jueves, 15 de agosto de 2013

El caso del médico Gustavo Grigera, capturado dentro del Hospital Italiano

Secuestro y resucitación en el nosocomio

Su caso se encuadra dentro de los militantes de sanidad de Montoneros. Fue secuestrado el 18 de julio de 1977. Tomó la pastilla de cianuro, pero los represores aportaron el antídoto que permitió mantenerlo con vida y llevarlo a la ESMA.

 Por Alejandra Dandan

Gustavo Grigera militaba en el grupo de Montoneros de Sanidad Zona Norte. Era médico. Había hecho la residencia en el Hospital Italiano, donde impulsó la JTP. El 18 de julio de 1977, perseguido por un cerco de la Marina en los alrededores del hospital, entró al edificio en una carrera desesperada pidiendo refugio. Su secuestro es investigado en el juicio oral de la ESMA como parte de la avanzada de la Armada sobre su grupo formado por militantes del ámbito de la salud, entre otros Amalia Larralde, Patricia Roisinblit, Luis Kuhn, Adriana Marcus y alguien del que aún no se sabe su nombre, pero es conocido como “Poroto”. En esa línea en la que fiscalía y querellas intentan reconstruir las historias de los secuestros en clave de tramas de militancias políticas, el miércoles fue convocado a declarar el médico Marcelo Mayorga. Mayorga era jefe de residentes del Italiano. Ese lunes 18 de julio estaba de guardia. Cuando Gustavo, totalmente cercado, tomó una pastilla de cianuro, lo reanimó bajo la presión de la Armada. Uno de los elementos significativos de su testimonio es que explicó que durante la reanimación usó un antídoto provisto por la maquinaria del GT: no para salvar a nadie, sino para conservarlos con vida para los interrogatorios. Gustavo “intentaba susurrarme algo, me miraba a mí –dijo Mayorga–, pero lo que puedo decir de ese gesto sólo sería una interpretación subjetiva. Lo que no olvido nunca es su mirada, la intención de susurrar algo y nada más”.

Gustavo hizo su residencia en clínica médica en el Italiano. “Fui su jefe de residentes hasta que terminó la residencia”, en el año 1976, dijo Mayorga. “En ese momento, todos los que hacíamos la residencia estábamos bastante organizados gremialmente”, explicó cuando le preguntaron en la sala por los espacios de militancia. La organización miraba la defensa de los derechos salariales, “era una época de mucha actividad, estábamos en la confederación y nos reuníamos con residentes de otros hospitales. Era común que tuviéramos asambleas y tuvimos una comisión encargada de la gremial; (Gustavo) era un representante y siempre fue una persona muy activa. Después no sé. En cuanto a las asambleas, era común que surgieran discusiones, cosas que iban más allá de lo gremial, hacia la política, pero ése era otro aspecto. Todos estábamos muy movilizados”.

Roberto Baschetti, en su reconstrucción de los militantes “uno a uno”, agrega que Gustavo fue “propulsor” de la JPT en ese espacio. El 18 de julio, él tenía una cita en un bar de la zona de la que empezó a escapar al ver llegar a un grupo operativo de la Marina. Mayorga almorzaba en la esquina del hospital cuando empezó a notar mucho movimiento en la zona. “Calculo que serían más o menos las doce o las trece horas, y muy rápidamente veo mucho movimiento. Vehículos de las Fuerzas Armadas. Gran movimiento y como yo estaba de guardia, me acerqué”, dijo. “No recuerdo si ya no permitían la entrada de nadie y como yo estaba de guardia, pude entrar; pero lo que sí me acuerdo es que entré sin inconvenientes. La entrada todavía era sobre la calle Gascón. La guardia estaba muy cerca, a diez metros de la entrada, bajando, en el subsuelo. Entré justo. Ahí estaba la sección de Clínica Médica, que era la oficina donde nos centralizábamos, y entre distintas versiones se decía que la Marina había rodeado el edificio. Efectivamente vi vehículos detenidos identificados como de la Armada Argentina. Mucho personal uniformado y, una vez adentro, en el hospital, surgieron comentarios sobre que lo venían buscando a Grigera.”

En ese momento también había movimientos dentro del hospital. “Empezaron a evacuar el edificio y nos fuimos quedando sólo los que estábamos en la guardia.” Una vez que todo el mundo se había ido, “empezamos a sentir movimientos de las tropas que estaban ahí. Calculo que no pasó demasiado tiempo. Todavía estaba en la guardia y siento un ruido de camilla que venía desde el fondo; es un hospital con pasillos muy largos, y lo trajeron a la guardia”.
La prueba

