sábado, 15 de junio de 2013

Regreso de los sobrevivientes

Esto es distinto de lo que me imaginaba porque ha quedado institucionalizado”, dijo Lordkipanidse todavía conmovido. “Esto siempre estuvo en el aire, como en una nebulosa, nunca tuvo entidad y con la presencia de los fiscales, secretarios del juzgado, Prefectura, el labrado de las actas ante cada cosa. La verdad superó mis expectativas.”

“La sensación cuando volvemos a un lugar donde estuvimos chupados tiene cosas bastante encontradas”, dice Fukman. “Por un lado, está la sensación de que uno buscó reconstruir esta parte de la historia, dónde estuvo, qué hizo, qué sucedió. Y por otro, están los recuerdos de los compañeros que no están y hay mucho de esto que te vuelve en un marco en el que tengo que decir que no es cualquiera, porque no es que vinimos a buscar el pasado, sino que lo estamos recorriendo en un acto de búsqueda de justicia y tiene la carga que significa seguir aportando como sobreviviente para que se conozca la verdad y se pueda construir memoria.”

La propiedad: de la Iglesia a la ESMA

El viernes pasado dos sobrevivientes pidieron que se dicte una medida de “no innovar” en los terrenos. Uno fue Carlos Lordkipanidse, a través de Justicia Ya! Y el otro Víctor Basterra acompañado, por el abogado Rodolfo Yanzón. El juzgado hizo lugar al pedido y le pidió a Prefectura que preserve el lugar con recorridos periódicos. Hay una sede de prefectura está a 900 metros del lugar.

El Silencio está sobre el arroyo Chañía-Miní (o Canal 43) en el límite de la segunda y tercera sección, y según los datos de Prefectura fuera de los límites de El Tigre y dentro del distrito de San Fernando. En 1987, dos sobrevivientes hicieron un sondeo de reconocimiento desde el río acompañados por Maco Somigliana, ahora en el Equipo de Antropología Forense. Judicialmente existe un expediente desde 1984 sobre la isla en el “Legajo 11478/84 Firpo, Alberto Néstor, denuncia” que es una de las fuentes de la denuncia que Horacio Verbitsky publicó en El Silencio, de Paulo VI a Bergoglio. Las relaciones secretas de la Iglesia con la ESMA. En ese expediente declaró al secretario de la Vicaría castrense, Emilio Grasselli, que es quien vendió la isla a los marinos. El documento está en manos del juzgado de Sergio Torres que tiene la causa. También se pidió al Registro de la Propiedad y ARBA los antecedentes de los propietarios. “Técnicamente ahora tenemos que ir hacia atrás como hicimos con Chacras de Coria donde las trasferencias se hicieron por coacción. Hay que buscar la documentación sobre quiénes fueron los titulares y cómo se hicieron las trasferencias de dominio. No es imposible, es el trabajo que sigue”, dicen fuentes judiciales. Es posible que buena parte de la información necesaria ya esté el expediente de 1984.

Entre las fuentes que cita el libro está la escritura de la transferencia de la isla y el cotejo del documento que usó la Marina para la operación-compra. La hizo a nombre del fotógrafo y laboratorista Marcelo Camilo Hernández, sobreviviente de la ESMA y salió del país en enero de 1979. Lo que sigue es un extracto de la información de El Silencio sobre este punto:

- Hernández: Los marinos se quedaron con su libreta de enrolamiento cuando pidió la renovación del pasaporte en la Policía Federal. Dos semanas después de su salida del país en enero de 1979, con ese DNI, el grupo de tareas adquirió la isla El Silencio. “No hace falta una pericia caligráfica para advertir que su firma en la escritura no coincide con la del formulario policial, ni siquiera intenta parecerse”.

- Grasselli: El libro señala que en la escritura la persona que aparece como vendedor de El Silencio fue Emilio Teodoro Grasselli “que conocía a varios marinos del grupo de tareas y sabía lo que pasaba en los campos clandestinos de concentración de la dictadura”. Grasselli aparece asociado a otras tres personas cuyos nombres también se señala.

