jueves, 10 de marzo de 2011

El tribunal convoca a testigos que deberían declarar como acusados

Una citación con el rótulo equivocado

Las defensas de los represores solicitaron como testigos a personas involucradas en los hechos que se juzgan. Juran decir la verdad, pero a la vez pueden evitar autoincriminarse. Mañana está convocado Rafael Carlos de Elía, quien ya está imputado en la causa.
 Por Alejandra Dandan
Hace unas semanas declaró el marino Ramón Antonio Arosa, que dijo que el operativo en la Iglesia de la Santa Cruz resultó “exitoso”.

Pese a la oposición de los organismos de derechos humanos que integran las querellas, pese a la denuncia de la Secretaría de Derechos Humanos de Nación y al requerimiento de indagatoria de la fiscalía de Eduardo Taiano, el Tribunal Oral Federal 5 convocó a declarar –para mañana viernes– como testigo en el juicio oral por la ESMA al marino Rafael Carlos de Elía. De Elía fue subjefe de la Base Aeronaval Comandante Espora de 1977 a 1979, y jefe interino durante un período de cuatro meses. La base aeronaval, que estaba a una hora de vuelo de la ESMA, tenía el personal, los instrumentos técnicos y logísticos para los traslados de los cautivos del centro clandestino. De Elía, que es experto en hidrografía naval, está imputado en la megacausa ESMA porque bajo sus órdenes se hallaba el piloto Emir Sisul Hess, con procesamiento confirmado por la Cámara de Apelaciones, por su intervención en los vuelos de la muerte.
La polémica

La citación a De Elía se produjo cuando las querellas están cuestionando la participación de varios marinos como testigos convocados por las defensas. Su caso es tal vez uno de los más paradigmáticos. Hace unas semanas, sin embargo, declaró Ramón Antonio Arosa, jefe de la Armada entre 1983 y 1989 y quien aunque fue jefe de la democracia escaló posiciones durante la represión. Durante su testimonio dijo aquello de que el operativo de inteligencia de Alfredo Astiz en la Iglesia de la Santa Cruz resultó “exitoso”, pero que la Armada se equivocó al no esconderlo y enviarlo enseguida a París.

Pese a eso, el caso que disparó la polémica a comienzos de febrero fue el de De Elía, que debía presentarse en ese momento. Las querellas de los organismos de derechos humanos, que suelen mantener posiciones distintas frente estos testigos, en este caso aparecieron encolumnadas.

El problema es que una persona que se presenta a declarar en calidad de testigo está obligada a decir la verdad, bajo juramento. Al comienzo de la audiencia, debe escuchar al presidente del tribunal que le pregunta si tiene un interés específico con el resultado de la causa o su interés es que se haga justicia. En general, todo el mundo responde que el interés es el de la justicia. Pero por su vínculo con Hess, la respuesta de De Elía podría ser bastante más complicada: “En realidad, en la base de la convocatoria hay una contradicción –explicó Carolina Varsky, abogada del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS)–, porque va a declarar sobre hechos por los que por otra parte está siendo imputado”.

Todo testigo debe decir la verdad pero no puede autoincriminarse. Por esa razón, ante casos similares, el TOF 5 limita la batería de preguntas que podrían llevar a que el testigo deba decir algo contra sí mismo. Eso es lo que supuestamente sucederá mañana viernes con De Elía. Y una de las razones por las que la fiscalía de Pablo Ouviña –a cargo de la acusación– suele agarrarse la cabeza: en esas condiciones y con el poder de las preguntas cercenado, dicen, la presencia de un testigo no sirve o sólo avala la postura de los acusados.

