lunes, 18 de marzo de 2013

El testimonio de Liliana Chiernajowsky en el juicio por los crímenes en la ESMA

La insoportable imagen de los vuelos

Ante los jueces, Chiernajowsky reconstruyó los últimos días de su hermano Miguel en la ESMA, luego víctima de los vuelos de la muerte. Pidió “ahondar en las responsabilidades” de quienes condujeron el plan de exterminio y “quienes condujeron los aviones”.

 Por Alejandra Dandan

Hay una cosa entre todas que Liliana Chiernajowsky intentó decirle al Tribunal. “No quería conocer los detalles de la desaparición de mi hermano Miguel, me resultaba insoportable la imagen que mejor representaba el exterminio y que mi madre repetía como una letanía: ‘a tu hermano lo tiraron vivo al mar’. Me llevó años querer saber aquello a lo que yo no me quería aproximar y que había tomado el alma de mi madre, hasta hacerla enloquecer”, les dijo a los jueces. “Pero desde hace años el tema vuelos me importa sobremanera. Valoro estos juicios, que son ejemplares y reparatorios para cada uno de nosotros, para la sociedad y la humanidad. Y por eso ya ganaron un lugar trascendente en la historia”, dijo. “Pero es preciso ahondar en las responsabilidades de quienes tuvieron la conducción del plan de exterminio y quienes condujeron los aviones, hasta quienes estudiaron las coordenadas previstas para arrojar su luctuosa carga al mar.”

Liliana declaró en la causa unificada por los crímenes cometidos durante la dictadura en la Escuela de Mecánica de la Armada, donde uno de los casos abarcados es el de su hermano. “Es preciso que este tribunal ordene que se profundice y acelere la investigación: como querellante representada por Pablo Llonto solicité en el juzgado de instrucción a cargo de Sergio Torres que se impute a los máximos responsables de la Aviación Naval y la Aviación de Prefectura y que se cite a declarar a todos los conscriptos que hicieron su servicio militar en esas reparticiones.”

“Mi nombre es Mirta Liliana Chiernajowsky, hermana de Miguel Ricardo”, dijo al empezar. “Soy licenciada en Ciencias de la Comunicación. Fui detenida política durante siete años, seis de los cuales estuve a disposición del Poder Ejecutivo Nacional. Cuando recuperé la libertad en 1981, todavía no había finalizado la dictadura militar pero la enorme tragedia en la vida social y personal que significó el genocidio de mi generación ya casi había sido perpetrada. Aunque todavía faltaban los crímenes de Malvinas, que afectaron a otra generación.”

Ella todavía sigue reconstruyendo la estadía de su hermano en la ESMA. Lo hace entre los integrantes del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), en entrevistas con sobrevivientes o en las audiencias del juicio que terminó hace poco más de un año. Miguel viajó de Comodoro Rivadavia a Buenos Aires cuando terminó el secundario y se integró a Montoneros antes del golpe. El día del secuestro también cayó uno de sus compañeros, Rolando Jeckel. Liliana recogió en estos últimos años tres testimonios que los ubican juntos dentro del centro clandestino de la Armada; por esos testimonios ella supo además que pudieron haber caído en el mismo operativo.

A Miguel lo vieron Miguel Lauletta, Daniel Lastra y Marta Alvarez, “a quienes agradezco su testimonio”, dijo ella. Llegó a Lauletta cuando Maco Somigliana del EAAF le dijo que él había visto en el baño de la ESMA a un chico delgado, rubio y con una tonada indefinible, ni porteña ni del norte, que podría ser su hermano. Liliana le mostró fotos a Lauletta. Lauletta lo reconoció y declaró en el juzgado de Torres el 25 de septiembre de 2009. En ese momento, supo además que ese día, en el baño, había otro prisionero con el que podría hablar, pero no supo que ese prisionero, Daniel Lastra, no había vuelto a decir nada de su estadía en la ESMA durante más de treinta años. Durante su declaración, también le hizo un homenaje.