- Aramburu: Grasselli a su vez había comprado la isla en septiembre de 1975 al administrador de la curia, Antonio Arbelaiz. Los sacerdotes y seminaristas de la Arquidiócesis conocían la isla porque él los llevaba. Los vecinos además dan cuenta de la presencia de Juan Carlos Aramburu en el lugar.

- Radice: uno de los moradores más antiguos de la zona entrevistado para el libro explicó que en 1979 la quinta pasó a ser propiedad de Ríos. Cuando la Justicia interrogó a Grasselli en el expediente, él dijo que no conocía a Hernández. Tanto Grasselli como sus socios alegaron que en nombre de Hernández, realizó la operación un “tal señor Ríos”, es decir Jorge Radice, responsable de los negocios inmobiliarios de la ESMA.

La cocinera de la isla

A Blanca Alonso y Thelma Jara de Cabezas las pusieron a cocinar. Blanca contó en una declaración que una vez la tuvieron 48 horas haciendo buñuelos mientras un marino “gordo” le decía: “Quiero más”. Thelma llegó más tarde a la isla. La habían llevado a Uruguay para hacer la puesta en escena del reportaje en el que decía que estaba capturada por Montoneros. En Buenos Aires, la entrevista a Thelma salió publicada en la tapa de la revista Para Ti el día que llegaron los integrantes de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

Carlos García, otro de los sobrevivientes que fueron desplazados a la isla durante esos días, describió a Thelma y la isla durante el último juicio por ESMA. “En la isla estuvimos un mes aproximadamente, había dos casas, una en la que estábamos con los guardias de los oficiales navales y otra casa más donde debía estar el soporte de las clásicas casa del Tigre que estaba cerrado y ahí estaban los ‘capucha’. Ahí está el caso de Thelma Jara de Cabezas. Era una señora grande que tenía el hijo desaparecido y que fue secuestrada por el GT. En la ESMA la torturaron mucho y de eso soy testigo, porque estaba en el sótano, no la vi, pero la escuché. Cuando la picana es usada fuerte, la luz del cuarto que estaba al lado de la huevera titilaba y ese día de Thelma la luz titiló un montón. A Thelma en un momento, la conocimos, la trasladaron también a la isla y en un momento Ricardo Cavallo –esto me lo contó Thelma en la isla– la llevó a hacer un reportaje mentiroso para la revista Para Ti donde ella decía que no estaba secuestrada. La acompañó obligado Lázaro Gladstein, que también estaba secuestrado, y Orlando González, alias Hormiga, que era fotógrafo del Centro de la Marina o Club la Marina, le tomó fotos en Uruguay, que yo revelé, donde se la veía en lugares típicos de Montevideo como si ella estuviera en una especie de exilio, pero estaba detenida en la ESMA. Thelma era quien cocinaba cuando nosotros estábamos en la isla. Con lo cual los presos de capucha decían que la comida había mejorado mucho, pero no sabían que la hacía una de las detenidas. Nosotros volvimos de la isla aproximadamente a fines de septiembre del ‘79, principios de octubre.”

Allanaron la isla del Tigre que era propiedad del Arzopispado de Bs As, donde la Marina llevó a los secuestrados de la ESMA EN 1979

Los sonidos del Silencio

Como si los años no hubieran pasado, los sobrevivientes reconocieron muebles, una cocina y un pequeño cuarto debajo de una de las casas, donde los desaparecidos estuvieron encerrados durante más de un mes. El lugar fue vendido en 1979 por la Iglesia a los represores de la ESMA, que firmaron la escritura con un documento falso a nombre de uno de sus secuestrados.