Para salvar el problema, Ouviña planteó en algún momento evitar el juramento. Una situación compleja: rechazada por el TOF 5 y cuestionada por algunas de las querellas, no sólo por las garantías del testigo sino porque sin el juramento de verdad, la palabra del testigo no podría ser bien valorada como prueba. Pese a eso, y en situaciones similares, en otros juicios prosperaron pedidos del tipo. Uno de ellos fue el juicio oral por Mansión Seré, cuando se presentó a declarar como testigo Miguel Angel Ossés, comandante de operaciones aéreas entre 1976 y 1978. En ese caso Félix Crous dejó de hacer preguntas, y pidió relevarlo del juramento. La medida se aceptó y a la hora de la conclusión del juicio, la fiscalía elevó el testimonio para que se inicie una causa. Ossés hoy está procesado.

“Acá lo que hay que decir es que durante el terrorismo de Estado lo que hubo fue una asociación ilícita”, dice Ana María Careaga, sobreviviente del circuito Atlético-Banco-Olimpo e hija de Esther Ballestrino de Careaga, una de las madres de la Plaza de Mayo secuestradas en la Iglesia de la Santa Cruz durante diciembre de 1977 y cuyo traslado es una de las acusaciones contra Hess. “Esa asociación fue diseñada y planificada para lograr el control social; hay que decir que se secuestró a miles de personas y que las Fuerzas Armadas, como estructura organizada, estuvieron encolumnadas en la represión. Por eso es asociación ilícita. Entonces, pensar que puede haber determinadas personas que por su responsabilidad en la estructura jerárquica no hayan tenido nada que ver, cuando estuvieron en distintos tramos claves de esa esta historia, es desconocer cómo estaba la estructura de la represión, y la verdad es increíble.”

La Secretaría de Derechos Humanos de la Nación denunció los antecedentes de De Elía a comienzos de febrero ante el juzgado federal de Sergio Torres, a cargo de la megacausa de la Escuela Mecánica de la Armada. En ese momento, Pablo Barbuto, del equipo jurídico de la Secretaría, ya le advertía al juzgado que De Elía había sido citado a declarar como testigo en el juicio oral de la ESMA. Torres pasó la denuncia a la fiscalía de Taiano, que evaluó el caso, los antecedentes y elevó el requerimiento para la indagatoria, un pedido que para los organismos de derechos humanos ya ubica a los acusados en situación de imputados. Nada de eso sin embargo detuvo al TOF 5, a cargo de Daniel Obligado, que igual decidió convocarlo.
Espora

Entre abril de 1977 y abril de 1979, De Elía se desempeñó como subjefe de la Base Aeronaval Espora de Bahía Blanca. Durante ese período mantuvo un interinato como jefe de cuatro meses. Luego pasó a Hidrografía Naval y luego revistó en el destructor Storni, en el Estado Mayor Conjunto de las FF.AA. y en la Dirección General de Personal. De acuerdo con los datos acumulados en la causa que se instruye en Bahía Blanca, investigados en la fiscalía de Abel Córdoba, el rol de la Base Espora en la lucha contra la subversión es claro: la base estaba contemplada en el Placintara, el Plan de Contrainsurgencia Terrorista de la Armada Argentina, que en 1975 contempló el lanzamiento de prisioneros vivos al mar. En la propia base, explicaron desde la fiscalía, había una dependencia de Inteligencia Naval ubicada en la cabecera de la pista de aterrizajes. Y contaban con los instrumentos logísticos y operativos para los traslados de los prisioneros de las distintas Fuerzas Armadas. Hess es uno de los vínculos entre la Base Espora y la ESMA, cuyos marinos encontraron ahí los medios necesarios para la ejecución de los vuelos y los traslados.

De Elía tuvo a cargo a Emir Sisul Hess, procesado por su participación en los llamados “vuelos de la muerte”. De acuerdo con los datos de la megacausa ESMA, el hombre que se recicló como empresario de turismo y hacía alarde ante sus empleados de haber tirado a las víctimas desde el aire desde donde parecían “hormiguitas”, realizó 145 vuelos en el año 1976 desde la Primera Escuadrilla Aeronaval de Helicópteros que funcionó en la Base; y 173 vuelos en 1977. Hess que está procesado entre otros casos por los traslados de las víctimas de la Iglesia de la Santa Cruz, tiene en su legajo una sanción dispuesta por De Elía en noviembre de 1977. Esto es clave para evaluar el vínculo con el jefe.