“Lastra fue el segundo sobreviviente que me ayudó a reconstruir la estadía de Miguel en la ESMA”, dijo. “Cuando lo llamé por teléfono me dijo que no había hablado prácticamente con nadie sobre su permanencia en la ESMA durante más de 30 años. Me comentó que siempre había pensado que lo iban a llamar a declarar por uno de los compañeros que cayó con él y murió en la tortura –se refería a Martín, sobrenombre de Carlos Chipolini–. La conversación se prolongó por más de una hora, estaba muy conmovido. Al finalizar le pedí si podía pasar por el juzgado para dejar un testimonio adelantado. Me dijo que lo pensaría, que era algo que debía consultar con su familia. Me llamó a la semana y confirmó que lo haría porque recordaba muy bien a ese chico y no testimoniar sería como desaparecerlo dos veces.” Daniel Lastra declaró en el juzgado de Torres el 27 de noviembre de 2009, también habló sobre otros desaparecidos, como Chipolini y Ricardo Pedro Sáenz, reconocido como “El Topo”. “A los pocos meses supe que había fallecido repentinamente de un paro cardíaco. Quiero dejar constancia pública de mi consideración y agradecimiento a él y a su familia. También a todos los sobrevivientes, sin cuyo testimonio estos juicios no hubiesen sido posibles.”

Lastra vio a Miguel dos veces. Una, en el baño cuando un “verde”, uno de los guardias apodado Manzanita, llevó a un grupo de prisioneros. Vio en el espejo a un chico acuclillado en el inodoro. Le preguntó cómo había llegado a la ESMA y Miguel le dijo que había caído con Rolando Jeckel. “Esa fue la única vez que conversó con él y lo vio sin capucha; en otra ocasión lo vio por la mirilla cuando lo llevaban al baño. Lastra calculó que uno o dos miércoles después lo trasladaron, sería a fines de marzo o principios de abril. Estuvo muy poco tiempo en la ESMA.”

Liliana entendió que Marta Alvarez también podría haber visto a su hermano cuando la escuchó declarar en el juicio oral que terminó hace más de un año. Marta le confirmó que lo había visto con Rolando Jeckel en la avenida de la Felicidad; lo describió como un chico joven, flaco, alto. “Esto es lo que sé sobre los últimos días de mi hermano, pero no quiero terminar esta declaración sin referirme a la forma en que sabemos que asesinaron a Miguel y a tantos miles: quiero referirme brevemente a los llamados Vuelos de la Muerte”, explicó.

Los vuelos

Cuando escuchó el testimonio de Alicia Milia de Pirles, Liliana se quedó “estupefacta”, dijo. “Ella contó que hablaba a menudo con Alfredo Astiz y un día se animó a preguntarle por los centros de recuperación vinculados a los traslados. Fue entonces que el imputado le dio una explicación acabada de la solución final: ‘el mar nos ayuda, porque el río los había devuelto, pero en cambio el mar es duro, cuando los cuerpos caen se desnucan. Luego las orcas hacen lo suyo’. La testigo contó que ella preguntó por las orcas y el marino se puso a darle una clase. Esa fue para mí una de las más reveladoras referencias a lo siniestro, aquello a lo que yo no me quería aproximar y que había tomado el alma de mi madre, hasta hacerla enloquecer.”

En ese momento, Liliana, frente al Tribunal, habló de los vuelos, de lo que le costó empezar a pensarlos y de lo que todavía queda pendiente en la investigación. Pero también de lo que significa en términos personales y colectivos la idea de una justicia. “Señor presidente”, le dijo al juez Daniel Obligado. “Voy a decir algo políticamente incorrecto. Cuando salí de la cárcel, a los 29 años, no busqué justicia, no creía en la Justicia. Y no por haber estado siete años presa por una causa menor, de los cuales seis fueron a disposición del PEN, es decir de la suprema voluntad de los militares que también habían asesinado a mi hermano. No fue por eso que no creía en la Justicia, sino porque pertenezco a una generación que vivió en un país sin justicia, sin respeto al Estado de derecho, con golpes de Estado permanentes y la proscripción de la mayoría política y electoral, condiciones hoy inimaginables para nosotros. Como todos los jóvenes de mi generación no tuve la oportunidad de formarme en una cultura democrática. Creímos en la violencia revolucionaria en un país y un contexto donde la violencia y la violación de la ley eran el aire que respirábamos.”