“El lugar está como estaba, lo único diferente es la vegetación que ahora ocupa una gran parte. Las casas están muy deterioradas porque no se les hizo nada. Lo que desapareció fue el muelle, no está. Quedan los restos. Pero la sensación es terrible, es como entrar a la ESMA.” Carlos Lordkipanidse es uno de los sobrevivientes de la Escuela de Mecánica de la Armada que volvió a El Silencio. La isla del Arzobispado de Buenos Aires donde los marinos montaron un centro clandestino en 1979 para esconder a los prisioneros durante la inspección de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) acaba de ser allanado, por primera vez, por la Justicia. El juzgado de Sergio Torres impulsó la medida pedida por los sobrevivientes. Todos los que estuvieron ahí salieron conmocionados porque la isla permanece igual a como era, congelada en el tiempo. Encontraron objetos que los sobrevivientes mencionaron durante treinta y cuatro años: una cocina económica de hierro que ahora está tirada en una habitación; la piedra de afilar con la que los obligaban a pulir los machetes para cortar los árboles; muebles y hasta el chasis de un buggy con el que las guardias controlaron la seguridad.

Víctor Basterra dijo en su última declaración del juicio oral que jamás había vuelto a la isla. Estuvo más de treinta días encerrado en una celda de cemento diminuta, armada abajo de palotes de lo que es “la casa chica”, una de las dos construcciones. En ese encierro y sobre el piso que aún tiene el barro húmedo, permanecieron los “capuchas”, un grupo de unos quince prisioneros. Uno de sus compañeros el jueves lo vio abrir la puerta de ese sótano y transportarse en el tiempo. “Me pregunto cuál era el objetivo de estos tipos, de escatimarnos la mirada, de disciplinar, de provocar dolor, ¿habrán encontrado cierto placer en hacer daño? –dice– En habernos metido en un lugar como ese que es realmente una cueva un mes y algo. Amontonados unos al lado de otro, los guardias no querían entrar por el olor espantoso de los cuerpos, de las enfermedades. Estábamos descompuestos, no teníamos agua potable. Los guardias abrían la puerta, miraban y se iban medio tapándose la nariz, o entraban con una pistola, decían alguna cosa y gatillaban en seco y nosotros estábamos todos ahí, esposados, con capucha, débiles. Estuvimos mejor comidos gracias a que dos compañeras (Blanca García Alonso de Firpo) y la tía Thelma (Jara de Cabezas) cocinaron unos churrascos hermosos. A mí después de eso me agarró una crisis porque cuando regresamos a la ESMA nos siguieron dando lo de antes, que era el ‘bife naval’, que no tenía olor a nada, no tenía gusto a nada y en mis delirios se me ocurrió que podía ser carne de compañeros, una de las locuras que producía esa situación de miseria.”

Enrique “Cachito” Fukman estuvo alojado en la “casa grande” con el Sueco Lordkipanidse, entre el grupo de prisioneros que sirvió de mano de obra esclava para trabajos de corte de álamos y de formio, que eran las hojas que las sogas de los barcos. “Hubo algo bastante interesante en el recorrido que hicimos”, dice Fukman arriba de la lancha que lentamente en el agua densa lo devuelve a este lado del mundo. “Nosotros íbamos haciendo el relato de las cosas que habían pasado en cada lugar y cuando la gente del juzgado avanzaba encontraba lo que acabábamos de decirles. Por ejemplo, dijimos que en la cocina había una cocina económica que ahora no estaba, pero cuando entramos al dormitorio encontramos la cocina tirada en el piso. Un compañero que había estado chupado dijo que lo habían llevado antes para hacer refacciones y que había un buggy. Otros dijeron: tiene que estar en tal lugar y ahí estaba el buggy. Y así, cada cosa. Las casas en las islas están levantadas con palos, pero a los ‘capuchas’, acá, los encerraron en la parte de abajo de una casa. Y dicho y hecho: la parte de abajo que nosotros decíamos que estaba cerrada la encontramos así. O dijimos que nos habían hecho armar tanques de agua con filtros y entre medio de la maleza aparecieron esos tanques tirados. Se fue demostrando que el resultado de años y de años de lo que vinimos diciendo, eso que muchas veces dijimos, que lo contamos, finalmente está plasmado como realidad.”

