrillos. Y le aconsejó viajar sin el arma, para no dar explicaciones.

“En la balsa, le puedo asegurar que fue un momento de profunda reflexión; uno finalmente había logrado lo que había estado buscando desde siempre, tenía la posibilidad de sobrevivir y pensaba fugarme.” Sabía que las otras fugas habían fallado, se cuestionó creerse un superhéroe, se acordó de sus compañeros, del Tigre Acosta, y dijo: “Era difícil porque yo estaba vivo, porque ese grupo que estaba en la ESMA me ayudó a sobrevivir, a ser parte de ese engendro que éramos en ese momento los sobrevivientes de Pecera”. Y siguió: “En la balsa me temblaban las piernas y me preguntaba: ‘¿Será el momento? ¿No será apresurado? ¿No será que tengo que seguir?’. Pero dije no: ‘Si te pensás fugar, te tenés que fugar, no busques excusas; o vivís a costa de lo que sea o te fugas’”. Del otro lado del río lo esperaba Paraguay.

martes, 7 de diciembre de 2010

La iglesia de Santa Cruz en el legajo del terror

Una metodologia del poder

Esteban Mango tenía 14 años cuando fue testigo del secuestro de dos personas en la Iglesia Santa Cruz, el 8 de diciembre de 1977. Ante esta audiencia, declaró por segunda vez sobre este secuestro y la reconstrucción histórica que pudo hacer con los años.

A contiuación, Jorge Oscar Pomponi declaró sobre su secuestro en septiembre de 1977, junto con su padre y su cuñado. Fueron llevados a la ESMA luego de pasar por una seccional, y campo de Mayo. El testigo explicó que en esa época trabajaban los tres en la secretaría de inteligencia del Estado. Según él, ese secuestro fue una acción intimidatoria dirigida a su padre quién estaba en contra de algunas prácticas de la época. “Lo que siempre me choco, es que mucha gente dice de no saber lo que ocurría, cuando era una metodología que estaba en la boca de todos los que tenían poder en esa época”, comentó el testigo a la pregunta del defensor del imputado Coronel, sobre “cual era su verdad”.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Cecilia De Vicenti, la hija de Azucena Villaflor, fundadora de Madres, en el juicio por la ESMA

“Papá murió de tristeza, esperando”

La desaparición de su hijo Néstor transformó inesperadamente a Azucena en una militante de la búsqueda. Su hija contó cómo se había infiltrado Alfredo Astiz entre esas mujeres desesperadas y cómo organizó su secuestro y desaparición.

Por Alejandra Dandan
Azucena Villaflor fue una de las madres marcadas por Alfredo Astiz, camuflado como Gustavo Niño.

Una de las querellas le preguntó qué era eso que se había olvidado de contar. Algo que tenía que ver con su padre. Cecilia de Vincenti entonces lo explicó. Era sobre una vez en la que se puso a cocinar como lo venía haciendo desde el secuestro de su madre, pero que se le ocurrió hacer todos los bifes que había en la casa. Su padre se enojó mucho pero mucho mucho, explicó. Y le dijo: “Si viene tu mamá, ¡decime qué le vas a dar de comer!”.

Cecilia se había sentado por primera vez en la silla de la sala de audiencias de los Tribunales Federales de Comodoro Py para declarar en el juicio por los crímenes de la ESMA. Estaba ahí para hablar del secuestro de su madre, Azucena Villaflor, una de las fundadoras de las Madres de Plaza de Mayo, ante el Tribunal Oral Federal Nº 5, que investiga los crímenes de la Escuela de Mecánica de la Armada. Hasta ese momento, había pasado uno de los militantes de las Ligas Agrarias, el espacio de trabajo político de la zona de Corrientes al que se sumó la monja francesa Alice Domon.

Cecilia contó después una parte de la historia de su madre, esa que empezó el 30 de noviembre de 1976 con el secuestro de su hermano Néstor. Un grupo de tareas lo secuestró en la casa. Llegaron y lo esperaron porque sólo estaba su mujer. Se llevaron a los dos después de golpearlos, y todavía estaban con vida. Néstor solía llamar todos los días a Azucena o visitarla. Ese día no lo hizo. “Mi mamá se empezó a preocupar.” Un vecino les contó, otro poco lo hizo la dueña del lugar que alquilaban: “Mi mamá a partir de ese momento empezó a estar llorosa y triste, pero a pesar de eso hizo todo: empezó a ir a las comisarías, hospitales, logró que un abogado le firmara un hábeas corpus: la vida de mi mamá cambia, su actividad empezó a ser ir a lugares donde les decían que iban a tener novedades”.