“Esa facultad de sancionar a alguien es muy relevante”, dijo el fiscal Córdoba en diálogo con Página/12. “De allí puede deducirse que tenía la supervisión concreta de las actividades de su su-bordinado, podía impartirle órdenes, corregir su actuación y directamente impartirle las ordenes que quisiera ejecutar, contando para eso con la incondicionalidad del ejecutor. Es central ese dato, nadie en una institución disciplinada como las Fuerzas Armadas tiene margen de libertad, salvo el que le permite el superior. Con lo cual, en el plan represivo la conducta del subordinado, involucra la del superior, por eso se habla de cadenas de mandos y no de estratos inferiores o superiores.”

Esa línea es por la que se pidió la indagatoria de De Elía. Pero la idea de la cadena de mandos no sirve para exculpar a Hess: con la confirmación del procesamiento a través de la Cámara de Apelaciones, indica una de las abogadas de las querellas, quedó claro que su jefe sabía lo que hacia y dejaba de hacer.

martes, 8 de marzo de 2011

Un médico de la ESMA dijo que atendió a una secuestrada

Pistas de un nuevo caso

Un testigo de represores de la ESMA aportó datos.
Por Alejandra Dandan

Juan Ernesto Márquez estuvo a cargo del Servicio de Sanidad de la Escuela de Mecánica de la Armada entre 1978 y 1979. El viernes pasado este médico declaró en la audiencia oral en la que se investigan los crímenes de la ESMA, como testigo convocado por la defensa del médico represor Carlos Capdevilla. La presencia de algunos de estos testigos plantea dilemas en las querellas que han pedido reiteradamente al Tribunal Oral Federal N° 5 que no los convoque porque muchos estuvieron vinculados orgánicamente a la represión. Como sucedió en otras ocasiones, Márquez apeló a la cadena de mandos y la obediencia debida para hablar de lo que llamó una “época terrible”. En el camino, sin embargo, bombardeado por las preguntas de una querella, reconoció que atendió a una secuestrada en el viejo Hospital Naval y que no sólo no sobrevivió sino que pese a haber pasado por una institución de salud pública no quedó ningún registro. El fiscal Pablo Ouviña pidió la apertura de una investigación.

En el juicio oral por la ESMA están terminando las testimoniales. El TOF 5 a cargo de Daniel Obligado está pidiendo en estos días a las querellas que se apresuren a contactar a los testigos aún pendientes para ver si van a declarar. En las últimas audiencias se oyeron, en cambio, varios testigos de la defensa, a pesar de las oposiciones en distintos tonos de la fiscalía y las querellas. Una parte de ellas se niegan a hacer preguntas porque cuestionan ontológicamente la calidad de “testigo” por los lugares sistémicos que ocuparon durante la represión.

En ese escenario, cuando el TOF 5 termina avalando la presentación de esos testigos se plantean algunos dilemas: o callar y rechazar con el silencio la supuesta calidad de testigo o preguntar y al menos hacerles pasar –como dice un sobreviviente– un “mal momento”.

Esta última postura generó semanas atrás las declaraciones escandalosas de Ramón Antonio Arosa, jefe de la Armada entre 1983 y 1989 y quien escaló posiciones durante la represión. Cercado por las preguntas, Arosa llamó “exitosa” la operación de inteligencia de Alfredo Astiz en la Santa Cruz y planteó como un “error” de la Marina enviarlo a París en lugar de esconderlo.

Márquez escuchó preguntas de la fiscalía y la querella de Justicia Ya! Llamó a la Esma con nombre y todo: “Centro de Lucha Antisubversiva” y pese a decir que no conocía a los que estaban en el Casino de Oficiales, aseguró que no usaban uniformes, que el lugar era manejado por el “almirante Chamorro que era director de la ESMA y a su vez el jefe del grupo de lucha antisubversiva”.