A nivel probatorio, la medida resultó “de mucha trascendencia”, según indicaron fuentes judiciales. “La casa tiene exactamente las mismas condiciones que tenía: están las dos casas, no tuvieron ningún cambio: la misma cocina, los mismos muebles que se usaron. Las otras casas del Tigre por abajo tienen palotes, pero a la llamada ‘casa chica’ de este lugar la cerraron con ladrillo y cemento. Abajo, la casa es como un sótano bajito, de barro, ahí estuvieron los prisioneros durante un mes. La existencia de un cerramiento así no tiene una función lógica en el Delta salvo para esto. Está el piso húmedo, cada vez que hay sudestada lo mueve, es siniestro. De los lugares que recorrimos y que fueron centros clandestinos nos parece que es el más tremendo. Pusieron a personas en un lugar donde sólo entran agachadas, con el piso de barro, en un cuarto de siete metros cuadrados, donde no había baño. Como tomaban agua del río nos decían que los de la Armada no podían acercarse a darles de comer por el olor que había. Les pasaban un plato de comida por la puerta y nada más. Era una jaula, una situación tremenda.”

“Hoy pudimos andar con libertad, en ese momento no”, dijo Basterra más tarde a Oral y Público, el programa de radio del IEM. “Era una isla blindada, armada, había tres brigadas de guardias, es decir 25 o 30 efectivos del GT, además de los oficiales y suboficiales con rango superior, guardianes crueles, bastantes numerosos, pero hoy la gente era toda delicadeza y cordialidad.”
Cuentas pendientes

En marzo de este año, cuando le tocó declarar en el juicio oral por la megacausa ESMA, Lordkipanidse pidió el allanamiento. Fue el primer testigo del juicio y con eso marcó una agenda de cuentas pendientes. Mostró a los jueces un puñado de fotos y les dijo que les habían “llegado noticias de que la casa iba a cambiar de manos”. Pidió además una investigación sobre los propietarios. El pedido fue reimpulsado en ese mismo día por fiscales y querellas.

En su libro El Silencio, el periodista Horacio Verbitsky había contado la historia del lugar. “Nos pareció siempre medio ridículo que se habían ya hecho inspecciones oculares en todos los lugares que tenían relación con la ESMA y no en esta villa del Silencio.”

Desde aquella audiencia a esta parte, el juzgado de Torres pidió el historial de propietarios al Registro de la Propiedad y a ARBA de la provincia de Buenos Aires. El allanamiento se ordenó mientras se aguardan esas respuestas.

La isla está ubicada a unas dos horas, dos horas y media o aún más de Buenos Aires de acuerdo con el tipo de la lancha. El predio está en un nudo de canales, sobre el Chañá-Mini y a unos 900 metros del cruce con el Paraná-Mini. El cruce aún conserva una sede de Prefectura que recuerdan los sobrevivientes trasladados sin tabiques. Hacia 1979, frente al cruce y ya sobre el arroyo, había una almacén del que ahora quedan los restos. En la entrada al predio ya no está el muelle con el cartel El Silencio. Y en el interior de la isla continúan estando las dos construcciones que había: la “casa grande” y la “casa chica” hasta pintadas con la misma pintura, ahora deteriorada. La “casa grande”, muy clásica del Delta, tiene cinco habitaciones, dos comedores, dos baños y galería. Ahí alojaron a los prisioneros destabicados y usados como mano de obra esclava para desmontes, tala de álamos y de formia. Ellos dormían en tres habitaciones, según recuerda Lordkipanidse. En otra, dormían los represores, en general oficiales y suboficiales. La “casa chica” estaba separada por un pequeño arroyo; en la parte de abajo pusieron a otros secuestrados, la mayoría hoy desaparecidos, entre ellos estaba el grupo Villaflor y Basterra. Arriba dormían los guardias.

