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jueves, 10 de marzo de 2011

Un sobreviviente que declara por primera vez

Miguel Angel Calobozo: Un relato desde las entrañas del terror

Lo secuestraron en noviembre de 1978. Mataron a su compañera. Lo torturaron. Pasó por el staff y la Pecera. Declaró ayer por primera vez. Contó que a la ESMA también iban con frecuencia militares uruguayos.

 Por Alejandra Dandan

Nuevamente la Escuela de Mecánica de la Armada en sus dimensiones más siniestras. A Miguel Angel Calabozo lo secuestraron el 18 de noviembre de 1978, a la espera de un compañero en una pizzería de Pompeya. Militaba en Montoneros, le habían secuestrado un año antes a su compañera, embarazada de cuatro meses, a la que ejecutaron antes del parto, pasó dos Navidades en la ESMA, a una de las cuales la describió como una escena del “neorrealismo italiano”, y a poco de llegar lo sometieron a trabajo esclavo en el staff. Ante el Tribunal Oral Federal 5, durante la audiencia de ayer, contó por primera vez el relato de ese infierno. Entre el público, no sólo estaban aquellos sobrevivientes que todavía no lograran escucharlo con tranquilidad, sino su hijo, a quien intentó hacerlo partícipe de lo que hasta ahora no había podido terminar de decirle.

Miguel Angel no habló de corrido; no hizo gala de nada. Enumeró momentos, situaciones desordenadas, como puede hacerlo un detenido sobre lo que sucede en los tiempos monocordes de una prisión. Pese a las escenas delirantes, sus tonos no cambiaban. Habló de las visitas con un carcelero a un autocine; de un partido en la cancha de River; de las vueltas a su casa en colectivo, en salideras planeadas por los represores para extender –como dijo alguna vez uno de los fiscales– el sistema del terror fuera de las fronteras del centro clandestino. Y mencionó los nombres de aquellos que “cayeron” por él, al cantar una cita.

En su declaración, hubo datos novedosos para la causa pese al paso del tiempo y la extensa revisión de la ESMA. Mencionó a dos militares uruguayos en el centro clandestino y la idea de una cremación de Rodolfo Walsh. Hasta ahora no había hablado porque cuando lo intentó durante el Juicio a la Juntas se había desatado una revuelta y el fiscal Julio Strassera, dijo, le dijo que no hacía falta que declarase.
 
El comienzo

Miguel Angel se sentó alrededor de las diez de la mañana en la pi-zzería de Pompeya. En una mesa aparte, un grupo de marinos de civil lo vigilaba. Tenían unos walkie talkie, y Miguel Angel los imaginó como un grupo de amigos que se organizaban para el fútbol. Con esa memoria entrenada por los prisioneros, ayer mencionó uno a uno los nombres de cada uno de los ocupantes de esa mesa: Alfredo Astiz, que poco después manejó el Fiat 128 naranja con el que se lo llevaron a la ESMA; Gerónimo (Adolfo Miguel Donda Tigel); Gerardo; Fafa (Claudio Orlando Pittana), que tiempo después se confesaba como parte de la Triple A, y Claudio, un suboficial de Prefectura (Juan Antonio Azic).

En el sótano de la ESMA recibió la primera paliza grave, dijo. Lo torturaron. “Se presentó el capitán Acosta llamándome por mi nombre de guerra, diciéndome que él era Dios, que tenía que cantar, que ellos tenían todo el tiempo del mundo y que yo era un pedazo de carne con dos ojos y que estaba a su disposición, cosa que evidentemente después se demostró que era cierto.” El Tigre Acosta lo enfrentó con otro secuestrado. Escuchó además a Jorgelina Ramos, que había caído un año antes con su mujer, Mariel Silvia Ferrari, en la Iglesia de Pompeya. Mariel estaba embarazada. Tiempo después, él supo que no había sobrevivido: uno de sus compañeros le dijo que aparecía como “trasladada” en ciertos archivos y que alguien le había dicho que habían cometido un error, porque no se le notaba la panza.
El staff