Para el mes de abril se encontró con un grupo de madres y de personas en la Vicaría Castrense. Marcos Zucker estaba muy triste. “Y mi mamá dijo públicamente que deberían encontrarse en la Plaza de Mayo, que era el lugar donde tenía que presentarle a Videla un petitorio para que les dijeran qué estaba pasando con cada uno de los hijos.”

Como una fecha que no se borra ni se cambia, Cecilia repitió la fecha del 30 de abril: era sábado, dijo, catorce mujeres se reunieron en la Plaza de Mayo. “Ahí se dan cuenta de que un sábado no tenía sentido, que debían verse un día de semana; una de las madres dijo que viernes no porque era día de brujas y a partir de ahí se instauró los jueves: todos los jueves se instalaron en la Plaza de Mayo.”

Cecilia iba a la escuela secundaria. En la plaza había cada vez más madres. Alguna vez, ella se encontró con alguna en su casa. Entre ellas, María del Rosario Cerrutti y Nora Cortiñas, charlando y preparando actividades.

“Hasta ese momento mi mamá era un ama de casa que se ocupaba de sus hijos y del marido. Siempre preparaba la comida al mediodía, o la encontrabas cebando mate a la tarde y ayudando con las tareas escolares y extraescolares, pero a partir de ese momento al mediodía me dejaba la comida preparada y salía a tener su actividad. Iban a muchas iglesias a hablar, me acuerdo de Novak en Quilmes.”

Alrededor de octubre, en la iglesia San Nicolás de Bari, le presentaron a Alfredo Astiz como Gustavo Niño. “Le dice que tenía un hermano mellizo desaparecido, que se llamaba Horacio y que su mamá no podía venir a Buenos Aires porque estaba muy enferma.” A partir de ahí, “Astiz se infiltra en las madres, gana cariño porque tiene más o menos la edad de Néstor y de los hijos de las madres, lo cuidaban, le decían que no se expusiera, que los varones mejor era que no vayan, que mejor era ser madre, que a las madres no les va a pasar nada”.

Como lo contó tiempo atrás María del Rosario Cerrutti, un día, mientras preparaban una actividad, Astiz no tenía dónde quedarse a dormir. “Mi mamá le dice a mi papá si se podía quedar en casa porque la actividad era al otro día temprano.” Carmelo dijo que no. De ninguna manera. Que Azucena entraba y salía de la casa, pero que en la casa había una hija adolescente, que no se podía quedar ningún varón.

Cecilia no sabe si fue mejor o peor. Peor, porque si Astiz se hubiese quedado ahora podría reconocerlo. Pero por otro lado cree que así fue mejor: “Haber dormido con un torturador en la casa debe ser terrible”.

En la sala se había sentado Ricardo Cavallo en la línea de acusados. En el piso de arriba, donde suele acomodarse orondamente la flotilla de camaradas, alguien intentaba buscarlo con la vista poco más tarde. ¿Está Ricki?, preguntó. ¿Y, lo ves? ¿Saluda? Esperá, le decía una mujer: esperá que se ponga los lentes.

En octubre de 1977 un grupo de madres cayó en una emboscada. Las subieron a colectivos y las llevaron detenidas a una comisaría. Les preguntaron una por una quiénes eran y qué estaban haciendo. Todas respondieron que estaban buscando a los hijos desaparecidos. Mientras tanto, una madre avisó a la familia. Carmelo fue a buscar a Azucena y empezó a decirle que se tenía que cuidar. “Mi mamá firmaba todo con su nombre y apellido, ponía la dirección de mi casa, mi papá le decía que se cuidara que tenía otros hijos además de Néstor, pero ella decía que no, que tenía que buscar a Néstor y saber qué había pasado con él.”