A las nueve de la noche del 18 de marzo de 1977 la compañera de Miguel, María Luz Vega, cayó en una emboscada del grupo de tareas. Liliana contó algunos detalles durante la audiencia, a partir de una reconstrucción que pudo hacer en diálogo con algunos de los vecinos, datos claves hoy para la causa porque hay poca información. “Los impactos de bala aún pueden encontrarse en un mármol negro a la altura de Santo Tomé al 2983”, dijo. “La mayoría la vio tirada en el piso después de ser atravesada por fuego cruzado y observó cuando la colocaron en el baúl de un Ford Falcon. María Luz Vega tenía 18 años, está desaparecida, su cadáver nunca apareció.”

viernes, 15 de marzo de 2013

Las fotos probatorias de la isla ignorada

Vista posterior de la casa de la Isla El Silencio, en el Tigre en la actualidad. Lugar donde fueron llevados los desaparecidos mantenidos en cautiverio para ser escondidos ante la visita de la CIDH en 1979.
Fue, entre otras, presentada por la querella "Walsh-Lordkipanidse" ante el Tribunal que juzga los delitos cometidos en la causa ESMA III.
Se solicitó inspeccion ocular y preservación del predio para que no sea modificado.

Elementos probatorios aportados por Carlos Lordkipanidse

Vista de la "casa chica" de la Isla El Silencio donde estuvieron los desaparecidos en situacion de "capucha".
Esta foto tambien fue presentada como prueba.
Resulta increíble la falta de voluntad del Estado que fuerza a las víctimas a buscar por sus propios medios la pruebas necesarias para condenar a los genocidas.
En este lugar infecto fueron mantenidas una importante cantidad de compañeros/as durante mas de un mes en condiciones infrahumanas.

jueves, 14 de marzo de 2013

Segunda parte declaración Carlos Lordinpanidse e inicio de Patricia Walsh

“Fue su testamento político”
La hija de Rodolfo Walsh habló de la Carta Abierta de su padre a la Junta Militar. También se refirió al campo de deportes de la ESMA, donde cree que pudo ser cremado el escritor y periodista. Mostró que allí se hacen campeonatos de fútbol llamados Copa Cablevisión.

 Por Alejandra Dandan
Patricia Walsh mostró con fotos que en el campo de deportes de la ESMA se realizan torneos de fútbol.

Hacía una hora que había comenzado el testimonio de Patricia Walsh. La fiscalía le había preguntado por las fuentes con las que su padre escribió la Carta Abierta a la Junta Militar. “No entiendo por qué se ríen en la sala”, dijo de pronto mirando a los integrantes del tribunal Oral Federal 5. “Lo digo por un grupo de abogados defensores”, explicó. El presidente del tribunal intentó componer las cosas, indicó que probablemente no era por ella, pero les recomendó a los defensores compostura. Casi en ese momento, las comunicaciones que entraban vía Twitter a la sala acercaban el dato del papado de Jorge Bergoglio. Entre el eco de las risas, podían oírse comentarios sobre las veces en que el ahora papa fue convocado por los testigos en este juicio a dar explicaciones por dos sacerdotes de su congregación detenidos en la ESMA.

Patricia Walsh declaró después de Carlos Lordkipanidse. Ninguno contó todo lo que ya contó en otros juicios porque esos testimonios se dan por sabidos. En ese contexto, lo que aparece son otros huecos de memoria, nombres que disparan imágenes hasta ahora no revisadas y acusados recreados en nuevas escenas porque ahora sí son “acusados” en un juicio. Esto mismo dijo Lordkipanidse ante preguntas en ocasiones molestas y chicaneras de la defensa oficial; y despiadadas de los abogados privados: “¿Le quedaron marcas a su hijo después de la tortura?”, preguntó el defensor Guillermo Jesús Fanego, voz cantante de los marinos.

Los fiscales le preguntaron a Patricia Walsh sobre las fuentes en que su padre se basó para escribir la carta a la Junta Militar. “La Carta Abierta en mi opinión es el texto más brillante y lúcido de mi padre Rodolfo Jorge Walsh”, dijo. “Estuvo trabajando los tres últimos meses de su vida, lo supe porque él mismo me lo contó. Mi padre, que había hecho la investigación de los fusilamientos clandestinos en José León Suárez en los años ’50, llamó a esa investigación Operación Masacre y cuando ocurrió lo que fue pasando en 1976, nos decía y me decía a mí que lo que estaba ocurriendo era una gran masacre. Cuando escribe sabía que era posible que le costara la vida, pero si lo hacía lo que no iban a poder quitarle era dar testimonio de ese momento.” Da las primeras cifras de muertos, de presos, desaparecidos, dijo. “Y si bien esas cifras se incrementaron luego, lo cierto es que en marzo del ’77 sentía la obligación moral de escribir esa carta y siempre entendí que era su testamento político.”