Después de los interrogatorios y picanas, entró al “staff”. “Eso implicaba que el régimen fuera menos riguroso con relación a otros detenidos”, explicó. Para el otoño, lo mandaron a la Pecera, un lugar de oficinas vidriadas que al fondo tenía un comedor en el cual comían y se reunían a hacer lo que llamó “informes políticos”. Durante ese período, conoció a dos militares uruguayos, vestidos usualmente de civil que ingresaban periódicamente a la ESMA. No se acordó de los nombres, pero dijo que tanta era la familiaridad que en una ocasión le apostó a uno de ellos un paquete de cigarrillos: Miguel Angel aseguraba que Somoza iba a perder en Nicaragua, el otro que iba a ganar. “Ellos venían a la ESMA y hablaban conmigo, me describieron con lujo de detalles métodos de tortura de ellos, hacían alarde de cómo torturaban a una madre arriba de su hija o a la hija arriba de la madre para torturar a las dos a la vez.”

Adentro de la ESMA elevaba los informes con un alias, un número de identificación alusivo al GT 3.3.2. En el primer tiempo escribía a mano; para los informes de los diarios usaba una Olivetti eléctrica: la suya, la misma que usaba en su casa.
Las salidas

Los militares pensaban que él y otros secuestrados estaban “en un proceso de recuperación entrecomillas”, explicó. “No sé cómo surge eso, pero algunos nos dicen: ‘Ustedes son recuperables, van a realizar tareas’.” A mediados del ’79, uno de sus compañeros se iba a Venezuela. En la ESMA se hizo una despedida en la que estuvo Emilio Massera: “Hizo un discurso diciendo que vamos a estar en el mismo lugar, juntos, y que podíamos compartir otras cosas, que eso que estábamos viviendo era nada más que una circunstancia”.

En el alegato de la fiscalía de Alejandro Alagia, en el circuito integrado por los centros clandestinos del Banco-Atlético-Olimpo se encuadraron las visitas que muchos prisioneros hicieron a sus familiares como otra de las dimensiones del terror. Un modo de paralizar a las familias, alentar la falsa posibilidad del regreso, evitar las denuncias, someter a esos grupos de familiares al encierro.

“Al principio eran conversaciones telefónicas”, explicó Miguel sobre sus propias visitas. “Primero cada quince días, después me llevaban una o dos horas; el primer día me lleva Ricardo Miguel Cavallo, que evidentemente queda a mi cargo”, dijo pronunciando la doble elle con “y” como si buscara acentuar la idea del “cabayo”.

En el ’79 se enteró de la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. “Estábamos informados porque leíamos todos los diarios y revistas; fue un momento de gran conmoción porque no sabíamos cuál iba a ser la decisión sobre nosotros: una de las variables era que nos mataran.”

Los marinos llevaron a un grupo de prisioneros a la isla El Silencio de el Tigre, que había sido de la Curia. En marzo de 1980 fue liberado. Ricardo Cavallo se lo dijo poco antes: “Mirá, mañana te vas de alta”. Pero, dijo, “tuve que seguir teniendo llamadas y teniendo reuniones incluso una vez. Hasta que en un momento, al año y medio, me fui a vivir a Salta”, dijo.
 
Walsh
Alguna vez dentro de la ESMA escuchó en el sótano un comentario como al paso: “Walsh, el escritor que tiramos a la parrilla”. Evidentemente, explicó, querían decir que lo habían cremado, aunque nunca tuvo más datos. ¿Cavallo?, preguntó en un momento, ante una pregunta de uno de los integrantes del Tribunal. “Físicamente estaba mucho más flaco”, dijo y cabeceó con la cabeza hacia delante. Ahí enfrente, estaba ese mismo hombre frió y duro, al que había descripto una y otra vez. “¿A quién se refiere con el gesto?”, insistieron en el Tribunal. “Al señor que está entre los dos abogados, usaba bigotes y de vez en cuando también usaba anteojos”.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Denuncian violaciones en la ESMA

Un sobreviviente del centro de detención acusó en el juicio al represor Ricardo Cavallo de violar y abusar de las prisioneras.