El 8 de diciembre se hace el operativo en la Iglesia de Santa Cruz en el que secuestran a Alice Domon pero además a dos de las madres, Esther Careaga y María Ponce de Bianco. El 10 iba a salir la solicitada con la primera lista de nombres, apellidos y DNI de las personas que buscaban. Azucena no dijo nada en su casa: “El viernes fue un día con mucha actividad, a la tarde estuvo con mi tía cebando mate, alrededor de las ocho de la noche llegó Aida Sarti y se puso a conversar con mi mamá”. Cecilia y Azucena la acompañaron después a la esquina de Mitre. “La cara de mi mamá no era la misma, tenía los ojos más salidos, cara de preocupación, ojos llorosos, yo esperaba a las diez de la noche porque empezaba una novela de Migré, y le digo: ‘¿Mamá. qué te pasa, estás rara?’”. “Lo que pasa”, le dijo Azucena, “es que se llevaron a un grupo de madres de la Iglesia Santa Cruz pero no sé cómo contárselo a tu padre. A la mañana, cuando te levantes a cebarle mate antes de que se vaya a trabajar, se lo decís”, le dijo su hija. Al día siguiente, su padre se fue a trabajar, Azucena salió a comprar el diario con la solicitada, compró facturas y volvió a la casa. Golpeó la puerta del cuarto de Cecilia: “Me dijo: ‘Nena. ¿qué querés comer?, ¿carne o pescado?’. Yo le dije pescado, y ella me dijo: ‘Qué suerte, así voy a comprar otro ejemplar del diario porque éste salió borroso’”.

A Azucena la secuestraron cuando cruzaba la avenida Mitre. Un grupo de dos autos y ocho hombres la encerró. Trató de resistirse. Un colectivo de la línea 98 intentó parar para ver qué pasaba, pero apuntándolo le ordenaron seguir de largo. La señora que ayudaba en la casa despertó a Cecilia diciéndole que habían “levantado” a la madre. Ella que no entendía que levantar era lo que era, pensó en cambiarse y salir a Mitre para ver un accidente. Y Elvira le dijo: “Se la llevaron a tu mamá como a tu hermano”.

Cecilia levantó los papelitos con los nombres de los desaparecidos que estaban en la casa. Los guardó en bolsas de comprar y los llevó a casa de una vecina abajo de dos botellas por si llegaban a buscarlos. Entre los papeles estaba el nombre de Horacio y Gustavo Niño.

Carmelo murió antes del retorno de la democracia. Nunca supo qué pasó con Azucena. María del Rosario los visitaba los sábados a la tarde, les contaba novedades y Carmelo se sumó los jueves a las rondas de las Madres. “No podía soportar la vida sin mi mamá –dijo Cecilia–: todos los días creía que iban a venir, que se la habían llevado para darle un susto porque no tenía militancia más que en la búsqueda de saber qué había pasado con sus hijos, así que se muere de tristeza.” Era habitual encontrarlo a las tardes sentado en la puerta de casa, mirando a la avenida Mitre, llorando y esperando que Azucena volviera.

En ese ir y venir del juicio, alguien le preguntó a Cecilia poco más sobre su madre. Le dijo “perdón por la pregunta, pero ¿cómo era su madre?” Era un abogado de la querella. Cecilia contó cómo organizaba en el barrio a los vecinos para conseguir cosas como el gas natural o que cuando desapareció Néstor levantó firmas entre los vecinos para que le ayudaran a decir que era un muchacho trabajador, buen vecino y solidario. “Creo que así fue, que lo que hizo por Néstor lo hubiese hecho por otros: era mujer de armas tomar, que no se iba a quedar quieta.”

Continúan los testimonios

 “destrozaron a una familia entera”

Mabel Mirna Fernández fue la niñera de José Hazan. Declaró ante el tribunal sobre el secuestro de José y su esposa, Josefina Villaflor, así como los otros integrantes de la familia Villaflor. José y Joséfina habían tenido a Celeste Hazan quién fue llevada con ellos a la ESMA y liberada a los dos días. Muy emocionada, la testigo evocó las llamadas telefónicas de José y sus visitas. José vino acompañado de “Serpico”, una “persona joven, que no hablaba mucho y que era muy fría”. La testigo reconoció a “Serpico” en las fotos de Cavallo cuando fue extraditado desde Méjico.

Cuando José vino a visitarlos, Mabel pudo estar a sola con él un momento. Ahí él le dijo “que le cuidara mucho a la nena”. “Le pregunte como estaba, me dijo estaba bien. Pero no me voy a olvidar nunca la tristeza de sus ojos. Me dijo que no lo esperábamos, podían pasar meses, años”.

Al concluir su declaración Mabel declaró “todo lo que dije es cierto, es lo que vi, lo que pasó. A raíz de todas estas historias, el papa de José se murió. El hermano de José se enfermó de un brote psicótico. La mama de José tuvo que luchar con un hijo enfermo y el marido que se murió. Destrozaron una familia entera. Y a mi también. Porque yo tengo problemas de salud a raíz de esto.”

A continuación declaró Tito Alberto La Penna, reportero gráfico quién presenció la entrevista de Thelma Jara de Cabezas para la Revista “Para Ti” en 1979. Reconoció las fotos que saco y que fueron publicados en la revista al ser exhibido ante la audiencia el artículo. El testigo se había quedado muy impresionante porque era la primera vez que conocía a una mujer que busca a su hijo. El artículo sobre Thelma se intituló “habla la madre de un montoneros muerto”.

