lunes, 16 de junio de 2014

La lucha que me parió: Declaró Lidia Frank (AEDD)

Lidia Frank declaró por primera vez por la desaparición de su hermano Ricardo. Batalló durante más de treinta años para conocer la verdad y para que los culpables vayan a la cárcel. El miércoles habló para el futuro, para las próximas generaciones, transmitiendo el mensaje de Riki. Crónica de una declaración y de los hechos.

Por Federico Tártara para Diario Nep

 Lidia aparece en el hall de los tribunales de Comodoro Py al 2002, casi de la mano de sus compañeras, entre ellas está Claudia María Bello. Se la nota nerviosa: será la primera vez que va a declarar en una causa por la desaparición de su hermano. Luce una campera negra y con un fino pañuelo cubre su cuello. Pese a la intranquilidad, suelta sonrisas a cada paso. Es miércoles 10 de Junio y llueve a baldazos en Capital Federal. En la vereda hay unos 4 móviles de televisión, más unas 10 cámaras, más cables y antenas, que no cubren el juicio Esma III, sino el hipermediático caso Boudou.

Ahora la mujer habla en las escalinatas, pausado, concentrada. Recorre el hilo de los senderos de la memoria y se remonta a los tiempos trágicos para ella y su familia, después del Mundial 78, cuando hacía sólo 5 meses que era mamá. No se pierde detalle y tampoco se priva de conversar con todos: con los periodistas, con sus compañeros, hasta con Pablo Llonto-reconocido abogado y periodista- que se escapa unos minutos de alguna audiencia. Habla y, claramente dice: “voy a hablar de la Memoria. Yo encaré mi dolor hacia la búsqueda y hacia la Memoria”.

Luego, sube al Sexto piso de los tribunales, más tarde bajará hasta el primer subsuelo. La sala donde deberá declarar es cerrada, como un cubo de madera. Los cuatro jueces integrantes del tribunal están casi pegados al gran cortinado marrón de fondo. Detrás de ellos, bien arriba, se proyectan las palabras de los fiscales, abogados y testigos. Su atril es un poco más amplio que los demás, él micrófono le dará justo en sus labios y desde allí dirá su verdad.

Antes de ingresar a participar de un hecho definitivo en su vida, Lidia dice que va “enmarcar su declaración en tres ejes: como fueron los hechos; las consecuencias que tuvieron en la familia, las búsquedas; y finalmente el trabajo sobre la memoria que se realizó especialmente en Trenque Lauquen”.

Su hermano Ricardo “Riki” Frank, fue secuestrado por fuerzas militares de su departamento de la calle Serrano 1720 –hoy Borges-en Palermo, el 10 de noviembre de 1978. Pocas horas después, del mismo hogar, se llevaron a Sergio Antonio “Yoyi” Martinez, amigo de toda la corta vida.

Un día antes, cerca de las 3 de la tarde, en San Justo, La Matanza, fue secuestrado Francisco Natalio “Títin” Mirabelli mientras aguardaba un colectivo para dirigirse a su trabajo a Capital. Dina Nardone, entrerriana, pareja de Titin, también fue trasladada al Centro Clandestino de detención que funcionaba en Avenida Libertador: La Escuela Mecanica de la Armada (ESMA). Allí soportaron las torturas y el cautivero. Los sobrevivientes del horror lo recuerdan como el grupo de “los chicos de Trenque Lauquen”. Mantienen en su memoria las canciones y las bromas que se jugaban, para soportar tanto dolor.

El juicio es la tercera parte de un largo proceso que se inició en 2007, con el único imputado Hector Antonio Febres, luego procesado y finalmente condenado. Algo, paso. Algo no gusto y la señal fue clara: Febres apareció envenenado con cianuro en una celda de máxima seguridad.
 
A fines del año 73, varios jóvenes discuten a viva voz y en pleno café del Hotel Simón con un viejo peronista de la ciudad de Trenque Lauquen. Entre ellos están Yoyi, Riki, Abel, Titín. Hablan del regreso de Perón, de la lucha armada y de los movimientos de liberación. Meta charla se atreven a todo lo políticamente incorrecto. Hasta le sueltan, rebalsados en rebeldía, al peronista Antonio Juárez, el planteo de lo “autoritario” que es Juan Perón.