Buenos Aires  Un sobreviviente de la ESMA denunció hoy la "violación sistemática" y el "abuso sexual" de prisioneras y acusó por uno de esos casos al represor Ricardo Miguel Cavallo, alias Marcelo.
Cavallo fue el único de los represores que estuvo presente en la audiencia de ayer del juicio por los crímenes cometidos en ese centro clandestino durante la dictadura militar.
"A las compañeras secuestradas en la ESMA les costó mencionar públicamente esta situación, pero sé que luego de 30 años se han animado a contarlo ante los estrados judiciales", remarcó Ángel Strazzeri.
Al respecto, sostuvo que "la metodología utilizada por los oficiales era sacarlas del campo de concentración para concretar el abuso".
Strazzeri dio cuenta del caso de una secuestrada a la que habían alojado cerca suyo en el sector conocido como "Capucha", a quien identificó como "Mariana". "Siempre me llamó la atención lo retraída que era. Después, con los años y con la información que circulaba, pude saber que había sido violada y que el oficial Cavallo había abusado de ella en la pecera".
Además, mencionó el caso de una pareja de ciudadanos uruguayos, a quienes conoció como "Teresa y José", para dar cuenta de las sucesivas violaciones a las que era sometida la mujer por parte de los guardias más jóvenes. Este caso ya había sido mencionado por otros testigos durante el juicio.
Antes, la testigo Ana María Soffiantini brindó un valioso aporte para la acusación, al ratificar haber visto en el sótano de la ESMA a las monjas francesas Alice Domon y Leonie Duquet.     

jueves, 9 de septiembre de 2010

Testimonió Adriana Marcus, sobreviviente de la ESMA

Surrealismo y perversión
El trabajo esclavo en la ESMA. Las salidas a comer. Un viaje a México con dos represores. Los pequeños gestos de resistencia, como hacer menos audibles o modificar escuchas telefónicas que les hacían desgrabar.
    
 Por Alejandra Dandan

“Surrealismo”, “condiciones fuera de lo normal”, pronunció en la audiencia. Todo estaba ahí dentro, en la Escuela de Mecánica de la Armada. Eran surrealistas, dijo, las rosas negras que el Tigre Acosta mandó una madrugada a la casa de su madre. Fue surrealista subirse en un avión y hospedarse en un hotel pituco de México con dos represores. Fue extraño ver la cara del portero de Mau Mau cuando saludó a Jorge “Tigre” Acosta como al dueño de casa, o pensar que así como otras secuestradas pintaban con lápiz labial las puertas de un baño del Globo para rebelarse, ella pedía calamaretis fritos porque era el plato más caro. Seguir siendo secuestrada a pesar de la falta de grilletes. O seguir sintiendo la presencia de Ricardo Cavallo cuando su tiempo en la ESMA terminó.

Adriana Marcus habló casi tres horas en la audiencia de ayer del juicio por los crímenes de la ESMA. Frente a ella, a unos cinco metros, estaba sentado Ricardo Cavallo con su computadora personal y sus dos abogados. Cavallo, “Marcelo” en el centro clandestino, parecía un joven profesional que podría haber pasado por estudiante de cualquier carrera. Cavallo fue su último guardia personal.

A Adriana la secuestraron el 26 de agosto de 1978; tenía 22 años, hacía el quinto año de Medicina, trabajaba de enfermera en el Hospital Finochietto por la tarde y por la mañana en el Castex. Cuando iba a poner la llave en la cerradura de su departamento, la puerta se abrió. “Adentro estaba oscuro, sentí un grito –dijo–. Después me di cuenta de que había sido yo.” Le pusieron esposas, una venda, y la tiraron en la parte de atrás de un auto. En la ESMA, sobre un camastro de metal, con el cuerpo desnudo, brazos y piernas abiertas, “me revisaron todos los orificios posibles en busca de una presunta pastilla de cianuro”. La manosearon, la toquetearon, le pellizcaron los pezones amenazándola, preguntándole por personas que supuestamente conocía.

Pasó dos meses en el suelo de gomaespuma de Capuchita. La hicieron bajar varias veces. Verónica Freier, su compañera de celda, estaba segura de que la iban a matar. Le dijo que si a ella le daban alguna tarea, había que aceptarla porque tenía que salvarse para poder contar lo que estaba pasando: “A mí me parecía un horror –dijo Adriana–. Pero me decía que ella era del Partido Obrero y entonces no tenía posibilidad de sobrevivir y que nosotros hiciéramos todo lo posible para sobrevivir”.