Un eje del testimonio fue el campo de deportes de la ESMA, todavía ocupado por la Marina. Patricia llevó fotos para mostrar que se juegan campeonatos de fútbol llamados Copa Cablevisión. En ese lugar cree que pudo haber sido cremado su padre y otros desaparecidos. En ese sentido, recordó que su hija María Eva Fuentes le habló del rol de un ex teniente de la ESMA al que los marinos pedían combustible cuando moría un secuestrado en un momento de la semana en el que no estaban previstos los vuelos de la muerte. “Si había alguna víctima que llegaba herida y moría en la ESMA –dijo– hacían lo que ellos llamaban como ‘el asadito’: solicitaban al teniente Vaca (el civil Gonzalo Torres de Tolosa), encargado de los automotores, combustible, cubiertas en desuso, para llevarlas a ese lugar llamado Campo de Deportes de la ESMA y se deshacían de los cuerpos porque no tenían, digamos, una tecnología alternativa.”

Con las fotos en la pantalla dijo dos cosas. Mostró una cruz al costado del predio. Explicó que la cruz antes estaba en la ESMA y alguien la trasladó en el contexto de la expropiación. Se preguntó quién y qué significa el lugar donde está ahora. Y pidió al tribunal lo que viene pidiendo hace tiempo: una medida de no innovar en un lugar “que ni siquiera está señalizado”. La fiscalía acompañó el pedido.

miércoles, 13 de marzo de 2013

La historia sin fin de la ESMA

La Armada mantiene el campo de deportes. Denuncias por restos humanos.

Sobrevivientes de la ESMA le pidieron a la Justicia que dispusiera medidas para “preservar y dar con nuevas pruebas que permitan identificar los restos humanos” que pudieran aún ser encontrados en el campo de deportes del ex centro clandestino.

 Por Adriana Meyer

Aunque el predio de la ex Escuela de Mecánica (ESMA) fue recuperado y convertido en el Espacio para la Memoria, el campo de deportes quedó en manos de la Armada. Allí se habrían quemado cuerpos de detenidos durante la dictadura, según confesaron varios represores y declararon algunos sobrevivientes de ese centro clandestino. Por ese motivo, la hija de uno de ellos solicitó a la Justicia que dispusiera medidas para “preservar y dar con nuevas pruebas que permitan identificar los restos humanos” que pudieran aún ser encontrados. Además, denunció que no se está cumpliendo la medida de no innovar dictada por el juez federal Sergio Torres en la causa ESMA, porque en esos terrenos fueron construidas “dos nuevas canchas de rugby”. Laura Villaflor sospecha que su padre pudo haber sido víctima de lo que los marinos denominaban “el asadito”, al referirse a la incineración de cuerpos que no podían, por diversas circunstancias, hacer desaparecer en los “vuelos de la muerte”.

Cuando en septiembre de 2007 la ESMA quedó vacía de marinos y sus pertenencias, los gobiernos nacional y porteño crearon un ente interjurisdiccional denominado “Espacio para la Memoria y para la promoción y defensa de los derechos humanos”. Todo el predio fue restituido a la ciudad de Buenos Aires, a excepción del campo de deportes, situado entre la Avenida Lugones y el Río de la Plata, que sigue en manos de la Armada.

No hay un puente, es un camino que sale de la parte de atrás del ex Casino de Oficiales, pasa por el costado de la Escuela Raggio, sigue por debajo de la General Paz y lleva directo al campo. En una recorrida realizada el sábado, los sobrevivientes y este diario comprobaron que en el Campo de Deportes cabo primero Ernesto del Monte se juegan los partidos de La Corpo, torneo de fútbol interempresarial, donde sus miembros se “distienden” y reemplazan “las responsabilidades de la vida cotidiana por un pantalón corto, pasto verde y una pelota”, según dicen en su sitio web. También practica ese deporte el equipo masculino de la Universidad Católica Argentina, y el Colegio Manuel Belgrano disputa su torneo de papi fútbol. Las flamantes canchas de rugby son utilizadas por la Universidad del Salvador y por Fiuba Rugby. Para que el disfrute sea completo hay un resto-bar y un estacionamiento, pero en el ingreso hay que anunciarse con el guardia de la garita. Los marinos construyeron una pequeña costanera que bordea el río, y desde allí también puede verse una lengua de tierra ganada al agua y unos matorrales con desperdicios que serían de la ESMA.