En términos políticos, el lugar condensa la relación entre Iglesia y dictadura. En 2005, Verbitsky publicó en su libro los detalles de cómo se hizo la trasferencia del predio. El lugar era del Arzobispado de Buenos Aires. Ahí celebraban la graduación los seminaristas y descansaba el cardenal Juan Aramburu los fines de semana. Entre enero y febrero de 1979 –es decir, mientras se preparaba todo para disimular las condiciones de secuestro de los detenidos desaparecidos ante la visita de la CIDH– el secretario del vicariato castrense Emilio Grasselli vendió el predio al GT3.3.2. Los marinos firmaron la escritura con un documento falso a nombre de uno de sus secuestrados. Según esos datos, una vez usado, los marinos volvieron a vender el predio en 1980. Es extraño cómo todo permaneció en el mismo lugar.
La inspección

En la inspección estuvo el secretario del juzgado Pablo Yadarola y los fiscales Guillermo Friele y Mercedes Soiza Reilly. También participaron querellantes, entre ellos, Patricia Walsh, con lápiz y papel y anotando descripciones de la casa, y Ana María Careaga. Y seis sobrevivientes: Basterra, Lordkipanidse, Fukman, Roberto Barreiro, Leonardo “Bichi” Martínez y Angel “Taita” Strazzeri. En el lugar los recibió un baqueano, un hombre que vive en condiciones muy humildes, en la parte de arriba de la “casa chica”. Al parecer, hace más de cuarenta años que está en la zona y, según dijo, lleva unos diez años al cuidado de ese lugar. De acuerdo con lo que él transmitió, el predio estaría desde hace un año en manos de un nuevo dueño. Esa persona, de nombre Angel Espinoza, aparentemente va algún fin de semana. El único lugar que tiene signos de estar habitado es un cuarto de la casa grande, donde hay una cama con colchón en estado de uso. Hay una heladera en funcionamiento. Y saltos a lo largo del tiempo que dan cuenta del modo de uso del espacio, marcado, por ejemplo, por la presencia de un calendario del año 2008.

En términos de prueba, uno de los aportes clave lo hizo Bichi Martínez. Es uno de los sobrevivientes tal vez menos conocidos de la ESMA. Volvió al centro clandestino por primera vez hace una semana, estuvo secuestrado entre 1977 y 1980, lo trasladaron a la isla antes que al resto y luego de forzarlo a trabajar lo liberaron desde ese lugar. A través de su relato, los fiscales determinaron, por ejemplo, que hubo por lo menos tres grupos distintos de prisioneros y que fueron desplazados hasta la isla en distintos períodos.

“Martínez pertenecía al grupo de cautivos que en la ESMA era obligado a mejorar las casas de los prisioneros que luego se reutilizaban o se vendían. O los mandaban a hacer mantenimiento y refacciones en la ESMA”, indican Soiza Reilly y Friele. “Como parte de ese grupo trasladaron a la isla a Bichi Martínez y a Alfredo Ayala. Martínez contó que el personal del GT lo llevó para ambientar el lugar y preparar las condiciones del sitio como para que los cautivos hagan trabajo esclavo, con los troncos y demás cosas. Para eso trasladaron a la isla algunos enseres. Entre ellos, un tractor. Para hacer seguridad en la zona tenían un buggy. Este es el buggy que apareció. Está el chasis sin motor. Esto demuestra para nosotros la doble misión que tuvo este lugar: esconder a los cautivos de la CIDH y por el otro lado, mantener el trabajo esclavo de determinado grupo de cautivos.” Esta hipótesis se ve reforzada por otro dato que agregó Basterra: según las cuentas, Bichi Martínez, por ejemplo, siguió obligado a trabajar en este lugar aun después del regreso de los prisioneros a la ESMA.