El 15 de septiembre la dejaron hablar con su familia. La pasaron a Capucha y luego a un “camarote”, un cuarto con tres camas, una arriba de la otra. Un día llegó la tarea: la llamaron para preguntarle si podía traducir al alemán un dossier sobre la formación de las distintas organizaciones políticas y militares en la Argentina. Les dijo que sí, pidió un diccionario, no tenían, y ella les pidió permiso para consultar las dudas por teléfono con su padre.

La traducción la hacía en el Dorado, donde había una fotocopiadora y compartía una mesa de trabajo con Cristina, otra detenida. Además desgrababan escuchas telefónicas “poco audibles, a las que hacíamos menos audibles todavía”. Omitieron datos o transcribieron fragmentos insignificantes. Un día la llevaron a la “huevera”, una habitación tapizada de envases de huevo para disminuir el ruido. Hicieron que se vistiera bien, que se diera vuelta y mirara a un punto fijo. Los represores Emilio Massera y Armando Lambruschini estaban haciendo el cambio de mando, dijo ella, y probablemente reconociendo lo que había.

“Ocurrían cosas extrañas”, dijo Adriana cuando la idea de lo surrealista se apoderó de la declaración. Los llevaron a una quinta en Del Viso, en una suerte de paseo de amigos, donde convivían represores y víctimas.

“A ver, subversivas –les dijeron una vez–. ¡Vístanse de mujeres!” Y ellas no sabían si tenían que vestirse para un vuelo de la muerte. La llevaron a cenar al Globo con un algunos compañeros, varones y mujeres. “Era muy difícil sostener esa situación –explicó– porque se armaban debates en los que sentías que nos estaban probando para ver si pisábamos el palito, que San Agustín, que Ortega y Gasset, que el rol de las mujeres, que el feminismo.” “Nosotras –añadió– tratábamos de intervenir lo menos posible; tampoco quedarnos calladas: era estar en el filo de la navaja entre no traicionarnos y tampoco abrir un debate para quedarnos en inferioridad y que nos volviesen a meter en Capuchita.”

Otra noche la llevaron a Mau Mau. “Sé que estaba Astiz y era muy desagradable porque, si bien no teníamos las capuchas, estábamos presas, y había que estar.”

“Acosta nos dijo que se habían equivocado con nosotras –contó–, que nos tenían que haber matado porque íbamos a ser tan hijas de puta de acusarlos en alguno de los Nüremberg, pero nos aseguró que para entonces, él iba a estar muy lejos, que se iba a ir Sudáfrica.” Lenta. Calmada. Después de pedir un vaso de agua al tribunal, Adriana continuaba hablando, incluso sobre la posibilidad de ese juicio que les parecía tan lejano. “Teníamos la sensación de que ese estado de cosas eran para siempre, que no iban a terminar.”

El 24 de abril de 1979 entró en un período de trabajo forzado en un departamento de Jaramillo y Zapiola en el que funcionaba una oficina de prensa al servicio del proyecto político de Massera, donde clasificaban información. En el garaje había una biblioteca donde habían puesto, “evidentemente”, los libros que se habían robado de la casa de los secuestrados. Ellos poco a poco los fueron “recuperando”.

Adriana hizo un viaje a México con Adolfo Miguel Donda y Alberto Eduardo “el Gato” González. Le dieron un pasaporte falso. “No sé qué iban a hacer; tal vez el ser tres les era más creíble que ser dos hombres solos.” Una primera idea era que iban porque estaba Jaime Dri. Con alguna de sus compañeras, Adriana pensó que quizás iban a ir a buscarlo para mostrarlo como trofeo en la ESMA. Una noche entró en su cuarto el Gato con un intento de empezar un manoseo. “Se ligó un rodillazo y se fue a las puteadas; evidentemente no había conciencia del costo que podría tener, pero no lo tuvo.”

En el DF fueron a la iglesia, a comer, vieron El huevo de la serpiente en el cine, anduvieron en el metro y, por el parque de la Universidad Autónoma, Donda le dijo que tenía un hermano que era “subversivo” como ellos, que no había podido hacer nada por él, pero que había “salvado” a su sobrina. (Donda se quedó con la hija mayor de su hermano. La menor, Victoria Donda, nació en la ESMA y fue apropiada luego de la desaparición de sus padres.)