Con esta información, Villaflor se dirigió al juzgado de Torres para decirle que “no se está cumpliendo la medida cautelar” emitida oportunamente. “Se están poniendo en juego valiosas pruebas con relación al asesinato de mi padre y de los crímenes de lesa humanidad que se cometieron en todo el perímetro de la ESMA y sus adyacencias”, expresó. Raimundo Villaflor habría muerto en la ESMA por los golpes recibidos luego de una sesión de tortura. En el escrito que presentó, con los abogados Myriam Bregman y Luis Bonomi, pidió que sea citado a prestar declaración el cabo segundo Jorge Carlos Torres, quien había declarado ante la Conadep sobre la quema de cadáveres y sobre el hallazgo de una bolsa con un feto en el Campo de Deportes de la ESMA. Torres mencionó a otros dos marinos de apellidos Rolando y Amarillo.

Otro testimonio citado es el del ex capitán de corbeta Adolfo Scilingo, quien en su libro Por siempre nunca más denominó a la cremación de cuerpos como “asado”. Esto fue recogido por la Audiencia Nacional de España, que en 1997 determinó que “en el tiempo en que Scilingo estuvo destinado en la ESMA se produjeron siete u ocho cremaciones de cuerpos (“asados”) (...) Que esa cuestión era comentada en el salón de oficiales y durante una comida a la que Scilingo asistió se comentó la duda de si alguno de los incinerados pudiera estar vivo por el movimiento del cuerpo, a lo que uno de los médicos explicó que eso era debido al calor, que hacía contraer los cuerpos dando la sensación de movimientos espasmódicos”. Más allá del método de hacer desaparecer los cuerpos arrojándolos anestesiados, y aún con vida, en los “vuelos de la muerte”, los marinos habrían acudido a la quema de los cadáveres de detenidos asesinados durante el secuestro o la tortura. “Cada vez que iba a realizar uno (‘asado’) acudían al taller de automotores para solicitar cubiertas viejas, aceite de quemar, gasoil, o bien un camión para el transporte de leña”, detalló ese tribunal.

También fueron pedidos los testimonios de Enrique Fukman, Héctor Coquet y de Elisa Tokar. Esta sobreviviente aseguró que Ana María Ponce y Ricardo Moyano habrían muerto en la tortura y que un “verde” le dijo: “Ahora están en el campo de deportes”. Y solicitaron que sean interrogados los imputados Carlos Capdevila y Juan Antonio Azic, mencionados en la declaración del represor Víctor “Lindoro” Olivera, quien se quebró y confesó que hacían desaparecer cuerpos incinerándolos en el “asadito”.

Esto se suma al reciente hallazgo de marcas de sobrevivientes en algunos sectores del ex Casino de Oficiales, que motivó una medida cautelar de la Justicia para preservar la tarea de los conservadores del Instituto Espacio para la Memoria. Pero la sospecha de la existencia de restos humanos en el Campo de Deportes de la ex ESMA abona la exigencia de estos querellantes, que pidieron al juez Torres el “desalojo inmediato” del predio que los marinos siguen administrando.

jueves, 7 de marzo de 2013

Maria Eva Basterra y Daniel Tarnopolsky

Una beba en el centro clandestino

 Por Alejandra Dandan

La audiencia del juicio unificado de la ESMA fue intensa. Declararon durante el día otras tres víctimas: María Eva Basterra, la hija de Víctor Basterra, el fotógrafo que sacó las primeras fotos de los marinos del centro clandestino de la Armada; la madre de Cecilia Viñas y Daniel Tarnopolsky, el único sobreviviente de una familia sobre la que los marinos dieron uno de sus mayores golpes, al secuestrar y asesinar a sus padres, dos hermanos, su cuñada y una de sus primas. Durante la audiencia, Daniel sacó una foto con unas quince personas y les habló directo a los jueces: “Esta es la peligrosidad de mi familia”.