Gustavo había estado corriendo, pedía que lo escondan, supo después el médico. En algún momento, al parecer entró a un baño del sector de Ortopedia y, acorralado, tomó el cianuro. Cuando los médicos lo vieron llegar en la camilla, estaba consciente. Lo asistieron. “El cirujano lo canalizó para ponerle los sueros. El estaba en un estado de confusión y excitación importante. Hicimos las primeras evaluaciones ahí, en la guardia, y rodeados por personal militar.” Gustavo “hace una depresión respiratoria”, los médicos procedieron a entubarlo y le hicieron un lavado gástrico. A Mayorga le habían dicho que había ingerido el cianuro. “En la guardia no teníamos antídoto para el cianuro, pero la gente de las Fuerzas Armadas nos dijo que ellos sí tenían”, señaló. “Fueron hacia afuera y trajeron nitrito de amilo, que se usa para el cianuro. Se lo suministramos apoyados en un sistema para ayudarlo a respirar. Después de una hora, uno de los oficiales nos dijo que ya estaba: ellos lo iban a trasladar en una ambulancia y se iban a hacer cargo de la atención. Yo les pedí que no lo hagan, les expliqué que estaba en condiciones muy delicadas, pero ellos insistieron en que se lo llevaban.” En ese contexto de “mucha tensión, con personal armado, con armas largas, les dije que si ellos se lo llevaban, yo tenía que dejar constancia en el libro de guardia. Yo describí las condiciones en las que estaba en el libro y que se retiraba, y una persona firmó. No me acuerdo ni el nombre ni el grado, pero sí que firmó con un grado de oficial de la Marina”.

El miércoles siguiente, Mayorga estaba otra vez de guardia en el hospital. Entraron dos o tres personas de civil a la recepción que hablaban “en tono fuerte e imperativo”. El salió a ver lo que pasaba y le dijeron que eran del Servicio Penitenciario y venían a llevarse el libro de guardia. Mayorga nunca supo si eso era realmente así, porque cuando les pidió las credenciales, como siempre, en lugar de las credenciales “me encañonaron con armas cortas”. Hicieron poner a todos contra el piso y robaron el libro. “Quisimos hacer llamadas, pero nos dimos cuenta de que habían cortado las líneas: arrancaron todos los cables del conmutador.” Desde el anterior juicio oral sobre crímenes cometidos en la ESMA, una de las líneas de trabajo entre quienes acusan a los represores es la recolección de pruebas sobre el contexto de “coacción” a la hora de ingestión de cianuro. La lógica por la cual un militante acudió a la pastilla es pensada y revisada como prueba de homicidio. Ese fue uno de los ejes sobre el que giraron las preguntas de la fiscalía. El testimonio del médico resultó importante también porque pudo ver en forma directa la relación del “antídoto” y la Marina preocupada no en salvar vidas con ese sistema, sino en mantener a sus víctimas vivas para los interrogatorios.

El testimonio apartó además otro dato sobre el cuerpo de médicos del GT al enunciar la experticia que se requería para administrar esa sustancia. “Sobre el nitrito de amilo, ¿cómo es la aplicación? –preguntó la fiscal–. ¿Puede hacerlo cualquiera o tiene que ser un médico?” “La experiencia nuestra con intoxicaciones con cianuro era cero”, dijo el médico. “O sea, teníamos la información básica, pero no estamos acostumbrados a atender personas con ese tipo de intoxicación. Así que la información en cuanto a la atención no recuerdo si la tuvimos por los libros de procedimientos, pero sí claramente no teníamos antídotos. Sí sabíamos que se administraba (el nitrito) por vía respiratoria. Se lo colocamos con idea de que lo aspirara, pero la formación para atender este tipo de casos era cero.” La fiscalía volvió a preguntar sobre el tema. “No tengo información porque nunca más en la vida tuve que verme en una situación así”, fue la respuesta.

La fiscal Mercedes Soiza Reilly apuntó, sobre este punto, que “puede verse, una vez más, que el GT estaba organizado. Que sus miembros realizaron un trabajo en conjunto, donde cada uno tenía una responsabilidad. En el caso concreto del doctor Grigera, quienes facilitaron el antídoto para lograr sobrevivirlo fueron los integrantes de la patota encargada de su secuestro. Esto ha ocurrido en otros casos, y tiene relación con la intervención de los médicos dentro de los campos de exterminio, quienes procuraban la sobrevida del cautivo con fines utilitarios, hasta que fuera interrogado lo suficiente por su militancia política o por su grupo de pertenencia. Finalmente, como en este caso, las víctimas eran trasladadas y asesinadas”.
La propaganda

A Gustavo lo llevaron a la ESMA. Fue visto por María Alicia Milia de Pirles, Ana María Martí, Alberto Girondo y Lisandro Cubas. Su cuerpo apareció más tarde en la morgue judicial. Entre las pruebas sobre su secuestro y desaparición hay publicaciones de los diarios La Prensa y Crónica del 19 de julio. “Almagro: hubo conmoción”, decía el título de Crónica. La nota reproduce los comunicados del Comando Zona I del Primer Cuerpo del Ejército con su lógica de acción psicológica: allí Gustavo no es ni un nombre ni un apellido sino “un peligroso delincuente que había buscado refugio en el citado nosocomio”.

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