El padre de Adriana pidió por ella en el Ministerio del Interior, en la Embajada de Israel y, como son alemanes, en la Embajada de Alemania. El cónsul o embajador lo puso en contacto con alguien que tiempo después reconocieron como Carlos Españadero, del Servicio de Inteligencia del Ejército. Lejos de ser alguien dispuesto a ayudar, a su padre le pareció que buscaba información. Tiempo después, la embajada aseguró ante el colectivo de exiliados y familiares que le habían salvado la vida. Adriana le dijo al responsable de ese momento que no era así, que más bien había habido complicidad.

viernes, 6 de agosto de 2010

“Hay microfilms de 4700 secuestrados”


 HECTOR COQUET, SOBREVIVIENTE DE LA ESMA, ASEGURO QUE EL TIGRE ACOSTA TENDRIA GUARDADO UN ARCHIVO

El ex detenido-desaparecido aseguró que hubo tres copias de un archivo con legajos de los secuestrados que pasaron por ese centro clandestino que se entregaron a los jerarcas de la Armada. Coquet enfrentó al represor Cavallo y lo calificó de “cerdo torturador”.
    
El represor Jorge “Tigre” Acosta, quien fuera jefe de inteligencia de la ESMA, tendría guardado un archivo completo de microfilms con los legajos de alrededor de 4700 personas que pasaron por ese centro clandestino de detención durante la dictadura. Así lo aseguró ayer Ricardo Héctor Coquet, uno de los sobrevivientes de la ESMA, en el juicio oral en el que están acusados dieciocho represores. El ex detenido-desaparecido declaró que hubo tres copias de esos archivos que fueron repartidas entre las máximas autoridades de la Armada, antes de que fueran destruidos los originales. En otro tramo de su testimonio, Coquet enfrentó al represor Ricardo Miguel Cavallo, a quien le exigió que levantara la vista de la laptop. “Lo veo a este cerdo de Cavallo y recuerdo a las embarazadas llegando encapuchadas, engrilladas, que pasaban desnudas hacia los vuelos de la muerte y no es fácil verlo tan prolijito, porque también es un torturador”, exclamó cuando el presidente del Tribunal, Daniel Obligado, lo llamó al orden.

La declaración de cinco horas de Coquet ante el Tribunal Oral Federal 5 fue contundente: presenció cómo las carpetas con los legajos y las fotos de los más de 4700 detenidos que eran trasladados en los vuelos de la muerte fueron microfilmadas, luego destruidas y las copias de los films repartidas entre el ex jefe de la ESMA, el fallecido almirante Rubén Chamorro y el ex dictador Emilio Eduardo Massera, hoy inimputable. La tercera copia fue entregada a uno de los principales acusados por los crímenes cometidos en ese centro de detención, el capitán Jorge “Tigre” Acosta.

El testigo estuvo alojado en la ESMA hasta diciembre de 1978, luego de que el 10 de marzo de 1977 fuera detenido y secuestrado en la calle Medrano y el pasaje Lezica, en el barrio de Almagro. Militante de la JP en la Facultad de Medicina y carpintero de oficio, logró sobrevivir durante su cautiverio falsificando originales de cédulas de identidad, títulos de propiedad, pasaportes y documentos de la Policía Federal y carnets, por orden de los represores. Ante Página/12, Coquet recordó cómo sus captores le preguntaron si podía confeccionar “organigramas”, para ordenar la actividad de los grupos de tareas. “Luego la tarea se empezó a sofisticar”, señaló en referencia al momento en el que Massera compró una máquina de última generación para poder imprimir a color los documentos que falsificaban, y que estaba en el edificio Libertad perteneciente a la Armada. También aseguró haber falsificado un carnet del Jockey Club con el cual fueron retirados de un haras de Chacras de Coria en Mendoza los caballos de carrera que pertenecían a los empresarios Gutheim, por cuyo secuestro está hoy detenido el ex ministro de Economía de la dictadura José Alfredo Martínez de Hoz.