Cuando la abogada Myriam Bregman preguntó si en su calidad de médico atendió a algún prisionero, mencionó a una joven militante: “El único contacto que tuve –dijo– que fue ciento por ciento profesional y muy lamentable en este período tan triste de nuestra historia, en el antiguo Hospital Naval en el año ’76”, dijo sobre el lugar que funcionaba en un pabellón del Durán. “Siendo a la sazón jefe de cirugía de guardia me tocó asistir porque avisaron no sé de dónde, supongo que del Estado Mayor, que iban a llevar a una persona gravemente herida y resulta que era una militante de un grupo de subversión que había estado en un enfrentamiento armado y entró con una importante herida abdominal de calibre grueso”. Estuvo toda la noche en la sala de cirugía, la operó “tratando de sacarla adelante, era una chica joven, muy bonita, muy desharrapada, sucia, muy lamentable, y se me murió en el quirófano”.

Bregman le preguntó la fecha, pero sólo recordó el año 1976. Dijo que no supo su destino, que esas cosas no se hacían por la vía legal, que no sabía si se la llevaron en un patrullero.

jueves, 3 de marzo de 2011

“Empezaron a tirar bombas”

Relato de una vecina de Rodolfo Walsh

Los represores entraron a su casa buscando al periodista. Le gritaron y apuntaron. Ella les dijo dónde vivía “el profesor”. “Fue como una película. Decían: ‘Uno, dos, tres’ y ¡pum! Tiraban como granadas”, recordó uno de sus hijos.
Por Alejandra Dandan

“Señora –le preguntó el presidente del Tribunal, al abrir la audiencia con el protocolo de todos los días–, ¿tiene algún interés especial en la causa o su objetivo es que se haga justicia?” Yolanda Mastruzzo, calabresa, con el dialecto reverberando todavía detrás de cada palabra y sus 77 años de edad, le soltó: “No, si estoy acá por eso; vengo por el susto que nos pegamos esa madrugada, ¿vio?”.

Esa madrugada es la del sábado 26 de marzo de 1977, dentro del mundo de calles de tierra y casas sin tendido eléctrico de uno de los barrios obreros de San Vicente. El día anterior, el periodista Rodolfo Walsh había sido atacado por una patota de la ESMA en San Juan y Entre Ríos. Llegó muerto o casi muerto al centro clandestino.

Mientras dormía, Yolanda oyó sacudones en la puerta, y el grito y la orden de: “¡Salgan todos con las manos levantadas!”. Ella se levantó de la cama de un salto y salió con su marido a la calle, amarrados a una linterna. Ante el paredón de luces y las órdenes, el marido intentó apoyar la linterna en el suelo porque “¡mire si la íbamos a tirar!”.

“¡Así no, carajo!”, les gritaron, y el marido largó todo como pudo. “Eran las cuatro de la mañana cuando en un momento vemos que empezaban a apuntarnos a nosotros, diciendo que nos quedáramos con las manos arriba –explicó–, que nos iban a matar a todos, entonces mi esposo y yo le preguntamos a ese señor qué buscaba.”

Yolanda todavía es ciudadana italiana. No se acuerda su número de documento, pero no puede olvidarse de lo que pasó. Convocada por el Tribunal Oral Federal Nº 5 a cargo del juicio por los crímenes de la ESMA a pedido de la querella de Patricia Walsh, escuchó las preguntas: “Justamente, queremos saber qué le pasó a usted esa noche, si todavía lo recuerda después de tantos años”, preguntó la abogada Myriam Bregman, de Justicia Ya!

“Buscaban a una pareja”, explicó Yolanda. “Discúlpeme –le dijo en ese momento al hombre que la increpó–. Nosotros somos un matrimonio, tengo tres chicos adentro.” Uno de los hombres fue “adentro de la pieza, los chicos estaban llorando abajo de la cama del susto que nos llevamos, y de la parte de adelante de la casa también nos apuntaban a nosotros”.