También, estos pibes  que cursan los estudios secundarios en los colegios Comercial, Nacional y Di Gerónimo, se juntan en largas mateadas y noches de bar por una cuestión de amistad y afinidad, por gustos musicales y culturales. Por esos días, la militancia política, pasa por algunas pintadas que celebran la primavera camporista que, por supuesto, también tocó a Trenque Lauquen.

Poco tiempo después los jóvenes parten a estudiar a Capital y a La Plata. Atrás quedan las experiencias en las aulas del colegio Nacional. Las bajadas de líneas en contra del Cordobazo del rector Lucas “El “petiso” Aramburu, al que apodaban  “quinientos pesos” o “media luca”, autoridad que ingresaba todos los días a los cursos a hablar en contra de las manifestaciones de liberación.

Otro punto clásico de encuentro en una ciudad que despertaba, era el boliche Makarius, ubicado a la vuelta del hotel Simón, sobre la calle Oro. Los fines de semana eran momentos de baile y discusión, besos y caricias. Titín con su timidez. Riki y Yoyi, riendo como siempre. Las hermanas Robles. Y también Omar Olaechea, nacido en Santa Rosa, trabajador del Diario La Opinión, quien desapareció en Córdoba, y fue visto en el centro clandestino de detención “La Rosa”.

Todos los jóvenes que se encuentran desaparecidos de Trenque Lauquen: Robles, Manazzi, Petina, Sangla, las hermanas Nora y Susana Larrubia, Alicia Cabrera, Frank, Martinez, Mirabelli, los hermanos Changazzo, y su Papá, vivieron de uno y otro modo, esa ciudad donde todo lo que se pensaba era posible.

Los hechos

Jaime Torres se prepara para cantar, acomoda su guitarra y luego rasga, concentrado, afinando la criolla. A miles de kilómetros del lugar, luego de comer y cuando no falta demasiado para la cama, la calma está presente en el departamento de Serrano 1745, planta baja, “A”.

Lidia Frank (M) y Yoyi, se ubican frente al televisor. Lo llaman a Ricardo, que venga, que mire a Torres. El ya lo ha visto con Lidia en el teatro, han paseado mucho en esos días. Riki anda entre planos, terminando entregas sobre el noviembre de fin de año. Pero Jaime lo puede y el estudio puede esperar.

Han pasado quince minutos de la medianoche y desde la habitación del portero alguien llama. Ricardo atiende, escucha el pedido de portero, y sale. Una vez afuera, ve efectivamente al portero, pero con el detalle de que lo acompañan un grupo de cinco personas vestidas de civil y fuertemente armadas. Dicen ser personal de la Policía Federal y que “están realizando un procedimiento de rutina por drogas”. La mentira no dura ni medio segundo. Los uniformados lo amenazan, le hacen abrir la puerta, y lo conducen rápidamente al departamento, que está en la planta baja al lado de la puerta de entrada. Se mueven rápido: encierran a Lidia, la mamá, en una de las piezas. Ricardo, atónito, no se resiste, y Yoyi menos.

Eugenio Figueroa, vecino, se sobresalta de su cama por los ruidos y se dirige al balcón de su departamento, unos pisos arriba.  Desde ahí observa como a Riki se lo llevan encapuchado, con la cabeza gacha, rumbo a un Ford Falcón estacionado del lado de enfrente.

Todo sucede en nada. Lidia y Titin quedan absortos. En minutos una sobremesa pasó de la tranquilidad a la incertidumbre total. Ambos se interrogan una y otra vez. En la desesperación, concluyen: hay que ir a la policía.