Coquet sorprendió al Tribunal al presentar también pruebas concretas de su pasaje por la ESMA. Llevó una carterita de cuero que era fabricada por los detenidos, que contenía un compartimiento oculto que posibilitaba transportar la documentación falsificada que les permitía a los represores adulterar su identidad en el exterior, en caso de que fueran identificados por algunas de sus víctimas en el exilio. De ese compartimiento Coquet extrajo dos cédulas de identidad de aquella época falsificadas en la ESMA. Ante este diario, Coquet rememoró cuando a fines de 1978, junto con otro de los detenidos, Miguel Angel Lauletta (también del área de documentación), recibió la orden de microfilmar “los casos mil”, que supuestamente eran de sobrevivientes que habían sido liberados. Más tarde se enterarían de que las carpetas celestes en las que se guardaban las fotos y las planillas de ingreso de los detenidos pertenecían a los que fueron asesinados en los vuelos de la muerte. “El Tigre Acosta trajo una máquina destructora de documentos y le hizo microfilmar a Miguel Angel. Yo luego tenía que destruir las carpetas”, recordó. “Si Acosta se enteraba de que yo también presencié cómo se filmaban, me hubiera matado”, aseguró.

El testimonio de Coquet fue de extrema relevancia, ya que además reveló que, por órdenes del entonces prefecto Héctor Febres, fue el encargado de confeccionar la bandera de tela de Montoneros, que apareció por detrás en la foto con las monjas francesas Leónie Duquet y Alice Domon, con la que los represores intentaron simular que las religiosas habían sido secuestradas por esa organización. También contó que el ex oficial Ernesto Weber, durante una de sus guardias, le confesó: “Lo bajamos a Walsh”, en alusión al asesinato del periodista por un grupo de tareas.

En la misma jornada, también declaró el ex guardiamarina de la Infantería de Marina Julio César Urien, quien fuera compañero de camada de los represores Ricardo Cavallo, Adolfo Scilingo y Alfredo Astiz.

Urien permaneció ocho años detenido en una unidad del Ejército en La Plata y en la cárcel de Olmos y estuvo varias veces al borde de ser fusilado. Urien participó de un alzamiento de una unidad de la Armada (el batallón 2 de Infantería de Marina) que funcionó en la ESMA, ocurrido el 16 de noviembre de 1972, en oportunidad del fallido regreso de Juan Domingo Perón al país.

Informe: Gabriel Morini.

jueves, 11 de marzo de 2010

Cavallo seguirá preso: la Cámara Federal rechazó un planteo del represor

El tribunal desestimó un recurso del ex marino, por el que cuestionaba el tiempo que lleva detenido sin condena, lo que vulneraría la garantía del “plazo razonable”. Está procesado con prisión preventiva por imposición de tormentos, privación ilegal de la libertad y tormentos seguidos de muerte en ese centro clandestino de detención.

El tribunal de apelaciones ratificó la decisión del juez de la causa, Sergio Torres, quien había rechazado la excarcelación del represor solicitada por su defensa en base al tiempo que ya lleva detenido sin sentencia firme y que sobrepasaría el "plazo razonable" previsto por ley, según la resolución difundida hoy.

Cavallo está procesado con prisión preventiva en la megacausa ESMA, y espera ir a juicio oral por imposición de tormentos, privación ilegal de la libertad, tormentos seguidos de muerte y privación ilegal de la libertad con resultado de muerte.

En la resolución, se confirmó la decisión del juez de mantenerlo detenido ante el "peligro procesal" que implicaría su liberación, teniendo en cuenta que el ex marino Cavallo estuvo prófugo de la Justicia y fue extraditado.

"No se vislumbran circunstancias concretas que derriben el peligro procesal advertido sino por el contrario, existen múltiples indicadores que, lejos de aventar la presunción señalada, la robustecen", consideraron los camaristas.

Además entendieron que Cavallo será juzgado por "delitos particularmente graves" que prevén las "máximas penas del Código Penal".

Los camaristas Martin Irurzun y, Eduardo Farah entendieron también que hay "riesgo de entorpecimiento de la investigación" con Cavallo en libertad y recordaron su accionar en la ESMA bajo distintos seudónimos y sus intentos por eludir a la Justicia cuando fue descubierto viviendo en México.