El segundo grupo que llegó fue el de los prisioneros destinados a la “casa grande”, entre ellos Fukman y Lordkipanidse. Cuando vieron la piedra redonda se dieron cuenta de que era la misma que usaban para afilar los machetes “porque nos mandaban a cosechar el formio, una planta de un metro de donde se saca el yute para soga de barcos”. En aquel momento, la piedra estaba abajo de la casa grande, entre los palotes que la sostienen. Ahora la encontraron adentro.

Al final, llevaron a los “capuchas”. Según el relato que hizo Basterra en el juicio ESMA, ese ingreso se habría producido entre el 3 o 4 de septiembre de 1979. “Fuimos llevados bastante brutalmente por un grupo de sujetos donde se olía mucho alcohol, esposados y engrillados y con la capucha puesta, tomando distancia del compañero que uno tenía adelante. Nos llevaron a un lugar donde el agua se notaba cercana. Había diálogo entre estos secuestradores que por ejemplo decían: ‘Mirá la vieja ésa se asoma por la ventana’. ‘¡Dejá que le tiro!’, decía uno. Y otro le decía: ‘Ahora no, que va a haber mucho ruido’. Se ve que era una lancha pequeña, descapotable, porque le tiraron una lona encima. Estábamos muy apiñados entre nosotros, yo tenía cuidado porque había sido lastimado por uno de los guardias en la columna. Cuando nos suben a un vehículo, lo que se comentó era que la salida era de la Apostadora Naval de San Fernando, yo pensé que nos esperaba un tiro en la nuca."

martes, 11 de junio de 2013

APL(1)Charla con Carlos Lordkipanidse, sobreviviente ESMA

APL(2)Charla con Carlos Lordkipanidse, sobreviviente ESMA

Nuevos testimonios en el juicio por crímenes en la ESMA

Las caídas de la columna norte

Elena Zunino habló sobre los secuestros de su hermana Lidia y su marido, Raúl Rossini, ambos militantes de Montoneros. También declaró Federico Ibáñez, en cuya casa estaba Daniel Kurlat, dirigente de la misma agrupación, cuando fue secuestrado.

 Por Alejandra Dandan

“¿Puedo decir algo más?”, le preguntó Elena Zunino a la presidenta del tribunal cuando la jueza había dado por concluido su testimonio. “Siento que yo vine a declarar también como víctima y como sobreviviente de esta situación de terror en la que vivimos los argentinos –dijo–. Quiero agradecer que se esté desarrollando este juicio porque realmente hace quince días que no duermo, que estoy tratando de recordar para rendirles homenaje a mi hermana y a Raúl (Rossini, el esposo) y en ellos a todos los compañeros que no tienen voz, que fueron callados por la represión. Aunque esto haya sido doloroso, algo de reparación siento en mi alma, algo hice, muchas gracias.”

El juicio a los marinos de la Escuela de Mecánica de la Armada avanza en la reconstrucción de una serie de caídas de la columna norte de Montoneros. Es la llamada “segunda caída”, que se produjo a partir de diciembre de 1976, luego de un rearmado de la organización tras los primeros secuestros posteriores al golpe de marzo. Uno de los militantes más buscados en diciembre era Daniel “El Monra” Kurlat, jefe de la columna norte, secuestrado finalmente el 9 de diciembre de 1976 con su hija, ella introducida en la ESMA y él visto moribundo en el centro clandestino. En los días siguientes se desata una feroz persecución que alcanza, entre otros, a Lidia Zunino. Ella pertenecía a ese mismo espacio político. Estaba casada con Raúl Rossini, también de Montoneros. Eran de San Juan. Ya estaban en Buenos Aires. Lidia era responsable de prensa y propaganda en zona norte. A ella la secuestraron el 10 de diciembre de 1976. La llevaron a la ESMA. A Raúl lo secuestraron en enero de 1977. No fue parte de esta “segunda caída”, fue situado por un sobreviviente en Campo de Mayo, pero también aparece en el listado de víctimas de la ESMA.