Hace años, Yolanda declaró ante un Tribunal de Justicia Militar lo que había pasado ese día. Nunca volvió a hacerlo hasta ahora. En esa ocasión mencionó que cuando uno de los uniformados entró a la pieza, intentó buscar a tientas la perilla de la luz. “¿Qué luz?”, preguntó ella, porque en la casa no había luces y en el barrio la gente se iluminaba con el sol de noche. El dato, que volvió a aparecer ayer, siempre fue importante para quienes todavía intentan reconstruir lo que pasó con la casa de Walsh, porque es una señal de que los integrantes del operativo eran de otro lado.

“Esta casa no es la que usted está buscando”, les dijo Yolanda en ese momento, y les señaló la casa del otro lado del cerco. “El hombre es un profesor”, les dijo ella. “¡Ma qué profesor! –respondieron los otros–. ¡Flor de extremistas son!”

Walsh se había mudado a San Vicente en diciembre de 1976 con su compañera Lilia Ferreyra. Para los vecinos, era un profesor de inglés retirado al que cada tanto veían pasar con un changuito de compras y con quien alguno de ellos se paraba a conversar sobre los pájaros. En marzo de 1977, Yolanda llevaba apenas veinte días en el lugar, recién se había mudado. Dijo que a él le decían “Beto” y a ella “Betty”. “¿Alguna característica física? –le preguntaron–. ¿Algo con su color de pelo?” “De eso no puedo decir nada –aclaró–. Un día lo tenía de un color, y otro día de otro.”

Después del cruce, la mandaron adentro de la casa: “Vaya para adentro y escóndase –le dijeron–. Vamos a tirar la casa a bajo”. Y ella obedeció: “Nosotros nos fuimos adentro y empezaron a tirar bombas... Qué sé yo... y yo con los chicos asustados”.

Yolanda dejó de hablar. Estaba nerviosa, dijo. El cuerpo temblando. Esperó. Sacó de su cartera un abanico, pidió “un chiquitito” de tiempo y siguió: “Ay, que estoy nerviosa –volvió a decir–. Mire, recordando todo lo que pasé”.

Yolanda llegó a Comodoro Py con uno sus hijos, uno de los que estuvo esa madrugada debajo de la cama. “Fue como una película”, dijo él más tarde, volviendo a esa noche y a esa casa. “Decían: ‘Uno, dos, tres’ y ¡pum! No sé qué tiraban, tiraban como granadas.”

“Afuera siguieron los tiros”, dijo Yolanda. “¡Estaban por todos lados! Después empezó a llegar gente de otros lugares, nosotros estábamos adentro y no podíamos salir; salimos a las diez menos diez, pero desde las cuatro menos cuarto hasta las diez estuvimos adentro.”

La casa de Yolanda estaba a unos diez metros de la de Walsh, separada por un cerco de alambre de púa. “Poco después empezaron a cargar todo lo que encontraban en la casa –dijo–. Todo lo que pudieron se llevaron con una camioneta y nosotros los escuchábamos desde adentro.” De la casa se llevaron la heladera, la cocina, las latas de conserva y hasta el papel de los baños, dijo. Cuando todo terminó, desde adentro de su casa escuchó la orden de “apaguen la luz”; pero estaba destinada al que manejaba el camión y era para ocultar la carga.

A esta altura, se sabe que además se llevaron los documentos, archivos y cuentos inéditos de Walsh. Yolanda aseguró que los hombres estaban uniformados y tenían boinas; que en la casa quedó de custodio uno de los hombres que la amenazaron al comienzo. Tiempo después, la casa fue ocupada por la madre de un policía de apellido Salas, otro dato que ella confirmó. Al terminar, antes de salir a la calle, seguía pensando, convencida de que esos hombres en algún momento le dijeron que venían de Magdalena. Patricia Walsh pasó a su lado. Le agradeció y aclaró: “Es que nunca decían que venían de la ESMA”.