El ex marino fue detenido el 24 de agosto del 2000 en ese país tras ser reconocido por el sobreviviente Víctor Basterra y en principio se lo extradito a España para ser juzgado por delitos de lesa humanidad.

Luego, el 13 de marzo de 2008, llego extraditado a la Argentina para quedar a disposición del juez de la megacausa ESMA Sergio Torres, quien entre otros hechos lo proceso por el secuestro y desaparición de la joven sueca Dagmar Hagelin.

jueves, 14 de enero de 2010

¡¡Basta de arrestos domicialiarios!! - BOLETIN AEDD - 627



14 de enero de 2010



Gacetilla de Prensa


Hoy 14 de enero se reanudó la audiencia oral en la causa ESMA, donde se está juzgando por crímenes de lesa humanidad a Jorge Eduardo Acosta, Alfredo Ignacio Astiz, Juan Antonio Azic, Carlos Capdevilla, Ricardo Miguel Cavallo, Julio César Coronel, Adolfo Donda, Juan Carlos Fotea, Manuel García Tallada, Pablo García Velazco, Alberto González, Oscar Montes, Antonio Pernías, Jorge Radice, Juan Carlos Rolón, Raúl Scheller y Ernesto Weber.


Se discutió la situación de algunos de los represores que se encuentran gozando de detención domiciliaria y sus traslados al tribunal de juicio, cosa que ocurre en la más absoluta libertad y sin control alguno.


Desde la querella que encabeza Patricia Walsh y otros organismos de derechos humanos que integramos el colectivo Justicia Ya!, expusimos nuestra posición contraria a que los responsables de los crímenes más aberrantes de la historia nacional después de decenas de años de impunidad sean otra vez beneficiados con la posibilidad de estar en sus casas.


Exigimos que se los traslade a una cárcel común, sin beneficios, y para ello se recordó la situación de Julio López que continúa desaparecido por testimoniar un juicio de este tipo y el envenenamiento que sufrió el prefecto Héctor Febrés producto de las condiciones de detención sin control alguno, juicio que, también recordamos, tramitó ante este mismo tribunal.


Esto motivó un silbido del público ubicado en el sector donde se sientan los familiares y allegados a los genocidas.


Tanto la Fiscalía como las otras querellas reclamaron que los traslados sean ejercidos por el Servicio Penitenciario Federal.


Como siempre, seguiremos reclamando la cárcel común, efectiva y perpetua para todos los genocidas por todos los compañeros!


Se continuó con la lectura del requerimiento fiscal de elevación a juicio por el caso de las víctimas de la Iglesia de la Santa Cruz.


A las 14.00 horas se llamò a un cuarto intermedio hasta el día 27 de enero próximo a las 10.00 horas


30.000 COMPAÑEROS DETENIDOS DESAPARECIDOS: ¡PRESENTES!






Contactos de Prensa: - Dra. Elea Peliche (AEDD), 15 5 428 7881 -- Dra. Myriam Bregman (CeProDH), 15 4 170 2398 - Dra. Liliana Mazea (FIDELA), 15 5 816 9178-Sra.Patricia Walsh ( querellante) 15 6 521 4621


Justicia YA! Buenos Aires


Justicia YA! Buenos Aires está integrado por Asociación Anahí, Abogados Laboralistas de Izquierda (ALI), Asociación de Ex Detenidos-Desaparec idos; Asociación de Profesionales en Lucha (APEL); Centro de Abogados por los Derechos Humanos (CADHU); Centro de Profesionales por los Derechos Humanos (CeProDH); Comisión de Homenaje a los Desaparecidos y Mártires Populares; Comité de Acción Jurídica (CAJ); Comité de Defensa de la Etica, la Salud y los Derechos Humanos (CODESEDH); Comisión de DDHH de Uruguayos en Argentina; Comisión de DDHH del Partido Comunista; Comisión por los DDHH de Trenque Lauquen; Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional (CORREPI); Fundación Investigación y Defensa Legal Argentina (FIDELA); H.I.J.O.S. Regional Oeste; Instituto de Relaciones Ecuménicas; Liberpueblo; Liga Argentina por los Derechos del Hombre (LADH); Vecinos de San Cristóbal contra la Impunidad.