La audiencia de ayer tuvo a esos tres nombres en el centro. Primero declaró Elena Zunino, la hermana de Lidia, y luego otro de los secuestrados del caso, Federico Ibáñez, secuestrado por la Marina y la persona que había refugiado a Kurlat. Todos los casos están atravesados por uno de los ejes que empieza a ser investigado en el juicio, a partir, entre otros datos, de documentos desclasificados de la ex Dipba. Los expedientes dan cuenta de una articulación entre Campo de Mayo y la Marina, hasta ahora no trabajada en forma suficiente, según los fiscales. Eso abre la posibilidad de indagar sobre desplazamientos de hombres del Ejército al interior de la ESMA, en los interrogatorios y traslados de prisioneros.
Lidia y Raúl

Lidia y Raúl estudiaban en la Universidad Católica de San Juan, de donde fueron expulsados por sus ideales políticos. Luego de recorrer distintas provincias, ya perseguidos, en 1976 se establecieron en Buenos Aires. La hermana de Lidia, Elena, que a su vez era perseguida con su propia familia, se alojó durante treinta días en casa de ellos. “El contacto que tenía con mi hermana y su marido era muy familiar y afectuoso, pero evidentemente dada la represión, nos veíamos muy de vez en cuando y con mucha discreción”, explicó. La casa donde estuvo “no sé dónde era exactamente, porque por cuidados cerrábamos los ojos antes de llegar”. Supo que estaba sobre la calle Edison, cerca de la Panamericana, y que fue la misma casa desde donde secuestraron a su hermana, en medio de un operativo que describió como impresionante. “Raúl nos hablaba que habían sido los de la Armada. ¡Era la Armada, era la Armada!, nos decía. Aparentemente, mi hermana se defendió con mucha dignidad. Y él nos habló con mucha congoja, porque en ese momento tuvo un dilema muy grande: o entraba a ayudarla y a morir con ella o se iba a buscar a su hijo y salvaba a su hijo, que estaba en una guardería. Optó por lo segundo, sé que se fue con un peso enorme al haber visto lo que estaba pasando con su mujer.”

Durante la declaración, en la sala, Elena se detuvo más tarde en la caída de Rubén. Una noticia que conoció a través de la radio y luego vio publicada en diarios. A este punto ella volvió varias veces para criticar al modo en el que las empresas de medios se referían a la figura de los militantes.

“Nos enteramos de que cae Raúl por el diario y por supuesto que allí decían ‘extremista abatido’, ‘delincuentes’, ‘subversivos’ y en realidad no decían nada o decían lo que no era verdad.” Cuando secuestraron a su hermana, también apareció la noticia en los diarios. “Tanto en Clarín como en Crónica al día siguiente explicaron que ‘sediciosos’ habían sido ‘abatidos’, cuando en realidad no necesariamente era así en todos los casos, no fueron ni muertos, ni abatidos, eran tomados como prisioneros.”

Durante la dictadura, la madre de Zunino, convencida de que su hija estaba en la ESMA, se acercó al centro clandestino. “Tampoco se sabía qué quería decir todo eso, ella quería que al menos le dijeran dónde estaba su hija, viva o muerta.” Ahí no la dejaron avanzar. Como otras madres, visitó al vicario castrense Emilio Graselli. Ese hombre que sigue sin ser investigado, la segunda vez que la vio, le dijo en tono de advertencia: “Señora, usted tiene otras tres hijas”. En 1984 supieron por las primeras sobrevivientes que Lidia había estado en la ESMA. En 1995 o 1996 lo confirmaron a través del testimonio de otra sobreviviente, les dijo que Lidia había llegado muy herida y al poco tiempo “fue trasladada con lo que ello significaba: no trasladada a otro campo, trasladada seguramente en un vuelo de la muerte”.

