jueves, 29 de mayo de 2014

Rosa Roisinblit y Guillermo Pérez declararon en el juicio por los crímenes de la ESMA

Abuela y nieto juntos, en tribunales

El nieto de la vicepresidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, Guillermo Rodolfo Pérez Roisinblit, que nació en la ESMA, contó que su apropiador lo amenazó: “Me dijo que cuando saliera me iba a poner una bala en la frente a mí, a mi hermana y a mis dos abuelas”.

 Por Ailín Bullentini

Rosa Roisinblit no alcanza al hombro de Guillermo Rodolfo Fernando Pérez Roisinblit y, a pesar de que debe levantar mucho su cabeza para encontrar la cara de su nieto, logra descubrirle detalles. “Tenés los ojos rojos”, le dijo, mientras desandaban lento el pasillo que los devolverá desde la Sala AMIA de los Tribunales de Comodoro Py al sol de la mañana de ayer, la primera vez en la Justicia, de él, para contar la historia que los une: la desaparición de Patricia y José Manuel, hija y yerno de Rosa, madre y padre de Guillermo; su nacimiento en la Escuela de Mecánica de la Armada, su apropiación y la recuperación de su verdadera identidad. “Es porque estuve llorando”, le respondió él, grandote, dulce. Abuela y nieto hablaron frente al Tribunal Oral Federal Número 5 y se complementaron en el pedido a los represores acusados en el juicio oral que investiga los crímenes cometidos en la ESMA. “Que algún inculpado se atreva a decirnos dónde están los nietos nos haría mucho bien”, rogó ella. “Quiero saber qué pasó con mis viejos, quiénes fueron los responsables, quiero encontrar sus restos y poder ponerlos en un lugar donde poder llorarlos. Quiero justicia”, concluyó él.

El de la vicepresidenta de Abuelas de Plaza de Mayo fue el relato que inauguró la audiencia de ayer en el debate oral y público que analiza las responsabilidades de 68 acusados en las violaciones de derechos humanos sufridas por hombres, mujeres y niños en el predio de Avenida del Libertador. Rosa habló del secuestro de su hija y de la búsqueda que emprendió de ella y de su nieto. Inmediatamente después, Guillermo ofreció su versión de los mismos hechos, aquella que construyó y construye en retroactiva, pero que no abandona: “No cuento con un solo recuerdo de mis papás. Los tuve que conocer a través de una veintena de fotos en las que son permanentemente jóvenes y están inmóviles y el recuerdo de familiares, amigos, compañeros de escuela y militancia”, remarcó. Luego, recitó las biografías de sus progenitores: “Eran jóvenes y tenían ideales. 25 años los dos, militaban en Montoneros. Mi mamá estaba a sólo cuatro finales de recibirse de la carrera de medicina. Era muy inteligente, aplicada. Mi papá también lo era, profesor de piano y solfeo, de guitarra y boy scout. Los dos eran hijos únicos, por eso con la desaparición de ellos diezmaron a mi familia. No están, no sé qué pasó con ellos, no sé quiénes fueron los responsables y no tengo una tumba adonde llorarlos tranquilo”.
Puntos de partida

No es la primera vez que Rosa se zambulle en las estructuras judiciales: fue querellante en el juicio por el plan sistemático de apropiación de bebés, mantuvo careos con el genocida Alfredo Astiz y el médico represor Jorge Magnacco, quien participó del parto de Patricia, entre otras tantas ocasiones.

A Patricia la secuestraron el 6 de octubre de 1978 de la casa que compartía con su compañero y Mariana, su beba de 15 meses. Estaba embarazada de ocho meses. A él lo fueron a buscar ese mismo día a su trabajo, un comercio de Martínez. Se los llevaron en un Falcon, que era seguido de un Jeep. A la nena “la dejaron con una señora mayor, familiar de José”, recordó Rosa, quien mantuvo el vínculo con su nieta y compartió con ella la búsqueda de su hija, su yerno y su nieto. Los pasos que dio en ese camino, las puertas que golpeó, las personas con las que habló formaron parte del último tramo de las consultas que la fiscalía realizó a la mujer.

Para Guillermo, todo comenzó más de 20 años después, el jueves 27 de abril de 2000, cuando su hermana Mariana lo fue a buscar a su trabajo. “Me entregó una carta que decía: ‘Mi nombre es Mariana Pérez, soy hija de desaparecidos, estoy buscando a mi hermano y es muy posible que seas vos’.” Guillermo le mostró su documento como prueba de que ella estaba equivocada. En él se llamaba Guillermo Francisco Gómez y había nacido el 24 de noviembre de 1978, datos que descubriría falsos recién algunos meses después. Sin embargo, la grieta ya estaba abierta. Esa tarde de abril fue a la Casa de las Abuelas y les dejó una prueba de su sangre.
Rastros

Rosa escuchó una sola vez a su hija después de aquel 6 de octubre de 1978, y nunca más. “Mamá, estoy bien”, le dijo Patricia por teléfono cuatro o cinco días después de su secuestro. Luego, un hombre le informó que la “condena” de su hija no iba a ser muy fuerte, que iba a estar presa un año y que su yerno no tendría la misma suerte. A Rosa la llamaron una vez más durante ese tiempo, también un hombre, también desde el anonimato. Le preguntaron por las vacunas de Mariana. Y eso fue todo.