Con lo puesto salen del departamento, rumbo a la comisaría de la zona, pero en el hall de entrada del edificio se encuentran con Eugenio, que ya está con su compañera: Laura María Mina. Comentan, hablan, actúan rápido: deciden que hay que llamar a un abogado, alguien, que les diga que hacer. Entonces, se dividen: Lidia Frank (M) y Eugenio van en busca del teléfono; Yoyi y Laura se quedan en un bar.

Tras recibir instrucciones de un abogado, la mamá de Ricardo y su vecino, recorren distintas comisarías. El breve, pero intenso peregrinaje, no arroja resultados positivos. Pese a que la detención fue realizada por policías de civil, en sus instituciones no hay respuesta. Deciden regresar al departamento, a encontrarse con Yoyi y Laura, que ya deben estar allí.

Cuando llegan a su casa, no están los jóvenes. Pero sí están los policías de civil. Son los mismos de hace un rato.  Dicen que todo fue “un error” que al que buscan es a Sergio Antonio Martinez, “Yoyi”. Van, entonces, a buscar a los jóvenes, junto con los uniformados, pero cuando llegan, ellos ya no están en el bar.

Ahora, en silencio, Yoyi y Laura entran en el departamento, muy lejos está en sus pensamiento que en pocos minutos estarán encapuchados en la ESMA.

Laura, quien fue liberada a las 6 de la mañana, mientras estuvo secuestrada pudo escuchar el funcionamiento de un equipo de radio y varios maquinas de escribir, entre ese ruido, también pudo oír cuando “Yoyi”, dijo claramente su nombre: Sergio Antonio Martinez. Laura fue acompañada por dos policías de civil nuevamente a su departamento. También fue interrogada la mamá de Ricardo, por las actividades sociales de su hijo. Antes de que pueda culminar con una frase, los uniformados le dijeron que “Ricardo Frank era montonero”.

A las 3 de la tarde del día 9, en la localidad de San Justo, Provincia de Buenos Aires, fue secuestrado Natalio “Titin” Mirabelli mientras esperaba el colectivo para ir a Capital. Atrás ha quedado el choque que le sucediera algunos meses atrás y la documentación que consigna su domicilio en la calle Serrano de Capital Federal.

El matrimonio Ledesma, vecinos de la calle Terrada, dicen que alrededor de la medianoche, personal policial entró a su casa rompiendo la cerradura y se llevaron papeles y un mimeógrafo.

Dina Nardone, pareja de Titin, que vivía en una pensión de Capital, fue secuestrada cuando realizaba averiguaciones acerca del paradero de los jóvenes. Según testimonios de sobrevivientes, en un acto de amor eterno, siguió a su amor, hasta el final.

Según las declaraciones de Liliana Pellegrino, Amalia María Larralde, Claudia Bello,  Ángel Strazzeri, Cachito Fuckman, entre otros, los jóvenes fueron vistos en distintos lugares de la Esma, hasta por lo menos Enero de 1979. Desde entonces, se desconoce su paradero.

Las verdades

La sala para el público tiene cuatro filas de asientos que están colmadas, en la primera están las compañeras de Lidia. Su declaración se ha atrasado un poco, son varios los testigos que declaran en este día en la Causa Esma III; donde se juzgará a 65 militares y 2 civiles, y que incluye más de 750 casos de personas que fueron desaparecidas por la última dictadura militar. Ambas salas están separadas por un vidrio grueso y unas puertas cerradas en cada lateral. Hay sonido dentro de la sala y también afuera, ninguna palabra se escapa: todo queda en la memoria.

Finalmente a las 16.45, Lidia ingresa en la sala. Realiza una declaración ejemplar. Va enunciando todos los puntos, los hechos, las búsquedas, las peregrinaciones. Muestra fotos de marchas, de las esculturas que están las plazas, de los banners que hicieron el año pasado. La defensa de los militares, le objeta su declaración, literalmente expresan “no sabíamos que se podían traer panfletos”.

Está presente el represor Ricardo Miguel Cavallo. Represor. Hijo de Puta. Torturador. Lidia lee escritos de Ricardo. Hermosos. Derrumban todas las paredes, abren los techos de los tribunales y se pierden en el cielo gris, ya sereno.

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