La jornada empezó con el testimonio de María Eva. Cuando los jueces le preguntaron si estaba allí para que se hiciera justicia, ella les hizo una aclaración: “Que se haga justicia, y vayan todos presos”, explicó. María Eva estuvo en la ESMA una semana secuestrada, tenía dos meses de edad, estuvo detenida-desaparecida con sus padres. Cuando uno de los marinos la entregó en custodia a una ex detenida, le dijo que no se le ocurriera pronunciar el nombre de la niña. “Como tenía los pirinchos parados me ponen Cepillito de sobrenombre”, dijo ella. Durante los años que siguieron, la vida estuvo marcada por las entradas y salidas de su padre a la ESMA, las mudanzas en casas de amigos y familiares, los cambios de escuela y el escape de los tres a Neuquén ya en democracia, cuando los marinos todavía seguían manteniendo controles sobre los ex detenidos.

“Yo quería decir que todo, más allá de mi paso por la ESMA, que no fue poco, las consecuencias de esta vivencia, me gustaría que se tomen como parte de lo que se condena”, dijo al final. “El desarraigo, los miedos al abandono, son parte fundamental de las consecuencias y del plan que los tipos pensaron. No es sólo el paso de cinco días por un lugar terrible, sino todo el miedo y amedrentamiento que sufrimos todas las personas que pasamos por ese lugar y los familiares. Sería bueno que se tome en cuenta. Estoy feliz por ser parte de este momento histórico en el que al fin tenemos voz los hijos y los sobrevivientes y los familiares después de todo el tiempo de silencio por los miedos o por preservación o por las dos cosas. De alguna forma soy feliz, pero sé que falta mucho.”

Un dato molesto de la audiencia fueron algunas de las intervenciones de los abogados de la defensa. María Eva había hablado de la militancia de sus padres, de sus búsquedas. Dos de los abogados defensores de los marinos, además de continuar con la línea de preguntas que intenta impugnar esa militancia, ahora le preguntaron a ella por sus propias inscripciones políticas. “¿Usted pertenece a alguna agrupación?”, lanzó Guillermo Jesús Fanego, voz cantante del grupo. Los abogados de las querellas se opusieron.

Declaración de Vera Jarach, mamá de Franca, desparecida en la ESMA,

“A la Justicia le pedimos justicia”

Les habló a los jueces de su hija, para “que la conozcan, que sepan quién fue, cómo fue esta muchacha maravillosa, alegre, pero también muy pensativa”. Aportó una grabación con un llamado que Franca hizo desde la ESMA.

 Por Alejandra Dandan

El pelo blanco, los ojos chiquitos, la voz de roble. En un momento, Vera Jarach buscó casi a tientas algunas caras en la sala: “No veo si están los acusados, pero con los ojos de mi alma sí los veo –les dijo–. Y si están, les pido a ellos que rompan ese tan cruel pacto de silencio alguna vez, que nos digan qué pasó con todos y cada uno de nuestros hijos, y a la Justicia, a la Justicia, le pedimos justicia”.

Frente suyo una hilera de Madres llenó la sala de Comodoro Py con sus pañuelos. Vera fue a declarar a la segunda audiencia de testigos de este juicio por los crímenes de la Escuela Mecánica de la Armada para hablar de su hija. A Franca la secuestraron el 25 de junio de 1976, en la esquina de un bar del centro de Buenos Aires; había sido abanderada del Nacional Buenos Aires, delegada por el centro de estudiantes e integrante de la UES.
“Nosotros también tuvimos un calvario, un muro de silencio, pero antes de eso quiero enfrentarlos con Franca”, dijo al tribunal y también a la sala. “Que la conozcan, que sepan quién fue, cómo fue esta muchacha maravillosa. Amada y admirada por muchos, dejó mucho y eso es una herencia también. Alegre, pero también muy pensativa. Defendía lo justo y cuanta causa hubiera. Era muy, muy generosa y atenta a todo, apasionada y también tenía un profundo sentido critico, incluso en la militancia, de la que voy a hablar.”