De Raúl supieron que estuvo en Campo de Mayo por el testimonio del sobreviviente Cacho Scarpa-tti, pero ayer Elena supo además que su cuñado pudo haber estado también en la ESMA. Raúl y Lidia tuvieron un hijo: Juan Martín, de dos años y medio cuando secuestraron a sus padres. Una de las últimas veces que Elena vio a Raúl le pidió un teléfono para ubicar al niño si él tenía problemas. Raúl les dio un teléfono. Lo memorizaron y destruyeron. Cuando secuestraron a Raúl, llamaron al número. “En un primer momento negaron que estuviera ahí. El nivel de terror era grande para esa familia, de hecho, después supe que habían tenido problemas. Mi madre buscó a Juan Martín por todas las instituciones en que podía estar. Y como a los tres meses volvimos a hablar a esa casa y por suerte nos atendieron muy bien, reconocieron que estaba ahí y que no tenían mayores datos, sólo que la familia era de San Juan.”

–¿Recuerda dónde era la casa? –preguntó una querella.

–La casa de nadie, nadie iba a la casa de nadie.
El Monra

Apenas se sentó, Federico Ibáñez dijo: “Quiero anticipar que yo traté de recordar y es difícil recordar después de treinta y pico de años (...) Y cuando empecé a buscar en la guía Filcar no quería recordar, hay dolor para recordar, hay años que dificultan para recordar, quiero que quede claro”. A Federico lo secuestraron el 9 de diciembre de 1976. Y su testimonio permitió en la causa probar el secuestro de Kurlat. Kurlat estaba alojado en su casa de la calle Arce, hasta donde los marinos lo llevaron en un operativo. “Yo estaba tranquilo porque estaba convencido de que no iban a encontrar a nadie, ni al jefe de la columna norte ni a mi familia y no fue así, desgraciadamente. Mi señora se había ido con mis hijas, pero no le había avisado de lo ocurrido a Monra. Punto”, dijo después. “Ahí lo mataron, hubo un tiroteo que fue terrible.” El hombre explicó que pudo verlo ubicado desde una casa vecina y “después me llevaron de vuelta a la ESMA”. Cuando le preguntaron qué pasó con el Monra, él dijo “para mí lo habían matado, era imposible pensar otra cosa”.

Según los datos de la causa, a Kurlat le dispararon con un FAL en los riñones y entró agonizante a la ESMA. Graciela García habló de ese día en su declaración. Dijo que escuchó a una nena, que después supo que era su hija Mariana, gritar: “Quiero ir con mi papá”. Mercedes Inés Carazo, su esposa, estaba ya como prisionera en la ESMA. Y entre los hombres señalados como responsables de su muerte está el mayor del Ejército Juan Carlos “Maco” Coronel. El testigo ubicó a Coronel como el hombre que comandó su propio secuestro, así como interrogatorios en la ESMA. Esto también está relacionado con la hipótesis que investiga la articulación entre Campo de Mayo y la ESMA.

Durante los próximos días, el debate judicial continuará en esta línea. Los nombres de las víctimas de la “segunda caída” son muchos otros. Una de las pruebas que señala que el grupo de tareas de la ESMA tuvo responsabilidad en el secuestro de estas personas es el documento de la ex Dipba que da cuenta del operativo a Kurlat. Allí indican que son anoticiados a través de la comunidad informativa que “Daniel Kurlat (...) habría sido detenido por efectivos militares pertenecientes a la Escuela de Mecánica de la Armada (Area 420) sin intervención de fuerzas policiales. Se deja constancia que con respecto a la suerte corrida por el citado Kurlat se ignora si el mismo fue abatido o se encuentra en poder de fuerzas militares”. El documento data del 11 de diciembre. Una serie de recortes de diarios vincularon en aquel momento esa caída con las que se desataron en días posteriores. Y allí hay otro dato que también contribuye a la hipótesis que se investiga: los diarios citan como fuente al “Comando de Zona 1”.