Por último, declaró Alfredo Ayala sobre su secuestro y cautiverio en la ESMA. El testigo relata su secuestro como un operativo de gran magnitud, con helicópteros y una gran cantidad de personas. También es secuestrada su compañera, quién no tenía nada que ver con la militancia de Alfredo. Es secuestrada y llevada a la ESMA donde permanecerá durante un mes.
Alfredo era obligado a realizar trabajos de construcción y de carpintería adentro de la ESMA y al exterior. Así fue llevado a la Isla del Silencio en el Tigre para la reparación de dos casas, donde fueron llevados los detenidos al momento de la visita de la Comisión interamericana a la Argentina. El testigo también contó como montaron una empresa de construcción destinada a reparar las casas robadas por el grupo de tarea de la ESMA al momento de secuestrar a las víctimas. El testigo también fue obligado a trabajar sobre la reparación y la construcción de sótano de la ESMA y de la parte llamada “El dorado” y “los Jorges”.

En su declaración Alfredo se refirió a varios compañeros de cautiverio. También evocó las salidas obligatorias a las que eran llevados algunos detenidos, las visitas a la familia.

viernes, 19 de noviembre de 2010

“Nos quisieron volver locas, no pudieron. Porque si esa es la locura a la que llegamos, que bueno seguir peleando”

Azucena Villaflor y su hijo
Hoy declararon dos madres fundadoras de la agrupación Madres de Plaza de Mayo. Brindaron su testimonio sobre el secuestro de la Iglesia de la Santa Cruz y la infiltración de Astiz en su grupo, pero en realidad hicieron mucho más que eso: dieron una verdadera lección de historia y de lucha.

María del Rosario Carballeda de Cerruti empezó su declaración con el relato de la desaparición de su hijo el 10 de mayo de 1976. Mientras emprendía su búsqueda, conoció a otras mujeres en la misma situación y unieron sus fuerzas para avanzar de forma conjunta. En junio o julio de 1977, el general Harguindeguy las recibió y les prohibió reunirse en la plaza: a partir de ahí empezaron a marchar. En ese momento, un joven que dijo llamarse Gustavo Niño comenzó a asistir a las reuniones en Plaza de Mayo. Las madres le advirtieron que no se quedara porque corría peligro, ya que tenía la edad de sus hijos desaparecidos. El nombre de Gustavo Niño apareció en la solicitada publicada el 10 de diciembre de 1977.

La testigo presenció el secuestro de Esther Ballestrino de Careaga y María Ponce de Bianco en la Iglesia Santa Cruz. El secuestro de las monjas francesas, de otras integrantes de Madres de Plaza de Mayo y de familiares provocó mucha confusión. Sin embargo, decidieron seguir adelante y publicar la solicitada por la cual habían luchado tanto. Continuaron yendo a la plaza y nunca dejaron de ir. La testigo explicó: “Veníamos de sufrir los secuestros de nuestros hijos, la angustia crecía todos los días. Ya nos seguían por todos lados, nos llamaban por teléfono. Entrar a la plaza ese día fue trágico. Estábamos atemorizadas.”

Además declaró Aída Sarti de Boga. Su relato junto al de Nora Cortiñas y María del Rosario de Carballeda, permite reconstruir los primeros meses de la creación de Madres de Plaza de Mayo. Aída recordó que empezaron a usar la palabra “desaparecido” recién después de que Videla la use él, en un discurso.
Según ella, Azucena Villaflor sabía que iba a ser secuestrada e hizo todo para protegerlas. Les distribuyó a todas las madres un poema de Mario Benedetti intitulado “Hagamos un trato”. El día anterior a su secuestro, le dijo a Aída “ Si yo faltó, ustedes sigan”.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Epitafio

E. E. M. 19 de octubre de 1925 / 8 de noviembre de 2010
 
 Por Juan Sasturain

Aquí yace, acostado, el almirante
que murió hace justo una semana.
El que mató a quien se le dio la gana
está acá, con los pies para adelante.

Aquí yace un asesino, caminante,
que hizo y deshizo con la soberana
bendición de la espada y la sotana.
Insúltalo, si no lo hiciste antes.

Aquí yace Massera, el genocida
con apellido que fue marca de helados
y sombreros. La puteada consabida

y este amargo epitafio demorado
se lo dejamos, grabado de por vida
y de por muerte: no hemos olvidado.