Yolanda no sabía quién era su vecino. Recién lo supo el año pasado. Ahora anda buscando alguno de sus libros. Todavía no sabe demasiado qué significa Rodolfo Walsh.

sábado, 19 de febrero de 2011

Continuan testimonios. Los sacerdotes Jalics y Yorio entregados por el Cardenal Bergoglio

María Estevez inició los testimonios con su relato sobre la destrucción de la casa de Rodolfo Walsh, en San Vicente. Varios vecinos de la casa de Walsh ya declararon sobre ese tema, incluso el marido de la testigo Horacio Herrera.

A continuación Rodolfo Yorio, hermano del sacerdote secuestrado Orlando Yorio, declaró por primera vez ante la justicia. Orlando explicó como se enteraron de la desaparición de su hermano, el domingo 23 de mayo de 1976. Para esa época, Orlando venía teniendo problemas con las autoridades eclesiásticas, que criticaban su compromiso social en la villa. Orlando Yorio y Francisco Jalics fueron secuestrados juntos y mantenidos en cautiverio hasta el 23 octubre de 1976. La familia de Yorio se enteró de su secuestro, junto con otros catequistas de la Villa del bajo flores, a través de una llamada telefónica. A partir de ahí empezó la búsqueda sin éxito del paradero de Yorio y Jalics. Por alguna extraña razón que no puede recordar el testigo, al día siguiente ya sabía que su hermano estaba en la ESMA. Al ser liberado 5 meses después, Jalics y Yorio confirmaron haber sido detenidos en la ESMA y en una casa en Don Torcuato.

Por último, Silvia Guiard declaró haber sido secuestrada junto con un grupo de catequista en la Villa del Bajo Flores el 23 de mayo de 1976. Silvia conocía a Orlando Yorio y Francisco Jalics, por pertenecer a un grupo de jóvenes que realizaban tareas sociales en esta villa. Silvia relató con muchos detalles su cautiverio de 24 horas en la ESMA, y su reencuentro con Orlando Yorio luego de su liberación.

Tanto Rodolfo Yorio como Silvia Guiard, mencionaron el clima amenazante que vivían los sacerdotes antes de ser secuestrados y su expulsión de la compañía de Jesus.

martes, 15 de febrero de 2011

Periodistas que contaron durante la dictadura


El periodista y escritor Uki Goñi declaró ante el tribunal sobre la infiltración de Alfredo Astiz en el grupo de familiares de la Iglesia Santa Cruz. Para esa época, el testigo trabajaba como periodista en el diario Buenos Aires Herald, junto con Robert Cox.
Goñi ingresó en la redacción a fines de abril 1977 y fue asignado a la sección de noticias argentinas. “Eran dos mis labores: traducir al inglés las noticias sobre Argentina y escribir notas sobre Estados Unidos. Al poco tiempo de empezar a trabajar, comenzaron a acercarse las madres al diario. Yo era de familia argentina y hablaba mejor español que otros periodistas, así que era el encargado de hablar con ellas. Era una tarea cotidiana”, contó el periodista.
Rápidamente el Herald se convirtió en la principal fuente de noticias de lo que estaba ocurriendo en el país. En un relato muy conmovedor, Goñi explicó como conoció también a los jóvenes que acompañaban las madres: Horacio Elbert, Angela Aguad y Raquel Bulit. También estaba Julio Fondevila, cuyo hijo estaba desaparecido. Goñi se encontraba con estos jóvenes en el Bar Comet, cerca del diario.
El testigo se refirió también a las amenazas que recibían en el diario de manera cotidiana. “Vivíamos bajo un terror y pánico absoluto”, contó Goñi. Robert Cox, editor del diario, fue secuestrado y llevado a la Superintendencia de seguridad federal hasta que fue liberado por la presión internacional.
El Buenos Aires Herald fue uno de los pocos diarios que publicó las solicitadas de las madres y que realizó artículos sobre la desaparición de sus hijos. “Para una navidad en paz” fue el título de una de las últimas solicitadas publicada en el diario la Nación a pedido del grupo de Santa Cruz antes de que fueran secuestrados.