La nada la empujó a la búsqueda que algunos años después desembocó en Abuelas y que luego de dos décadas la premió con la recuperación del nieto perdido. El destino de Patricia, en tanto, es un rompecabezas que cuenta con algunas pocas piezas. Se sabe que el matrimonio fue encerrado en el centro clandestino que funcionó en el Regimiento de Inteligencia de Buenos Aires perteneciente a la Fuerza Aérea (RIBA), en Morón. Por los testimonios de Sara Osatinsky, Amalia Larralde, Noemí Actis y Miriam Lewin, sobrevivientes de la ESMA, se descubrió que Patricia fue trasladada a allí para dar a luz.

“Cuando cayó la dictadura conseguí entrar a la ESMA. Me acompañaron algunas chicas que fueron compañeras de cautiverio de Patricia y sobrevivieron. ‘Ves, acá estaba la camilla en donde nació tu nieto’, me señalaban. Me mostraban debajo de una escalera y me decían ahí las ponían a las embarazadas y a las puérperas unos días después del parto hasta que las hacían desaparecer”, explicó la vicepresidenta de Abuelas e insistió en sus manos vacías: “Yo busqué y busqué señales. Quisiera encontrar algo, un rasguño en una pared aunque sea, que me diga que ahí estuvo mi hija. Pero no hay nada”.

El testimonio presencial de Lewin y Actis también ayudó a Guillermo. “Con ellas recorrí la ESMA en 2005. Me mostraron a la luz de qué ventana nací, el 15 de noviembre de ’78, entre media mañana y mediodía, me dijeron que además de Magnacco, Larralde y Osatinsky asistieron el parto y que un rato después la trajeron a Lewin al sótano en donde estábamos. Calculo que habré compartido con mi mamá dos o tres días”, sumó. No tiene datos de qué pasó entre que lo separaron de su mamá y cayó en manos del matrimonio de Francisco Gómez y Teodora Jofre y tampoco sabe si su papá alcanzó a conocerlo.

Fue Gómez quien le confirmó el lugar de cautiverio original de sus padres. Lo hizo cuando, luego de tres negaciones, reconoció que lo había apropiado. “Rompió en llanto y me contó que soy hijo de una estudiante de medicina judía que estuvo detenida en la RIBA, donde él trabajaba; que él los sábados y domingos, cuando le tocaba turno en ese lugar, y no había ningún jefe, le pasaba comida de más de contrabando y la sacaba a pasear, a veces vendada y a veces no, por el patio de la dependencia; que me quedara tranquilo que mientras estuvo embarazada de mí no se le había hecho ningún daño, pero que no podía decir lo mismo respecto de mi papá”, contó ante el TOF Nº 5 Guillermo, quien se excusó de haber bloqueado algunos datos: “Lo que sí recuerdo es que le contesté ‘andá buscándote un abogado porque te robaste al nieto de la vicepresidenta de Abuelas’”.
La restitución

Rosa contó que cuando lo conoció, se asombró de lo alto que era Guillermo. “Yo soy tu abuela”, recordó que le dijo cuando se encontraron en septiembre de 2000, luego de que el resultado del análisis de compatibilidad de ADN realizado en Seattle confirmara lo que ya había dicho uno previo realizado en Buenos Aires: Guillermo es Rodolfo, el hijo de Patricia y José Manuel, en un 99,999 por ciento.

Quien fue Guillermo Francisco Gómez hoy es Guillermo Rodolfo Fernando Pérez Roisinblit, pero el camino no fue fácil. “Tuve una etapa muy fuerte de negación cuando quedaron detenidos mis apropiadores. Negué no sólo mi historia, sino también quién era yo”, aportó. Mientras su abuela materna intentaba no perder el contacto –“tranquilamente, despacito, lo llamaba por teléfono y él estaba muy enojado, pero no me cortaba”, recordó Rosa–, Guillermo se sumaba a la Fuerza Aérea. Se negaba a ofrecer su muestra de sangre para el análisis de ADN que debía hacer el hospital Durand para la causa que llevaba la jueza María Servini de Cubría, quien había ordenado la prisión preventiva a Gómez y Jofre.

Gómez fue encarcelado en un predio de la Fuerza Aérea en Palermo y puesto bajo custodia de sus ex compañeros de fuerza. Allí lo vio Guillermo por última vez, un episodio que trajo al debate oral como respuesta a la consulta de la fiscalía respecto de si había recibido alguna vez una amenaza: “Era el 23 de diciembre de 2003. Gómez estaba detenido con bastantes privilegios, comía asado todos los días y tomaba alcohol. Ese día estaba borracho. Me recriminó su detención y me advirtió que no iba a ser para toda la vida y que cuando saliera me iba a poner una bala en la frente a mí, a mi hermana y a mis dos abuelas. Esa fue a amenaza más latente que recibí”, contó. Nunca más lo volvió a ver. Gómez cumple preventiva en Marcos Paz.

Antes de cortar vínculos, Gómez fanfarroneó frente al hombre cuya identidad robó durante más de veinte años. “Me dijo que mediante él podíamos llegar a dos o tres chicos en mi misma situación y que Ezequiel era uno de ellos”, apuntó Guillermo ante la consulta de la fiscalía y asumió haber compartido cumpleaños con ese chico. “Ezequiel” es Rochistein Tauro luego de haber recuperado la identidad que le sustrajo su apropiador, el suboficial principal Juan Carlos Vázquez Sarmiento. Sus padres María Graciela Tauro y Jorge Rochistein fueron secuestrados, mantenidos cautivos en la comisaría Nº 3 de Castelar, la Mansión Seré y la ESMA –allí nació Ezequiel–, y permanecen desaparecidos.

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