Vera, que era periodista en ANSA cuando secuestraron a su hija, hilvanó trazos de la vida política de Franca. Contó cómo la expulsaron del Buenos Aires en tiempos de la Triple A, después de una asamblea ya prohibida y organizada por los estudiantes para evitar el desplazamiento del rector. Echaron a 14 y por una gestión de los padres volvieron a incorporarlos a todos excepto a Franca, que no quiso volver. Rindió exámenes libres “brillantes”, se disponía a estudiar Ciencias de la Educación “porque pensaba en los grandes cambios sociales, que era la meta de todos estos jóvenes”. Empezó a trabajar en un pequeño taller, hacía cajitas y se anotó en un curso poligráfico. “Como tengo que decir toda la verdad, pero no puedo asegurarlo, digo que creo que tuvo militancia dentro de ese ámbito. Como tenía ese espíritu crítico, tardó mucho en militar en una institución organizada; cuando lo decidió, entró en la UES, y cuando tomaba una decisión lo hacía muy, muy en serio, quería decir que estaba convencida de lo que hacía.” Para entonces pasó de la UES a la Juventud Trabajadora Peronista.
El llamado

A Franca la secuestraron un viernes. Vera la esperaba al otro día en el Tigre. La buscó en hospitales, en la morgue, presentó hábeas corpus y durante años no supo nada. “Tenía 18 años de edad; mi marido y yo tratamos de localizarla, de salvarla; desgraciadamente fue en vano. Pasaron muchos años, más de veinte, antes de que yo pudiera saber la verdad, y esa verdad es el lugar donde Franca fue llevada después del secuestro.”

Franca estuvo en la ESMA. “Fue un verdadero infierno”, dijo. Vera supo eso a través de Marta Alvarez, una de ex detenida. “Quizá no sea mucho –dijo–, pero para mí es muchísimo, tengo algunas pruebas y en esas pruebas, una de las fundamentales es una grabación de la que ahora les cuento.”

Franca llamó a sus padres el 11 de julio desde un lugar de la ESMA que Vera reconoció años mas tarde. “Para nosotros significó que estaba viva, ahí están las voces de Franca y de mi marido que contestó, para mí es estremecedor volver a escuchar esas voces, pero sé que es una prueba importante por su contenido, así que estoy dispuesta a escucharlo de nuevo.”

En la sala se oyó esa grabación. Vera se quedó en la silla. Franca, rápida, joven, apurada, perforó el tiempo desde otro lado del espacio. Preguntó por todos: “¿Cómo están? ¿Cómo está mamá?”. Les dijo: “Estoy detenida”. Su padre preguntó un poco en italiano y en español. “¿Dónde estás? ¿Cómo estás? ¿Cuándo volvés?” Franca responde y responde: “No sé, la verdad, es que no sé”, dice.

–Bueno, chau...

–Que Dios te bendiga –dice su padre.

–Chau, papito, chau.


“Es como que hay dos grabaciones en mi memoria”, dijo Vera. “Todo lo que nos dijo Marta Alvarez y después esto, que es una prueba. Hacían esos llamados para frenar, se supone, nuestras denuncias y búsquedas, cosa que por supuesto no hicimos.”

Vera no paró de hablar; sólo en una ocasión los jueces le preguntaron si necesitaba un momento, porque los ojos se le llenaron de lágrimas. Alguien en el fondo murmuró: “¡No la conocen!”. Claro, no dejó de hablar. Cuando empezó, habló de Auschwitz y de las dos cosas que marcaron su vida. “La historia nos enseña que lo que ha sucedido una vez puede volver a ocurrir, y de hecho en mi historia esto se ha demostrado. En 1943 deportaron a Auschwitz a mi abuelo materno; más tarde mi hija Franca, secuestrada y llevada a la ESMA; dos historias, no hay tumbas, están la cámara de gas y los vuelos de la muerte.”

Al final, el presidente del tribunal le preguntó si quería decir algo más. Ella recordó a un chico de una escuela de Italia que le preguntó si estaba satisfecha con su vida. “¿Qué pregunta, no?”, dijo Vera con humor. “Le dije que sí, realmente he tenido mucho en mi vida, nos salvamos de la Shoá y tuve una vida normal hasta que suceden las dos tragedias: en el ’43 mi abuelo y luego mi hija, y tengo que decir que es como esa canción de Violeta Parra: la  vida me ha dado tanto, pero también me ha quitado. Quiero decirles a ustedes que agradezco haber estado acá. Y acá Franca conmigo pide justicia...”

—¡Mírenla, mírenla! –les dijo a los jueces. Y dejó a Franca, en la foto, arriba del escritorio.