Audiencia 10/2/11 : Testimonio de un sobreviviente, y un ex militar que pasa y se va

Luego de 30 años de silencio, José Quintero declaró por primera vez en un juicio oral. En un testimonio conmovedor y preciso evocó su secuestro y cautiverio en la ESMA desde el 15 de noviembre de 1979 hasta marzo de 1980. “Es una cosa que he tratado sistemáticamente olvidar y me cuesta mucho volver a esa época”, advirtió. El testigo se refirió a la situación dominante de los represores. “Era algo irreal que se escapa de todas mis posibilidades de comprensión. Se creían eternos, permanentes. La condición de dueño y adueñado estaba muy clara”, agregó Quintero.
El testigo contó el episodio doloroso del secuestro de Graciela Alberti, en una ciudad de la costa de la provincia de Buenos Aires. “Se sabía cuándo se torturaba. No se podía salir en esos momentos y el nivel de la música se elevaba. Entonces ahí se escuchaba el ruido terrorífico de la corriente eléctrica interfiriendo las ondas de radio. Se podía sentir la picana como si la tuviéramos nosotros mismos. Eso sucedió con Graciela”, recordó Quintero.
En una oportunidad, el testigo pudo conversar con Graciela, quien permanece desaparecida. “Un día me llevaron a la sala de torturas para verla. Me sonrió, me reconoció y hablamos un poco”, señaló Quintero. Para explicar que hoy el testigo pudiera hablar por primera vez de su cautiverio, dijo que el miedo sigue estando pero con la edad se diluye. “Además, mis hijos que ya están grandes me dijeron ‘hacelo viejo’”, agregó.

A continuación declaró Manuel Tomé sobre la presencia de Carlos Capdevilla en el arsenal naval de Azopardo en 1978.
Por último declaró el vicealmirante de la armada argentina Argimiro Fernández. Pese a las objeciones del ministerio público fiscal y las otras querellas que consideraban que no podía declarar como testigo por su pasado comprometido en la armada, el ex militar decidió hablar. El testigo había sido citado por la defensa del imputado Pernías, quien asistió a su declaración junto con el imputado Scheller.
Fernández explicó en varias ocasiones que existían órdenes verbales en la época de la dictadura y que nunca vió nadie desobedecerlas. Sin embargo, el testigo fue confuso y evasivo cuando se le preguntaba sobre los límites de las ordenes en el marco de la dictadura y cuándo se podía considerar una orden como ilegal. 

El querellante Luis Zamora pidió la detención inmediata de Fernández por falso testimonio. Sin embargo, el tribunal no permitió que se exhibieran los documentos que permitían mostrar la contradicción del testigo y postergó el pedido de Zamora para el momento de la sentencia.

Reconstruir la identidad de las víctimas, el trabajo del EAAF


Patricia Bernardi, del Equipo argentino de antropología forense (EAAF) inauguró la audiencia de hoy con su declaración sobre las exhumaciones del Cementerio del General Lavalle que permitieron la identificación de cinco cuerpos del grupo de victimas de la Iglesia Santa Cruz. En un relato contundente y preciso, Patricia explicó el proceso de reconstrucción de la identidad de Angela Aguad, Esther Ballestrino de Careaga, Azucena Villaflor, Leonie Duquet y Eugenia Ponce de Bianco. 

A continuación Horacio Arturo Fisher, contraalmirante retirado, explicó como conoció al imputado Pablo García Velazco en el edificio Libertad cuando ambos eran integrantes del Servicio de inteligencia naval (SIN). El testigo Fisher contestó varias preguntas del ministerio público fiscal y de las defensas sobre la estructura del SIN en los años de dictadura